martes, 23 de diciembre de 2014

Los pequeños naufragios

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 23 de diciembre de 2014 dentro de la columna Club Diógenes)

Hasta hace muy poco tiempo tenía la costumbre de escribir un sentido poema y enmarcarlo dentro de una felicitación personal diseñada a tal efecto para que, antes de que llegaran estos días navideños, lo recibiera la gente que yo consideraba cercana. Aprendí este pequeño detalle que llevaba, sin embargo, un laborioso trabajo previo, de mi maestro Jacinto Herrero (cuánto se echa de menos su felicitación pulcra de versos medidos y sinceros). Poco a poco, en mi caso, se iban reduciendo los destinatarios: por circunstancias o desavenencias de la vida, en algunos casos, pero sobre todo por culpa de un general desinterés hacia toda labor intelectual, emotiva o personalizada que se ha visto agravado por una especie de divinización boba de la comunicación tecnológica: tan útil para unas cosas, tan superficial para otras. Me molestaba (y lo sigue haciendo) la falta de cortesía por parte de algunos de esos destinatarios, quienes consideraban como innecesario todo aquel derroche de imaginación y de cartulina verjurada. Otros, por el contrario, mantuvieron la elegancia, aunque transformada en correos electrónicos y, ya en años más recientes, por los inevitables programas de mensajería gratuita. Así que, en definitiva, después de pasarme varias semanas perfilando un breve texto y componiéndolo de la manera más elegante posible en un papel cuidadosamente seleccionado, se sentía uno como el náufrago ignorado por toda suerte de barcos. 

Hace pocas semanas llegué a una de mis clases y saludé con el preceptivo y aún necesario buenos días. Ya sabemos, y la pragmática lingüística nos lo enseña, que los días serán buenos, regulares o malos según las circunstancias del oyente, aunque lo importante es la intención dialéctica y presencial de la expresión. No respondió nadie. Volví a decirlo con voz más alta aunque el naufragio comunicativo volvió a hacerse presente. Ya en una tercera intentona, realizada como si fuera un desesperado Ulises, alguien, recién despertado de su letargo, contestó tímidamente. Y, sin embargo, no pareció extrañar a nadie mi protesta, como tampoco se dieron por aludidos aquellos a quienes dejé, por desconsiderados, de enviar mi modesta felicitación navideña. 

Mañana, 24 de diciembre, al igual que dentro de una semana por el fin de año, será uno de esos pocos días del calendario en que los sinceros o costumbristas propósitos y deseos se crucen entre vecinos, amigos o paseantes. Sospecho que a estas alturas poca gente habrá recibido ya una felicitación escrita y echada por su autor a los mares del correo. Los salvavidas contra esa antigüedad serán los millones de mensajes copiados y pegados, que son válidos y útiles por igual para el primo, el jefe o la vecina. Y si un buenos días o una pregunta nunca sobra, quizá es un buen momento para corregir todas estas pequeñas descortesías, cada uno de los personales naufragios a los que nos está llevando esta divinización a veces fuera de lugar de la tecnología. Yo, por si acaso se me olvida, y como no puedo hacerlo de otra forma más cercana, les deseo por aquí a todos los lectores una Feliz Navidad. 



David Ferrer

martes, 25 de noviembre de 2014

Blandir la espada

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 25 de noviembre de 2014 dentro de la columna Club Diógenes)

Un mediodía caluroso del mes de Agosto de 2008 casi dos millones de espectadores contuvieron la respiración, apretaron con nerviosismo los dedos y abrieron como platos los ojos hasta que el madrileño José Luis Abajo, apodado como Pirri, consiguió tras gran esfuerzo la primera medalla olímpica de la esgrima española. Es posible que muchos de esos espectadores siguieran la proeza por el mero entretenimiento casi vespertino o por la sana deportividad patriótica que es inherente a unos juegos olímpicos. Y es igualmente razonable que muchos no volvieran a ocuparse de un deporte, como es la esgrima, que rezuma elegancia, espíritu olímpico, finura, táctica y caballerosidad (si es que hoy en día el feminismo lingüístico nos permite usar este sustantivo). Si allí se quedaron estos espectadores y no volvieron a interesarse por las competiciones de sable, espada o florete, no podremos decir, desde luego, que sea culpa suya dada la saturación futbolística de la que adolece la información deportiva española. Es cierto, en cualquier caso, que la esgrima no es especialmente televisiva, al margen de una puesta en escena cuidadosa  por la blancura impoluta de los tiradores o el brillo de las armas bajo los focos. Y a pesar de que existe una disciplina denominada esgrima escénica, poco tiene que ver este deporte con el mito de los espadachines de antiguos largometrajes o de las series. Frente a ello, una buena, recurrente y algo desmesurada definición de la esgrima indica que aporta la belleza del ballet, la inteligencia del ajedrez y la técnica de las artes marciales. Y, en efecto, ninguno de los que hemos tomado una espada o cualquiera de las otras dos armas podríamos desmentirlo. Pero frente a la mitología cinematográfica, diremos que es, en suma, un deporte completo, de intenso aprendizaje y muy difícil perfeccionamiento. Y es que a diferencia del fútbol, del que cualquiera es un experto, la esgrima es más bien un ejercicio práctico, que nunca acaba, pleno de matices y sabiduría del que pueden beneficiarse niños, jóvenes, maduros y casi ancianos (en cualquiera de sus sexos, por supuesto).

