martes, 27 de noviembre de 2018

120 y más

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 27 de noviembre de 2018)

Eran otros tiempos, otra cultura y otras modalidades de comunicación. Allá por los años noventa apreció uno por primera vez en las páginas de El Diario de Ávila. Nada de importancia y, desde luego, nada que merezca la pena rebuscar entre las páginas amarillas de tan larga y centenaria hemeroteca. El motivo, creo recordar, era un pequeño texto literario, tan adolescente, tan naif, que, sin embargo, tuvo a bien publicar Fernando Romera en un breve suplemento de letras que por entonces dirigía para el Diario los fines de semana. El Diario de Ávila, con aquella horrible mancheta de reminiscencias western, era el periódico de casa, el de la suscripción familiar de mi abuelo, mi padre o mi tío José Ferrer, que llegó a ser largo tiempo accionista de la publicación. Por todo ello, no cabe duda de que en ese momento, en ese contexto, como digo, la aparición de mi nombre en letras de molde en un pequeño rincón del periódico local satisfizo la vanidad adolescente de quien, como todos, durante una efervescencia teen, que dura lo que el humo, se creyó por minutos un pequeño Rimbaud o a lo sumo un pequeño dios juanramoniano. Pero como dice el sabio siciliano Franco Battiato, el único Franco bueno, “viva la juventud, que afortunadamente pasa”. Mis apariciones, fugaces o continuas, o mis colaboraciones con este periódico que ahora cumple 120 años han sido más o menos intermitentes. Son ahora ya cinco años, me parece, los que lleva uno en este Club Diógenes que, como pocos saben, es un club ficticio y perfecto para los letraheridos y los solitarios. 

Era otra cultura, en efecto. De niños, de colegiales, había visitas obligadas en la ciudad: el convento de Santa Teresa, la fábrica de automóviles (no recuerdo si entonces ya era NISSAN), los Bomberos, a los que aludíamos en mayúscula, y, por supuesto, la imprenta y la redacción de El Diario de Ávila. En una época en la que los niños aún se sorprendían por algo, resultaba conmovedor visitar aquellas oficinas destartaladas y llenas de humo de la plaza de Santa Teresa o, ya más adelante, la enorme nave en un polígono donde se imprimían periódicos de toda España. Veíamos allí con nuestra mirada inocente la ametralladora futurista de las rotativas mientras unos eternos periodistas se afanaban entre el humo de cigarros y periódicos viejos en la complejidad de unas enormes máquinas de escribir que suponían, por entonces, el mayor de los ingenios tecnológicos. 

Es otra cultura, otra época. Y los cambios no son malos siempre que no vengan acompañados de una destrucción interesada del pasado. Nos informamos de manera más directa pero 120 años es mucho tiempo, mucha historia en tinta y papel de periódico. Y si no queremos perder la conexión precisa con quienes nos precedieron, es deseable que, como se dice emotivamente en los cumpleaños, expresemos el justo deseo de que se cumplan muchos más.  Así, aún mantengo la suscripción familiar a El Diario y, por lo que observo, sigue siendo lo primero que buscan los clientes de los bares. Y, sin embargo, mucho ha cambiado en el interior de estas páginas centenarias. No somos los mismos los que aquí escribimos. Pero gratifica escribir de tanto en tanto en un medio que estaba ya mucho mucho tiempo antes de que viniéramos nosotros. Felicidades.


David Ferrer



lunes, 5 de noviembre de 2018

Anillos urbanos

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el lunes 5 de noviembre de 2018)


La calidad y madurez  de las ciudades se mide paradójicamente en la ausencia de lugares públicos y discretos donde las jóvenes parejas puedan culminar sus inevitables impulsos amatorios. ¿Dónde ir? ¿dónde hacerlo? ¿dónde ocultarse de las miradas indiscretas? Son preguntas estas que se ha realizado cualquier post adolescente. Así, sabemos por las novelas del gran Murakami que los jóvenes de Tokio se ven obligados a buscar el cobijo de minúsculos y centelleantes love hotels o alojamientos cápsula en los que estirar los músculos y sus dotes a cambio de unos yenes. Hay cierta sordidez y soledad, qué duda cabe, en la descripción de tales antros pero siempre será mejor una cuadriculada estancia con un ruidoso lecho que la angostez de un auto en medio de la noche. ¿Dónde irá, por tanto, la joven pareja abulense? Esta duda, este enigma, nos lleva a una exploración del urbanismo del amor. La paradoja urbana y contemporánea radica, por tanto, en que la concentración máxima de edificios, población, industrias y comercios va en detrimento de los espacios vacíos, de las extensiones muertas. Las ciudades se clasifican en territorios vivos y poblados o territorios provistos de una agostada periferia que quiso aspirar a la gloria y quedó en una infinitud de aceras vacías, terrenos en venta y carteles de oferta, un lujo inhabitado para los agrimensores, los corredores y las jóvenes parejas.

