martes, 5 de febrero de 2019

Lo malo

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 5 de febrero de 2019)

Hacia 1992, Beatriz Navas Valdés era una adolescente madrileña que, como tantas en esa época, llevaba un diario íntimo. Utilizo el pasado del verbo ser porque, exceptuando a lo que les ocurre a algunos incautos, la adolescencia es ese estado gaseoso en formas de burbujas de refresco que afortunadamente pasa. Son adolescentes los de ahora y fuimos adolescentes los de entonces. En ese diario, esa quinceañera de los noventa, rubia, tímida y de carácter fluctuante, da cuenta de sus preocupaciones por los estudios, sus escarceos sentimentales, se parte los sesos  (y el sexo) pensando en si debe besar o hacerle algo a tal chico, hace anotaciones sobre el alcohol, los primeros cigarros, los discos, los conciertos, las fiestas, las tretas para escaparse del instituto y la problemática existencial resumida en el minúsculo centímetro cuadrado de un grano en medio de la frente. El pasado año la editorial Caballo de Troya, especializada en textos literarios de gran altura, publicó este diario noventero de Beatriz Navas, hoy flamante directora general, y, curiosidades del mercado, oh, veleidades de los lectores,  el boca a boca hizo el resto hasta que alcanzó varias ediciones. Si uno aplica los exigentes dogmas del canon literario, convendríamos en que este diario que la autora, ya nada adolescente, ha rescatado y retitulado como Y ahora, lo importante, es poco más que un paratexto, una curiosidad sociológica de otras épocas remotas en las que ni siquiera sabíamos lo que era un correo electrónico o un buscador de internet. 

Leí de un tirón este intenso texto, tan lleno de contradicciones, de filias y fobias de teenagers, y aún me pregunto dónde está la clave. De una parte, creo que la relectura de un texto tan íntimo y extraliterario nos pone, para los que somos grandes lectores del género del diario y la memoria, de frente con el espejo de nuestra adolescencia. Pero ese es un problema menor que refleja simplemente lo mayores que también nos hemos hecho. Lo más importante, sin embargo, para los que trabajamos con adolescentes en un contexto académico, radica en la constatación de que tal etapa, llevada al límite ya sea con instagram, con notas de voz o simplemente con una carpeta de fotos de ídolos y una agenda manuscrita, es básicamente la misma. Vivimos tiempos en que los agoreros, los cenizos y esa patronal del taxi en la que se ha convertido a veces la enseñanza (no todos, por suerte), no hacen más que despacharse a su modo contra esta adolescencia digital que no sabe apreciar su perfilada y repetitiva cultura. En el fondo, no es más que este pesimismo general que invade a cierta parte de la sociedad que se regodea en el lado oscuro de las cosas. Hay datos suficientes que constatan que quizá no vivimos en el mejor de los mundos deseables (eso no ocurrirá nunca) pero sí que estamos en el mejor de los momentos históricos. El filósofo e investigador Steven Pinker, que tanto molesta a los extremos de uno y otro lado, a los pesimistas y a los plomizos, lo ha demostrado fehacientemente. Y habría que alegrarse, por ello, de que, con todos sus problemas, los adolescentes actuales quizá no son tan distintos de aquellos que nosotros fuimos. Nadie nos daba likes ni nos seguía en red alguna pero la obsesión por comunicarse y por quitarse las penas eran las mismas. Entonces y ahora, digamos fuerte: abajo los aguafiestas, los tristes, decadentes y los cenizos.

David Ferrer


martes, 8 de enero de 2019

JGB: 8 de enero

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 8 de enero de 2019)