Hemos recibido con alegría y esperanza la apertura en Ávila del Club de Esgrima Santa Teresa. Muy atrás en el tiempo queda ya la práctica de este deporte en la Escuela de Policía, a lo que siguieron pequeños intentos de aperturas que poco a poco fueron desvaneciéndose. A la esgrima le sopla en este nuevo siglo el viento de cara. Madrid tiene un buen número de clubes esgrimísticos, a la vez que otros más pequeños se han consolidado en localidades cercanas como Segovia o Salamanca. Por ello, esta iniciativa de la Federación Castellano leonesa, con la cooperación del Ayuntamiento de Ávila, ha de recibirse con la cortesía y el entusiasmo que es propio de este deporte. Dos recomendaciones para los no iniciados: existe un ensayo espléndido, del que he tomado libremente el título para este artículo, Blandir la espada, donde puede estudiarse la historia y evolución del deporte. El segundo consejo, quizá es más práctico y conlleva una lógica invitación: tal vez usted haya oído cosas confusas sobre la esgrima. No es un deporte violento, no es un deporte friki en el que sus practicantes salten espada en mano por tapias y tejados; y, finalmente, no es un deporte caro. Cualquier asalto de esgrima comienza con un saludo con el rostro descubierto y finaliza con un agradecimiento al rival con el que se estrecha la mano. En medio, tensión, concentración, buenas dosis de táctica, agilidad, sudor y mucha entrega. 



David Ferrer



lunes, 27 de octubre de 2014

No sorprende

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 27 de octubre de 2014 dentro de la columna Club Diógenes)

No, desde luego que no puede habernos sorprendido el caso de este muchacho ambicioso e impostor. Ya sabéis, apreciado don Pablos, de quién hablo pues es innecesario consignar en estos papeles una vez más su nombre. A la publicación de este texto será, tal vez, un asunto de agua pasada: como igual de desvaídos se nos antojan ya otros casos e historias de granujas. Qué poco dura la fama, como leve es la sombra de la soga en quien delito comete. Así somos de veloces en el reino. Es imposible, pues, dadas las circunstancias, mostrar el más mínimo y leve gesto de estupor, de vergüenza; cuán inútil mirarse el puño en un grandilocuente gesto de incomodo. Por supuesto que no. Hemos vivido tales hazañas en tantas ocasiones previas que resulta redundante y repetitivo cualquier sonrojo. Éramos muy jóvenes, lo sabemos, cuando don Pablos, vuestra merced, se pavoneaba gallardo por el paseo del Prado haciendo gala y ostentación de riquezas invisibles. Allá acudían las damas al atractivo olor de los ropajes, las sedas y los caballos enjaezados. ¿Cómo desconfiar de quien decía tener un pie en palacio, criados y palafreneros y toda suerte de manjares, que resultan ser golosina para el alma y antojo para los apetitos vanos? ¡Qué poco cambiamos, querido buscón Don Pablos, pues parece que vuestras hazañas hayan sido narradas casi al pie de la letra hace escasas jornadas! ¡Qué semejantes los enredos, los trucos, la villanía camuflada en aires de grandeza! Así tal cual era cuando contabais cómo os las arreglasteis “para acreditarme de rico que lo disimulaba, en enviar a mi casa amigos a buscarme cuando no estaba en ella”. Casi igual, mi admirado don Pablos, en estos nuevos asuntos de ostentación cuando afirmabais que “en fin, como el dinero ha dado en mandarlo todo, no hay quien le pierda el respeto”. Igual entonces que en este engaño de amigos cortesanos, políticos de tres al cuarto, escoltas de jornada parcial y bobos boquiabiertos. ¿Y para qué tanta chifladura si, como bien sabéis, mayor es el pecado de quien se deja engañar que el atrevimiento de quien hace gala de cuatro trucos necios?