Uno, como Murakami, corredor y novelista, suele salir a correr por estos lugares inhóspitos donde lo único que quedan ya son los agujeros que antes cubría una tapa o una alcantarilla, convenientemente robada y vendida en el mercado negro, decenas de farolas tristes o decrépitos jardines de cardos y matojos. Pero uno no es Murakami, por desgracia, ni en calidad de los escritos ni en calidad de los entrenamientos. Y  Ávila no es Milán ni Tokio. Sin embargo, y a diferencia de estas millonarias ciudades, aquí encontramos kilómetros y kilómetros aptos sólo para esa gloria efímera y personal del corredor, del ciclista o del paseante ocioso y que, a determinadas horas, se transforman en un campo plagado de anillos de preservativo, colofones de momentos solitarios, de intensidades de pareja. Correr por esos lugares de la periferia es sortear cada uno de esos anillos de látex que recuerdan que quien tuvo, retuvo, las sombras de polvo enamorado a decir quevedesco. Ávila, por tanto, no es Seattle, ni Tokio, ni Londres ni New York. Ávila es Detroit en sus horas más bajas, es Lagos o la periferia de Verona, cuando cae el sol y ya nos han abandonado los turistas típicos, con sus yemas a medio comer en el equipaje ligero. Aquí se mide la decadencia en espacios muertos, aparcamientos improvisados para la soledad de los amantes que a veces se asustan con la pisada firme del runner. Ávila se mide en kilómetros de soledad, en pretéritos proyectos, urbanizaciones fantasma al sur, al oeste y al nordeste que invocan al amor en la soledad de los coches mal aparcados por la prisa, las ganas, el éxtasis. Ávila se mide en ese despojo de látex, en los restos con anillos tirados con desgana al bajar la ventanilla y que debe ir sorteando el intrépido corredor o paseante. Ávila es amor. Es el paraíso de los amantes gracias a la megalomanía y falta de previsión de nuestros gobernantes, nuestros concejales, nuestros grupos políticos (todos) y sus dietas. Gracias a ellos, este mensaje enamorado, porque por su ineptitud tenemos miles y miles de pistas solitarias y aptas para el ejercicio. El estrictamente deportivo o el que practican los amantes en la soledad de un vehículo.


David Ferrer 




martes, 2 de octubre de 2018

El medio eres tú

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 2 de octubre de 2018)

En las road movies estadounidenses que llenaron las pantallas de los años setenta y ochenta aparecía siempre un autoestopista al que un bondadoso conductor se prestaba a transportar, librándolo así de la intemperie o del fuego solitario de una infinita carretera texana. La historia devenía, según conviniera al género, ya en un tórrido romance o en un asesinato misterioso a las afueras de un rancho. Como el mundo no cambia, pero sí los medios,  cualquiera puede hacerse ahora su propia road movie, literalmente película de carretera, gracias a la comodidad del móvil y las múltiples aplicaciones de las que allí disponemos. Uno ha sido siempre curioso por naturaleza y ha transitado por toda suerte de programas de mensajería y de comunicación telemática. Así que, cómo decían los postmodernos, why not? ¿Por qué no? Así que el otro día reinstalé la aplicación Bla Bla Car y anuncié un viaje desde Salamanca a Ávila. El antiguo autoestopista se ha convertido en un icono al fondo de una pantalla que responde con presteza y ofrece todo tipo de información acerca de sus ocupaciones, gustos y estudios. El conductor ya no es el viejo camionero de esas añejas películas sino un moderno conductor que igualmente informa acerca de sus habilidades sociales y de conducción. El trato es simple y telemático. Al poco tiempo de anunciar mi viaje ya había dos solicitudes de transporte que confirmé automáticamente. 