El 8 de enero de 1990, según cuentan, porque es imposible fijar esos nimios detalles en la memoria, no fue un día especialmente frío sino más bien una jornada nublada, tristona, tan típicamente hostil de enero. Es posible que sea este el mes más cruel del año, pese a lo que digan otros. Son esas jornadas postnavideñas un vertedero en el que hasta las palabras, las cosas, y no digamos las personas, tienen un toque exhausto de decadente desubicación y todo está ya fuera de tono. Una cuesta abajo de los sentimientos donde el más bienintencionado “feliz año” tiene ya su matiz decrépito, como de baile solitario. Ese 8 de enero, hace ya 29 años, fue, sin embargo, un día frío para la poesía pero, aún con esa característica, la jornada resultó mas bien extraña. Los telediarios de la época anunciaron la muerte en Barcelona del poeta Jaime Gil de Biedma. Jaime. Las personas del verbo, Volver, algunos textos diarísticos que poco tenían que ver con lo que posteriormente saldría a la luz. Una obra exigua, intencionadamente parca y terca. Al contrario de su vida, doble, a veces gris, a veces luminosa. Poco se sabía de su enfermedad por entonces, y sus fugaces apariciones televisivas hacían, como era costumbre en esa época sin velocidad ni internet, de este autor catalán y castellano la categoría de un mito. Cuenta Miguel Dalmau en la biografía de este poeta cómo unos días después de ese 8 de enero, familiares, escritores allegados y unos pocos amigos enterraron las cenizas del poeta en el pueblo familiar de Nava de la Asunción. Aquellos pocos (the happy few) acudieron bajo el cielo azul raso a esta Nava de la provincia de Segovia, localidad cercana a los límites de la provincia de Ávila, vecina de la de Valladolid, un espacio abierto, sin límites con la llanura delimitada exclusivamente por campos, vides y pinares resineros. Un espacio amable donde descansar para la vida y para la muerte. Y, en efecto, desde entonces allí lo hace el poeta Jaime Gil de Biedma. Tras dar sepultura al mito, el que es hoy sin lugar a dudas uno de los grandes, los congregados (Marsé, Oliart y otros cuantos) dieron cuenta de un suculento cochinillo en la cercana ciudad de Arévalo. Una celebración pantagruélica que sin duda le habría divertido a Jaime, alguien que celebró a Eros y que temió a Tanatos. 


Han pasado casi tres décadas de la muerte de Jaime ese 8 de enero. La casa de la familia se vendió y, como en un Brideshead maldito, sucumbió a la especulación del ladrillo, aunque una parte queda en la calle principal como flor marchita que recuerda que antes allí había relinchantes caballos, música, tenis, bailes, lecturas, piscina con chapoteo y también momentos de silenciosa felicidad estival. Ha habido, sin embargo, un resurgir de la memoria de Jaime Gil de Biedma en Nava de la Asunción, gracias por una parte a la intervención municipal y, por otra, por esa conciencia de época, ese bendita memoria que parece despertar en los habitantes de esta España vacía, de la que hablaba Sergio del Molino. Hoy 8 de enero, como cada año, se falla en Nava de la Asunción el premio de poesía que lleva el nombre del poeta. Pero cada fin de semana puede visitarse en la antigua estación de trenes de la localidad un precioso e íntimo espacio que se denomina Estación de Encuentro Jaime Gil de Biedma. Es una bonita palabra “encuentro”, como concordia. Falta nos hace en esta España tan vacía. Por cierto, Nava de la Asunción está a menos de 50 minutos de Ávila por la carretera que conduce a Arévalo. Seguro que honrar la memoria de Jaime Gil de Biedma es un excelente plan para cualquier sábado.

David Ferrer



martes, 27 de noviembre de 2018

120 y más

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 27 de noviembre de 2018)

Eran otros tiempos, otra cultura y otras modalidades de comunicación. Allá por los años noventa apreció uno por primera vez en las páginas de El Diario de Ávila. Nada de importancia y, desde luego, nada que merezca la pena rebuscar entre las páginas amarillas de tan larga y centenaria hemeroteca. El motivo, creo recordar, era un pequeño texto literario, tan adolescente, tan naif, que, sin embargo, tuvo a bien publicar Fernando Romera en un breve suplemento de letras que por entonces dirigía para el Diario los fines de semana. El Diario de Ávila, con aquella horrible mancheta de reminiscencias western, era el periódico de casa, el de la suscripción familiar de mi abuelo, mi padre o mi tío José Ferrer, que llegó a ser largo tiempo accionista de la publicación. Por todo ello, no cabe duda de que en ese momento, en ese contexto, como digo, la aparición de mi nombre en letras de molde en un pequeño rincón del periódico local satisfizo la vanidad adolescente de quien, como todos, durante una efervescencia teen, que dura lo que el humo, se creyó por minutos un pequeño Rimbaud o a lo sumo un pequeño dios juanramoniano. Pero como dice el sabio siciliano Franco Battiato, el único Franco bueno, “viva la juventud, que afortunadamente pasa”. Mis apariciones, fugaces o continuas, o mis colaboraciones con este periódico que ahora cumple 120 años han sido más o menos intermitentes. Son ahora ya cinco años, me parece, los que lleva uno en este Club Diógenes que, como pocos saben, es un club ficticio y perfecto para los letraheridos y los solitarios. 