No hay sorpresas, por tanto. Por aquí, en esta pequeña parte del reino, hemos visto trastocar alcaldes en consejeros de la luz, maestros en banqueros y mercaderes en profetas. Alguno, días antes de sentir el peso de la justicia, realizó en esta ciudad y con gran contrición asesoramientos en asuntos de santidad. Todos ellos, querido buscón, nos han vendido humo en arameo, como nuevas generaciones de harapientos dispuestos a vestirse con lo lo suyo, con lo tuyo, con lo mío y con lo vuestro. Y decidme ahora, mi señor don Pablos (señor, por merecimiento propio): ¿por qué ha de ser mayor vuestra ignominia que la de estos gerifaltes de la vaguedad? Ahí está la llave que resuelva el entuerto. Vuestra merced tuvo a Quevedo. Pero de estos no habrá escribano, pregonero o poetastro que quiera refrendar sus malandanzas. Y estaría bueno que tuvieran que venir a hacerlo…

David Ferrer

martes, 17 de junio de 2014

Todo lo que hay

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 17 de junio de 2014 dentro de la columna Club Diógenes)

Si tomáramos nota de manera esquemática de cada una de nuestras acciones cotidianas, el balance, una vez leído, se situaría entre lo descorazonador y lo irrelevante. Anotaríamos las pequeñas compras, los saludos habituales u ocasionales, la alternancia necesaria entre la rutina, el aburrimiento y la euforia. En fin, y como ya se sabe, la vida es el conjunto de todo aquello que reivindicamos dentro de la armonía, la búsqueda y la necesidad vital, por lo que, aunque denostado, el hastío resulta siempre más que beneficioso. Nos aburrimos para vivir mejor, para remedar esa situación y sacarle el jugo a esa novela no escrita ni conclusa que es la vida.

Existe, por ello, la tentación de falsear las apariencias: hay vidas irrelevantes, como las hay fastuosas, del mismo modo que existe gente que te muestra la parte por el todo, mostrando tan sólo lo bueno, para ocultar lo gris e innecesario. Todos tenemos conocidos que a través de las redes sociales se empeñan en narrarle a uno esa vida de ensueño, de plenitud, como entresacada de una novela decimonónica de malas aventuras. Relatos en los que el yo se antepone a ese devenir de circunstancias increíbles y anodinas que es el contacto con el mundo y con los días. Hace poco leíamos un artículo local por aquí a propósito de la abdicación real, asunto sin duda de relevancia histórica y que, como tal, ha venido trufado en todos los medios de comentarios para todos los gustos. Suele ser un rey la figura más saludada, vitoreada, denostada, fotografiada y comentada de un país, ya sea éste Noruega o una minúscula monarquía africana. Cada cual contará su relación con el poseedor de la corona a su manera, bien desde la distancia, bien con afecto o jugosa ironía, como sabiamente hacía Galdós en los Episodios o en esa divertida novelita llamada La de Bringas. Lo inaudito consiste, sin embargo, y como leíamos en tal articulo de tal y tal, en poner el yo delante del personaje regio como esos turistas despistados que a media tarde se te cruzan en una foto. De seguir ese estilo, todos tendríamos nuestra crónica monárquica a punto de servirla al lector, aunque fuera comentando con magnificencia cómo tal día paseaba uno por la Castellana y pasó el coche real a escasos metros. Y punto.


“We, happy few, band of brothers” decía Henry V en la homónima obra de Shakespeare. “Los únicos y felices” que pueden contar con precisión un hecho histórico son, en definitiva, muy pocos. Y la vida del resto es básicamente rutina, trabajo y unos cuantos momentos de alegría, pasión o deslumbrante belleza. Es todo lo que hay hasta la fecha, y lo que habrá este verano para el que me permito una modesta recomendación: lean la última novela de James Salter, de la cual he tomado el título de este artículo, editada por Salamandra. Es una novela argumentalmente aburrida, de forma intencionada, pero que, por ello, desprende esa sucesión maravillosa de hechos importantes y a la vez efímeros que componen para siempre cada una de nuestras vidas. Les deseo un verano feliz y aburrido, a partes iguales.