Uno es fabulador y ensayista por naturaleza y se presta a realizarse preguntas que a veces no tienen una fácil respuesta. La literatura o el cine tampoco ayudan aquí. En la espléndida novela La carretera de Cormac McCarthy se dice “tenemos que escapar por la carretera. No mires hacia atrás”. Aquí no hay misterios ni encuentros extraños. En estos viajes bla bla la sensación de normalidad tiene un punto anti literario y no hay manera de que salga de esto un solo relato. Mis ocupantes eran una joven estudiante de psicología, que en seguida se interesó por mis labores académicas, y un estudiante de medicina que venía de visita a Ávila. Yo me preguntaba que si existen medios públicos de transporte cómodos y eficaces, qué demonios lleva a estos jóvenes a preferir este transporte privado con un desconocido. La paradoja está en comparar el trato frío, cómodo e inmediato que nos proporcionan las aplicaciones móviles, sin necesidad de pasar por la mugrienta taquilla de una sórdida estación de autobuses y, al mismo tiempo, la necesidad de una socialización mientras se hace algo tan rutinario como el viaje. Me di cuenta enseguida de ese cambio generacional por el que los millenials han convertido de su vida una fuente de experiencias. El truco consiste en envolver la rutina en el celofán del acontecimiento inesperado, de la conversación frente al burocrático transcurrir de un viaje en tren o autobús. 

Resurgen ahora las protestas frente a este tipo de tratos alternativos, como por ejemplo vemos ahora al arreciar el conflicto con los Uber. Me temo que son dos mundos en conflicto que, como siempre, los políticos no supieron ver, apoyados en una impasibilidad de unos gremios cómodos y establecidos. Para esta generación bla, para esta generación uber/cabify existe la imediatez de la app en el móvil y la necesidad de rodearse de pequeños lujos personales e instantáneos. Queda decir que mi experiencia acabó bien. Llegamos en un excelente tiempo de Salamanca a Ávila, me enteré de sus estudios y de otras circunstancias personales y, por su parte, los ocupantes valoraron excelentemente la calidad de mi viaje. Me temo que esto da sólo para un artículo, y no para una road movie. Pero, quién sabe, a lo mejor me pica el gusanillo y me compro un coche lujoso y un traje negro y me hago conductor de Uber en Ávila, servicio que todavía aquí no existe.


David Ferrer



martes, 8 de mayo de 2018

¿Qué fue mayo?

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 8 de mayo de 2018)

La anécdota la contaba el periodista milanés Indro Montanelli. Puede que fuera cierta y él la recogiera in situ o puede que, con su habitual ironía maquiavélica y enjuta, Montanelli simplemente quisiera ironizar con un estado de ánimo. Cuenta, en definitiva, que en el París del año 1980, mientras el cadáver de Sartre era saludado y llorado por las masas parisinas, un joven se tiró desde una ventana al paso del cortejo fúnebre. Montanelli, fiel a su ironía, afirmó que este pobre muchacho probablemente nunca había leído una obra del pensador pero que, al menos, había logrado estar un momento cerca de su ídolo, aunque los dos estuvieran muertos. Jamás sabremos, si eso fue cierto y jamás tendremos datos acerca de quién fue el suicida, aunque da para una novela. Claro está, desde luego, que estos movimientos forman parte más de una escenografía llena de dramatismos y gestos que de verdaderas lecturas y profundidades. El entierro de Sartre no consistió sólo en la incineración de un cadáver ilustre sino que se convirtió, muy a pesar de algunos, en el toque funeral de una época que se había iniciado, como pueden ustedes imaginarse, en el famoso mayo de 1968.