Era otra cultura, en efecto. De niños, de colegiales, había visitas obligadas en la ciudad: el convento de Santa Teresa, la fábrica de automóviles (no recuerdo si entonces ya era NISSAN), los Bomberos, a los que aludíamos en mayúscula, y, por supuesto, la imprenta y la redacción de El Diario de Ávila. En una época en la que los niños aún se sorprendían por algo, resultaba conmovedor visitar aquellas oficinas destartaladas y llenas de humo de la plaza de Santa Teresa o, ya más adelante, la enorme nave en un polígono donde se imprimían periódicos de toda España. Veíamos allí con nuestra mirada inocente la ametralladora futurista de las rotativas mientras unos eternos periodistas se afanaban entre el humo de cigarros y periódicos viejos en la complejidad de unas enormes máquinas de escribir que suponían, por entonces, el mayor de los ingenios tecnológicos. 

Es otra cultura, otra época. Y los cambios no son malos siempre que no vengan acompañados de una destrucción interesada del pasado. Nos informamos de manera más directa pero 120 años es mucho tiempo, mucha historia en tinta y papel de periódico. Y si no queremos perder la conexión precisa con quienes nos precedieron, es deseable que, como se dice emotivamente en los cumpleaños, expresemos el justo deseo de que se cumplan muchos más.  Así, aún mantengo la suscripción familiar a El Diario y, por lo que observo, sigue siendo lo primero que buscan los clientes de los bares. Y, sin embargo, mucho ha cambiado en el interior de estas páginas centenarias. No somos los mismos los que aquí escribimos. Pero gratifica escribir de tanto en tanto en un medio que estaba ya mucho mucho tiempo antes de que viniéramos nosotros. Felicidades.


David Ferrer



lunes, 5 de noviembre de 2018

Anillos urbanos

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el lunes 5 de noviembre de 2018)


La calidad y madurez  de las ciudades se mide paradójicamente en la ausencia de lugares públicos y discretos donde las jóvenes parejas puedan culminar sus inevitables impulsos amatorios. ¿Dónde ir? ¿dónde hacerlo? ¿dónde ocultarse de las miradas indiscretas? Son preguntas estas que se ha realizado cualquier post adolescente. Así, sabemos por las novelas del gran Murakami que los jóvenes de Tokio se ven obligados a buscar el cobijo de minúsculos y centelleantes love hotels o alojamientos cápsula en los que estirar los músculos y sus dotes a cambio de unos yenes. Hay cierta sordidez y soledad, qué duda cabe, en la descripción de tales antros pero siempre será mejor una cuadriculada estancia con un ruidoso lecho que la angostez de un auto en medio de la noche. ¿Dónde irá, por tanto, la joven pareja abulense? Esta duda, este enigma, nos lleva a una exploración del urbanismo del amor. La paradoja urbana y contemporánea radica, por tanto, en que la concentración máxima de edificios, población, industrias y comercios va en detrimento de los espacios vacíos, de las extensiones muertas. Las ciudades se clasifican en territorios vivos y poblados o territorios provistos de una agostada periferia que quiso aspirar a la gloria y quedó en una infinitud de aceras vacías, terrenos en venta y carteles de oferta, un lujo inhabitado para los agrimensores, los corredores y las jóvenes parejas.