David Ferrer

martes, 20 de mayo de 2014

El aburrimiento proclamado

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 20 de mayo de 2014 dentro de la columna Club Diógenes)



Me introduje en Twitter como quien, entre avergonzado y curioso, se asoma al salón de una casa por una ventana entreabierta. Eché un vistazo rápido, observé las costumbres de los inquilinos y, como comprobé al instante que no había nada interesante que admirar o que robar, me fui sin mediar palabra. En el escaso tiempo que permanecí en la mencionada red me dio tiempo a leer unos pocos comentarios que divulgaban algunos de mis conocidos (los reproduzco aquí con cierto pudor, por si se dan por aludidos): “Jo, vaya frío que hace hoy”, decía una señorita. “Si el aburrimiento es una enfermedad yo estoy muy grave”, proclamaba otro. Esperé un tiempo a lo largo del día por si aparecía algo de mayor calado o que, al menos, me obligara a esbozar una mínima sonrisa. Se ve, sin embargo, que mi deformación literaria me hace siempre esperar grandes cosas de los lugares nimios, que estamos siempre al acecho de esa gran sentencia o de ese giro de agudeza, que dijera Gracián. Pero Twitter es otra cosa y, pese a lo prometido, todo va muy lento y un atisbo de genialidad se hace demorar demasiado. No obstante, a la tercera fue la vencida y apareció un nuevo tuit en el que un treintañero lanzaba sin rubor al mundo una pregunta existencial acompañada de una foto: “¿me compro los vaqueros negros o los grises?”. Y así todo. Me bajo. Desconexión y cierre de la cuenta.

No me considero un agorero ni un apocalíptico de las redes sociales. He transitado y usado con provecho muchas de ellas, desde aquellos tiempos en los que la conexión a  internet te dejaba sin teléfono. Por ello, no creo que este mundo sea más peligroso por la existencia de estas redes. No creo, como sugería nuestro aburrido ministro del Interior, que se necesite una regulación especial. Es cosa de sentido común y cierta distancia. Sencillamente, en el ciberespacio (palabra grandilocuente que gusta mucho a los académicos) todo se presenta de manera más inmediata y extendida. De este modo, quien en su vida sea un lerdo, lo será multiplicado por el número de seguidores a los que lleguen sus mensajes. El ingenioso dará buena muestra de sus capacidades, como lo hará el curioso, el inquisitivo o el reflexivo. Pero quien se aburre y lo proclama por unas y otras redes muestra una nula capacidad de asombro o la incapacidad de reconocer que la mitad de nuestra vida tiene que ser por fuerza anodina y falta de sustancia. 


El otro día explicaba en clase el éxito y los chascarrillos de café que produjo hace ya casi cien años una de las greguerías de tema femenino del grandísimo Ramón Gómez de la Serna. Difundió en una de sus recopilaciones esta brevísima sentencia con elipsis incluida: “Senos: el misterio móvil”. Algunos alumnos captaron la agudeza al instante, otros miraron desconcertados. La poética, la imaginación, la sugerencia y la chulería quedaron condensadas de manera magistral en esas cuatro palabras que hoy en día, lanzadas en Twitter, serían tachadas por unos de machistas, groseras e intolerables como, por otros, de geniales, sutiles y perversas. Y así con todo: el problema no es el medio sino las aspiraciones. Y es que el mundo se divide hoy entre los que se aburren en silencio y los que lo proclaman a voces. Los primeros son reflexivos, se complacen en ello y tienden a  ponerle remedio al hastío. Los segundos se siguen aburriendo, lo gritan, se exasperan, y , como no hallan resultados, se aburren más, escriben 140 caracteres y se lo comunican a sus cuatrocientos seguidores. 

David Ferrer



domingo, 27 de abril de 2014

Y llorar, y llorar



Nos llegan noticias procedentes de la pequeña ciudad acerca de un congresillo (al estilo de la academia del Parnaso que parodiara Cervantes) en el que se han reunido una serie de trabajadores que, además, escriben. Alguno, según refieren las crónicas, lo ha dicho de tal manera, que, sin pulir, toma un cariz ciertamente salvaje: "bastante tenemos con nuestros trabajos como para poder centrarnos en la escritura". Atención al dato, como dicen los comentaristas deportivos. Respecto a la escritura, no hay nada malo en hacerlo: escribir es algo que recomendamos fervientemente a los alumnos, ya sea como manera de mejorar la comunicación, como preparación para el futuro y organización de la mente, como contrapunto necesario para la lectura o, simplemente, como entretenimiento placentero. Así que escribir puede hacerlo cualquiera, y resulta, por ello, tan sano como hacer sudokus. 