Se cumplen este mes 50 años de los archiconocidos eventos parisinos. En unos tiempos en los que no existían los vuelos low-cost y cuando las redes sociales parecerían un producto absurdo de un novelista de ciencia ficción, cuesta creer que hubiera allí tantos testigos. Pero mira que lo han vendido bien, mira que han sabido crear una fantasmagórica propaganda sobre unas revoluciones de calle de perfecta escenografía. Es Daniel Cohn saltando una valla o mirando con sonriente desdén al gendarme. Son Simone y Sartre repartiendo panfletos y fumándose una pipa.  Es el oscuro escritor George Perec atusándose la perilla. El dramatismo de algunas de las imágenes contrasta con la nadería aburrida de muchos de sus textos, probablemente ilegibles e incomprensibles para un lector culto de nuestra época. Por suerte, a uno la etapa universitaria le pilló en ese momento en el que los estertores de ese mayo del 68 se habían borrado del panorama de las facultades y sus proclamas eran objeto de saldo en las librerías. Cierto es que, 50 años después, hay quien pretende revivir esos momentos pero su recreación se limita a la re-edición de lo más potable de aquellos autores o, en el peor de los casos, a realizar alguna performance o escrache en un oscuro pasillo de una facultad de humanidades. 

Así las cosas, de ese mayo a este mayo, esos 50 años pasaron para algunos como una máquina de asfaltar, potente, pesada y borradora. El propio Montanelli definió a sus seguidores y a sus consecuencias como una “bella turba de analfabetos”. Es bueno rememorar, conmemorar y estudiar aquellos bienintencionados movimientos pero uno piensa siempre que no cualquier tiempo pasado fue mejor. De aquellas intensidades y dramatismos, nos hemos quedado en el “no dramas, please” que enuncian en esta primavera tardía algunas influencers. Del megáfono a pilas a las historias de instagram. Y las únicas congregaciones o masas que se aguardan son las de la final de la Champions o los que confluyen cada tarde de mayo en la plaza de todos de Las Ventas de Madrid. Pues eso, sin dramas ni soflamas, en este mayo de 2018, yo no pienso en 1968. Creo que me importa mucho más, y es más revolucionario, lo que hagan la terna y sus cuadrillas en este San Isidro. 

David Ferrer



martes, 10 de abril de 2018

Rápidos trenes

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 10 de abril de 2018)

El tren salió de la estación de Chamartín con puntualidad y, al rato, gracias al vaivén suave y eléctrico, me quedé adormilado mientras atravesábamos ya la periferia de Madrid. Sus billetes, pude escuchar al poco tiempo. Sus billetes, gracias. Abrí los ojos y me pareció ver una figura conocida en el puesto del revisor. A medida que se acercaba escrutando los billetes de papel o los electrónicos, confirmé mis sospechas. Se trataba del diputado Pablo Casado quien ocupaba el puesto de revisor. Insólita figura y extraña mutación en la fría mañana. Esto no lo pueden ver mis ojos, me dije en un esforzado y somnoliento pleonasmo, ¡no puede ser esto lo que ven mis ojos! Siguió el revisor con inalterable cara de niño bueno comprobando billetes a derecha y a izquierda, hasta que llegó mi turno. En menos de una hora llegamos a Ávila, dijo el joven revisor. ¿Menos de una hora, si acabamos de salir de Madrid? me atreví a replicarle. Por supuesto, caballero, en 40 minutos llegamos a Ávila. Su billete, gracias. La insistencia en la llegada tan temprana fue tal que no quise aventurarme a  una nueva interpelación por lo que dejé que el revisor Pablo Casado siguiera con su labor. Acerqué mi nariz a la ventanilla para sentir el frío del cristal, como cuando éramos niños, y pude observar que no habíamos llegado siquiera a Las Rozas. El tren seguía con sus vaivenes lentos y sus paradas por lo que decidí observar al revisor. Oí que a todos los viajeros les decía lo mismo, sólo que apurando cada vez más los tiempos, como si de la formula 1 se tratara. En menos de treinta minutos llegamos a Ávila, decía ese joven revisor, que a mi imaginación se le antojaba igual que el político. Estos trenes vuelan, decía. En menos de veinte minutos llegamos a Ávila, continuaba diciendo mientras revisaba billetes con fruición y desapego. Yo miraba mi smartwatch, comprobaba el GPS y todas las funcionalidades de Google Maps y me quedaba cada vez más atónito. Quince minutos para Ávila, proclamaba crecido el bisoño revisor. Cansado de la farsa, me levanté en medio del vagón: pero oiga, grité yo, si aún no se ve El Escorial y mucho menos Las Navas, donde se supone que usted vive, ¿cómo vamos a llegar a Ávila en quince minutos? ¿Está usted bien? Un silencio aterrador se impuso en el vagón. Los presentes miraron al revisor, como cuando se mira al maestro después de que el alumno díscolo haya dicho algo muy brutal, cierto pero inconveniente. Parecía que iba a iniciarse un duelo. Si del salvaje oeste se tratara, ya cada uno hubiéramos puesto mano en las cartucheras. La tensión creció, de esa manera intangible como suele. Tanto que la nieve del exterior congeló los segundos e inundó de una capa de escarcha a los viajeros, sus maletas y sus asientos. A la derecha un personaje empezó a recriminarme: parece usted un niño, sabrá el revisor lo que queda, y si dice que apenas distan quince minutos, será cierto. Eso, eso, gritaron con entusiasmo inusitado quienes lo rodeaban, a lo que el revisor o diputado, ya no me quedaba claro, miró el reloj con satisfacción y confirmaba la rápida llegada. 