Uno, como Murakami, corredor y novelista, suele salir a correr por estos lugares inhóspitos donde lo único que quedan ya son los agujeros que antes cubría una tapa o una alcantarilla, convenientemente robada y vendida en el mercado negro, decenas de farolas tristes o decrépitos jardines de cardos y matojos. Pero uno no es Murakami, por desgracia, ni en calidad de los escritos ni en calidad de los entrenamientos. Y  Ávila no es Milán ni Tokio. Sin embargo, y a diferencia de estas millonarias ciudades, aquí encontramos kilómetros y kilómetros aptos sólo para esa gloria efímera y personal del corredor, del ciclista o del paseante ocioso y que, a determinadas horas, se transforman en un campo plagado de anillos de preservativo, colofones de momentos solitarios, de intensidades de pareja. Correr por esos lugares de la periferia es sortear cada uno de esos anillos de látex que recuerdan que quien tuvo, retuvo, las sombras de polvo enamorado a decir quevedesco. Ávila, por tanto, no es Seattle, ni Tokio, ni Londres ni New York. Ávila es Detroit en sus horas más bajas, es Lagos o la periferia de Verona, cuando cae el sol y ya nos han abandonado los turistas típicos, con sus yemas a medio comer en el equipaje ligero. Aquí se mide la decadencia en espacios muertos, aparcamientos improvisados para la soledad de los amantes que a veces se asustan con la pisada firme del runner. Ávila se mide en kilómetros de soledad, en pretéritos proyectos, urbanizaciones fantasma al sur, al oeste y al nordeste que invocan al amor en la soledad de los coches mal aparcados por la prisa, las ganas, el éxtasis. Ávila se mide en ese despojo de látex, en los restos con anillos tirados con desgana al bajar la ventanilla y que debe ir sorteando el intrépido corredor o paseante. Ávila es amor. Es el paraíso de los amantes gracias a la megalomanía y falta de previsión de nuestros gobernantes, nuestros concejales, nuestros grupos políticos (todos) y sus dietas. Gracias a ellos, este mensaje enamorado, porque por su ineptitud tenemos miles y miles de pistas solitarias y aptas para el ejercicio. El estrictamente deportivo o el que practican los amantes en la soledad de un vehículo.


David Ferrer 




martes, 2 de octubre de 2018

El medio eres tú

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 2 de octubre de 2018)

En las road movies estadounidenses que llenaron las pantallas de los años setenta y ochenta aparecía siempre un autoestopista al que un bondadoso conductor se prestaba a transportar, librándolo así de la intemperie o del fuego solitario de una infinita carretera texana. La historia devenía, según conviniera al género, ya en un tórrido romance o en un asesinato misterioso a las afueras de un rancho. Como el mundo no cambia, pero sí los medios,  cualquiera puede hacerse ahora su propia road movie, literalmente película de carretera, gracias a la comodidad del móvil y las múltiples aplicaciones de las que allí disponemos. Uno ha sido siempre curioso por naturaleza y ha transitado por toda suerte de programas de mensajería y de comunicación telemática. Así que, cómo decían los postmodernos, why not? ¿Por qué no? Así que el otro día reinstalé la aplicación Bla Bla Car y anuncié un viaje desde Salamanca a Ávila. El antiguo autoestopista se ha convertido en un icono al fondo de una pantalla que responde con presteza y ofrece todo tipo de información acerca de sus ocupaciones, gustos y estudios. El conductor ya no es el viejo camionero de esas añejas películas sino un moderno conductor que igualmente informa acerca de sus habilidades sociales y de conducción. El trato es simple y telemático. Al poco tiempo de anunciar mi viaje ya había dos solicitudes de transporte que confirmé automáticamente. 

Uno es fabulador y ensayista por naturaleza y se presta a realizarse preguntas que a veces no tienen una fácil respuesta. La literatura o el cine tampoco ayudan aquí. En la espléndida novela La carretera de Cormac McCarthy se dice “tenemos que escapar por la carretera. No mires hacia atrás”. Aquí no hay misterios ni encuentros extraños. En estos viajes bla bla la sensación de normalidad tiene un punto anti literario y no hay manera de que salga de esto un solo relato. Mis ocupantes eran una joven estudiante de psicología, que en seguida se interesó por mis labores académicas, y un estudiante de medicina que venía de visita a Ávila. Yo me preguntaba que si existen medios públicos de transporte cómodos y eficaces, qué demonios lleva a estos jóvenes a preferir este transporte privado con un desconocido. La paradoja está en comparar el trato frío, cómodo e inmediato que nos proporcionan las aplicaciones móviles, sin necesidad de pasar por la mugrienta taquilla de una sórdida estación de autobuses y, al mismo tiempo, la necesidad de una socialización mientras se hace algo tan rutinario como el viaje. Me di cuenta enseguida de ese cambio generacional por el que los millenials han convertido de su vida una fuente de experiencias. El truco consiste en envolver la rutina en el celofán del acontecimiento inesperado, de la conversación frente al burocrático transcurrir de un viaje en tren o autobús. 

Resurgen ahora las protestas frente a este tipo de tratos alternativos, como por ejemplo vemos ahora al arreciar el conflicto con los Uber. Me temo que son dos mundos en conflicto que, como siempre, los políticos no supieron ver, apoyados en una impasibilidad de unos gremios cómodos y establecidos. Para esta generación bla, para esta generación uber/cabify existe la imediatez de la app en el móvil y la necesidad de rodearse de pequeños lujos personales e instantáneos. Queda decir que mi experiencia acabó bien. Llegamos en un excelente tiempo de Salamanca a Ávila, me enteré de sus estudios y de otras circunstancias personales y, por su parte, los ocupantes valoraron excelentemente la calidad de mi viaje. Me temo que esto da sólo para un artículo, y no para una road movie. Pero, quién sabe, a lo mejor me pica el gusanillo y me compro un coche lujoso y un traje negro y me hago conductor de Uber en Ávila, servicio que todavía aquí no existe.


David Ferrer



martes, 8 de mayo de 2018

¿Qué fue mayo?

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 8 de mayo de 2018)

La anécdota la contaba el periodista milanés Indro Montanelli. Puede que fuera cierta y él la recogiera in situ o puede que, con su habitual ironía maquiavélica y enjuta, Montanelli simplemente quisiera ironizar con un estado de ánimo. Cuenta, en definitiva, que en el París del año 1980, mientras el cadáver de Sartre era saludado y llorado por las masas parisinas, un joven se tiró desde una ventana al paso del cortejo fúnebre. Montanelli, fiel a su ironía, afirmó que este pobre muchacho probablemente nunca había leído una obra del pensador pero que, al menos, había logrado estar un momento cerca de su ídolo, aunque los dos estuvieran muertos. Jamás sabremos, si eso fue cierto y jamás tendremos datos acerca de quién fue el suicida, aunque da para una novela. Claro está, desde luego, que estos movimientos forman parte más de una escenografía llena de dramatismos y gestos que de verdaderas lecturas y profundidades. El entierro de Sartre no consistió sólo en la incineración de un cadáver ilustre sino que se convirtió, muy a pesar de algunos, en el toque funeral de una época que se había iniciado, como pueden ustedes imaginarse, en el famoso mayo de 1968.

Se cumplen este mes 50 años de los archiconocidos eventos parisinos. En unos tiempos en los que no existían los vuelos low-cost y cuando las redes sociales parecerían un producto absurdo de un novelista de ciencia ficción, cuesta creer que hubiera allí tantos testigos. Pero mira que lo han vendido bien, mira que han sabido crear una fantasmagórica propaganda sobre unas revoluciones de calle de perfecta escenografía. Es Daniel Cohn saltando una valla o mirando con sonriente desdén al gendarme. Son Simone y Sartre repartiendo panfletos y fumándose una pipa.  Es el oscuro escritor George Perec atusándose la perilla. El dramatismo de algunas de las imágenes contrasta con la nadería aburrida de muchos de sus textos, probablemente ilegibles e incomprensibles para un lector culto de nuestra época. Por suerte, a uno la etapa universitaria le pilló en ese momento en el que los estertores de ese mayo del 68 se habían borrado del panorama de las facultades y sus proclamas eran objeto de saldo en las librerías. Cierto es que, 50 años después, hay quien pretende revivir esos momentos pero su recreación se limita a la re-edición de lo más potable de aquellos autores o, en el peor de los casos, a realizar alguna performance o escrache en un oscuro pasillo de una facultad de humanidades. 

Así las cosas, de ese mayo a este mayo, esos 50 años pasaron para algunos como una máquina de asfaltar, potente, pesada y borradora. El propio Montanelli definió a sus seguidores y a sus consecuencias como una “bella turba de analfabetos”. Es bueno rememorar, conmemorar y estudiar aquellos bienintencionados movimientos pero uno piensa siempre que no cualquier tiempo pasado fue mejor. De aquellas intensidades y dramatismos, nos hemos quedado en el “no dramas, please” que enuncian en esta primavera tardía algunas influencers. Del megáfono a pilas a las historias de instagram. Y las únicas congregaciones o masas que se aguardan son las de la final de la Champions o los que confluyen cada tarde de mayo en la plaza de todos de Las Ventas de Madrid. Pues eso, sin dramas ni soflamas, en este mayo de 2018, yo no pienso en 1968. Creo que me importa mucho más, y es más revolucionario, lo que hagan la terna y sus cuadrillas en este San Isidro. 