Se disipó la niebla y creo que en ese momento abrí los ojos. Sí, parecía que todo había sido un sueño. Comprobé el reloj, como quien quiere atar la realidad de las cosas. Miré por la ventanilla y se veían los edificios de la periferia. Me temo que al menos quedaba una hora y media de viaje. Y el revisor era otro, por supuesto. Había acabado el sueño. 


David Ferrer



martes, 13 de marzo de 2018

Sí, ministro

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 13 de marzo de 2018)

La memoria sobre los acontecimientos es subjetiva y variable aunque no así las cronologías, como tampoco las sensaciones que dejan en el presente. Podemos traer aquí lo que decía Walter Benjamin: “La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no lo configura ese tiempo vacío y homogéneo, sino el cargado por el tiempo-ahora”.  ¿No se entiende? Veamos este pasado-presente de una forma más didáctica en forma de diálogo:

- Señor ministro, llaman unos de Ávila pidiendo no sé qué proyectos para revitalizar la ciudad, que anda algo hundida y decadente. 

- ¿No les vale con santa Teresa?
-  Me temo que no, señor ministro, quieren algo más cercano.
Bueno, bueno, dígales a estos avileses, o como se llamen, que ya pensaremos y que vayan buscando un prado para acondicionarlo y establecer allí alguna feria, algún evento, alguna expo.
- De acuerdo, ministro, les montaremos un Prado.
Los años pasaron: llegaron centenarios, nevadas, alcaldes, diputados. Se cayeron los árboles, las cigüeñas se desmadraron y pensaron que esta era una ciudad de recreo y veraneo con tantos parques vacíos y tantos circuitos pavimentados que la circundan; se presentaron miles de libros pero cerraron librerías, se inventaron nuevas cofradías y los alcaldes dispusieron nuevas áreas comerciales; se impuso un peaje, llegaron nuevos partidos y nos hicimos del siglo XXI. Pero el ministro seguía en Madrid y ya no era el mismo.

Señor ministro, que llaman unos de Ávila preguntando por un raro proyecto que les habíamos prometido.
- Ay, cómo son los de provincias, dígales que en el Prado sobran cuadros, y que recibirán un par de Cranach, unas tablas flamencas bien vistosas, un sucesor de Caravaggio y, si nos cuadra, en el lote les metemos un jamón y unas litografías taurinas de Goya.
- Así haremos, señor ministro, que en provincias saben bien valorar el arte de las pequeñas cosas. 

Pasaron los años: los adoquines de la calle del Palacio de los Águila decidieron que continuarían con su baile, hacia arriba, hacia abajo, con delicadas y finas ondulaciones que jugueteaban con la salud de motoristas y viandantes. Pero nada cambiaba en esa zona. Se rehabilitaba algún palacio, abría algún restaurante y las cigüeñas persistían en sus alocados viajes. Las cigüeñas son, en cualquier caso, más constantes que los ministros, aunque tampoco sean las mismas. En su despacho de la calle Alcalá miraba el ministro el retrato de alguno de sus predecesores cuando el subsecretario osó importunarlo:

Señor ministro, que llaman unos de Ávila preguntando por un extrañísimo proyecto de cuando nuestros presupuestos se contabilizaban en pesetas.
- Dígales a los de Ávila que van a tener una salita.
- ¿Cómo una salita, señor ministro?
Una sala pequeña, con diminutivo. Y allí de vez en cuando les colgaremos un cuadrito.
¿Eso también con diminutivo?
Depende. En el almacén del Prado tenemos unos cartelones y unos retratazos decimonónicos que miden cerca de dos metros.
¿Y con eso se contentan, ministro?
Más es menos. Lo que se lleva es esto. Minimalismo. Introspección. Nada de museos, nada de grandes proyectos. Una salita cómoda, limpia y blanca, donde quepa tanto un botijo como un Barceló o un bodegón barroco. Pero que sea limpia y blanca.
Vamos, señor ministro, que les vamos a hacer algo blanco, fácil y ecléctico que más que museo parecerá una sala de curas.
Eso, buena idea, que lo llenen de curas, que allí sobran.
Bien dicho, señor ministro, es usted un genio.

David Ferrer


martes, 13 de febrero de 2018

Amarilla muerte

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 13 de febrero de 2018)

“Mi corazón parece un árbol negro lleno de pájaros amarillos que chillan y taladran mi carne como en un martirio”. Lo dice Manuel Vilas en Ordesa, un recientísimo libro que salió publicado por Random House a finales de enero, y que lleva todo el camino de convertirse en uno de los hallazgos literarios del año (a la hora de redactar este artículo la imprenta vomitaba con velocidad ya la cuarta edición). ¿No es increíble? ¿No es envidiable? ¿Jubiloso? Mucho. Se atribuye a Larra la tergiversada frase de “escribir en España es llorar” y nos alegramos, por ello, de que al fin el bueno de Manuel Vilas, el contumaz, sarcástico, incisivo y polémico Vilas se lleve una alegría con este éxito repentino y merecido. Pero es que, además, en su caso, escribir es llorar. Y no es ahora ni una metáfora ni un cliché, de esos que usan con tanta frecuencia los periodistas actuales. Escribir es llorar sin freno, con desgarro, con la tortura golpeada de las teclas mientras vas contando la vida, los recuerdos y la muerte de los padres. ¿En qué momento nos desvinculamos de ellos? ¿Cuándo y por qué necesitamos ese regreso a la protección paterna? Es una verdad que no tiene respuesta pero que un escritor puede dulcificar como si fuera un bálsamo en forma de libro. Así, en una paradoja interminable, una vuelta de tuerca acumulativa, Manuel Vilas nos obliga a ser espectadores de una tragedia coral de la que el propio autor es único intérprete, un simple músico de segunda frente a personajes verdaderos que alcanzan la categoría genial de grandes intérpretes. Si, es otra metáfora. No se líen, pues lo entenderán a la perfección cuando lo lean.

Escribir es llorar, escribir es jugarse la vida en cada página, como dijera atropelladamente y a golpe de soberbia su admirado Francisco Umbral. Hay mucha emoción, muchas lágrimas, demasiada bilis, sudor y rabia acumulada tras la cubierta negra y amarilla de Ordesa. Pero hay admiración, esperanza, conciencia de clase, respeto por los progenitores y por todos aquellos que antes que nosotros ingresaron en el extraño territorio de los muertos. Y hay voluntad de conservación por los objetos que les pertenecieron: “el pasado son muebles, pasillos, casas, pisos, cocinas, camas, alfombras, camisas. Camisas que se pusieron los muertos”. ¿Cómo deshacernos de ese lastre? Si usted, después de curiosear por este torpe artículo, se decide a leer Ordesa de Manuel Vilas, sepa que se trata de una memoria novelada, de un ensayo narrativo que le va a cambiar la vida y, sobre todo, su concepción sobre la muerte. Sepa que se va a quedar mirando un punto fijo ante algunas de las reflexiones propuestas y, sobre todo, no lo dude, prepárese a un viaje en montaña rusa por las emociones de Vilas que, a la postre, son también las suyas. Recordará en cada página a sus familiares y amigos muertos y mirará de otra manera los objetos que aquí dejaron. Aquella carta, aquel llavero, aquel abrigp. Valorará de forma distinta a aquellos que aún nos acompañan y se le llenarán los ojos de una ternura casi infinita. Al menos de momento, pues no sé si la literatura tiene aún el don de lograr los milagros perpetuos. Pero a ratos lo logra. Lea, si me permite el consejo, Ordesa de Manuel Vilas y quédese atrapado por esta deslavazada memoria que parece recordarnos a cada párrafo, como dijera Pavese, que algún día vendrá la muerte y tendrá nuestros mismos ojos.


David Ferrer