David Ferrer



martes, 10 de abril de 2018

Rápidos trenes

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 10 de abril de 2018)

El tren salió de la estación de Chamartín con puntualidad y, al rato, gracias al vaivén suave y eléctrico, me quedé adormilado mientras atravesábamos ya la periferia de Madrid. Sus billetes, pude escuchar al poco tiempo. Sus billetes, gracias. Abrí los ojos y me pareció ver una figura conocida en el puesto del revisor. A medida que se acercaba escrutando los billetes de papel o los electrónicos, confirmé mis sospechas. Se trataba del diputado Pablo Casado quien ocupaba el puesto de revisor. Insólita figura y extraña mutación en la fría mañana. Esto no lo pueden ver mis ojos, me dije en un esforzado y somnoliento pleonasmo, ¡no puede ser esto lo que ven mis ojos! Siguió el revisor con inalterable cara de niño bueno comprobando billetes a derecha y a izquierda, hasta que llegó mi turno. En menos de una hora llegamos a Ávila, dijo el joven revisor. ¿Menos de una hora, si acabamos de salir de Madrid? me atreví a replicarle. Por supuesto, caballero, en 40 minutos llegamos a Ávila. Su billete, gracias. La insistencia en la llegada tan temprana fue tal que no quise aventurarme a  una nueva interpelación por lo que dejé que el revisor Pablo Casado siguiera con su labor. Acerqué mi nariz a la ventanilla para sentir el frío del cristal, como cuando éramos niños, y pude observar que no habíamos llegado siquiera a Las Rozas. El tren seguía con sus vaivenes lentos y sus paradas por lo que decidí observar al revisor. Oí que a todos los viajeros les decía lo mismo, sólo que apurando cada vez más los tiempos, como si de la formula 1 se tratara. En menos de treinta minutos llegamos a Ávila, decía ese joven revisor, que a mi imaginación se le antojaba igual que el político. Estos trenes vuelan, decía. En menos de veinte minutos llegamos a Ávila, continuaba diciendo mientras revisaba billetes con fruición y desapego. Yo miraba mi smartwatch, comprobaba el GPS y todas las funcionalidades de Google Maps y me quedaba cada vez más atónito. Quince minutos para Ávila, proclamaba crecido el bisoño revisor. Cansado de la farsa, me levanté en medio del vagón: pero oiga, grité yo, si aún no se ve El Escorial y mucho menos Las Navas, donde se supone que usted vive, ¿cómo vamos a llegar a Ávila en quince minutos? ¿Está usted bien? Un silencio aterrador se impuso en el vagón. Los presentes miraron al revisor, como cuando se mira al maestro después de que el alumno díscolo haya dicho algo muy brutal, cierto pero inconveniente. Parecía que iba a iniciarse un duelo. Si del salvaje oeste se tratara, ya cada uno hubiéramos puesto mano en las cartucheras. La tensión creció, de esa manera intangible como suele. Tanto que la nieve del exterior congeló los segundos e inundó de una capa de escarcha a los viajeros, sus maletas y sus asientos. A la derecha un personaje empezó a recriminarme: parece usted un niño, sabrá el revisor lo que queda, y si dice que apenas distan quince minutos, será cierto. Eso, eso, gritaron con entusiasmo inusitado quienes lo rodeaban, a lo que el revisor o diputado, ya no me quedaba claro, miró el reloj con satisfacción y confirmaba la rápida llegada. 

Se disipó la niebla y creo que en ese momento abrí los ojos. Sí, parecía que todo había sido un sueño. Comprobé el reloj, como quien quiere atar la realidad de las cosas. Miré por la ventanilla y se veían los edificios de la periferia. Me temo que al menos quedaba una hora y media de viaje. Y el revisor era otro, por supuesto. Había acabado el sueño. 


David Ferrer