Ahora bien, exponerse en un congresillo provinciano para llorar y llorar (como en el viejo corrido) se convierte en queja de amante o vecina despechada. Y nos pone en la parte contraria, la que te enfrenta a la supuesta víctima y sustituye la piedad por la necesaria sospecha. De manera que nos han llegado de ese congresillo tales quejas lastimeras como de pordiosero de iglesia: que si no me leen, que si no me compran, que si no me exponen en los escaparates, y todo eso, por no referir lo que se oculta, lo cual indicamos aquí en traducción simultánea: que si me he gastado 1000 euros en autopublicarme y no los recupero; que si quiero forrarme en un instante con una novela escrita en ratos sueltos; que quiero ser artista y lo que conlleva (hacer pregones, cortar la cinta de una carrera ciclista y que me inviten en el bar por mi autoría).

Esta democratización digital de la literatura es, desde luego, flor de un día: lo que tarden los cónyuges de los mencionados autores en reprenderlos por gastarse el peculio en autoeditarse sin manifiestos réditos. Pero lo es, igualmente, porque el canon demuestra que la consideración de literatura es tan lenta como un largo camino poblado de espinos y escasas rosas. Por ello, conviene aquí no hablar de los malos (como también recomendaba Cervantes) y centrarse mejor en quienes puedan ser buenos. Cuánto me alegro, en ese sentido, del éxito tardío de Rafael Chirbes, recién galardonado con el Premio de la Crítica. Jamás, y cuando iba publicando novelas y ensayos en editoriales de prestigio, eso sí, sin grandes ventas, sin grandes altavoces ni voceros, jamás, como digo, le hemos oído exigir una tribuna, un premio, una simple pleitesía. La consideración le ha llegado cuando ha llegado. Y es que la literatura es un ejercicio de lectores por lo que el éxito, la fama, las colas kilométricas en las firmas del libro, la re-ediciones son aspectos ajenos a la misma. Efectos colaterales que se dice en el ejército. Llegan o no llegan después de decantarse en un larguísimo proceso en el que intervienen editores, críticos, compradores y, sobre todo los lectores. El canon no lo decidirá jamás un ayuntamiento de provincias, cuyos responsables no son flor de un día sino de cuatro años. 

martes, 22 de abril de 2014

El día del libro y usted


(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 22 de abril de 2014)


Cuando lea usted estas líneas, estaremos a punto de iniciar una nueva conmemoración del Día del Libro: puede que se hable de Cervantes, de Shakespeare, de García Márquez o que aparezcan en la televisión algunos rostros más o menos conocidos firmando alguno de sus libros.  Cabe la posibilidad de que usted no se acuerde de todo ello. Y es posible que usted no lea este artículo, pues habitualmente se salta cualquier referencia que lleve la marca cultura, quizá porque nadie se ha preocupado de explicarle que debería ser uno de los pilares de esa llamada marca España. Puede que ni siquiera llegue a la ubicación exacta de este artículo porque sólo se publica en papel y a usted alguien le ha convencido de que todo lo que no venga en una pantalla es tan antiguo y tan atávico como pedirse a media tarde un cóctel old fashioned.

Pero cabe la posibilidad de que usted sea ese buen ciudadano que todavía cree en los libros y que, por ello, me agradezca en estas vísperas la publicación de este mal artículo. Puede que usted sea esa persona que confía en su librero, que siempre deja algo de su presupuesto mensual para comprar algunas novedades y que, además, las recomienda y se las presta (con advertencia de su devolución) a sus cercanas amistades.  Observa usted todas las editoriales atractivas, todos esos títulos curiosos y sufre porque no hay tiempo ni dinero para tanto. Es usted, en fin, un integrante de ese 15% de buenos españoles que todavía consume productos culturales. Enhorabuena. Ha resistido usted muchos embates: ha superado la sobrecarga de la mercadotecnia y se ha opuesto a las acechanzas de su vecino que, con 50 megas de conexión ultraveloz, se pitorrea de usted cuando llega a casa con su bolsita de libros. Pero usted es un buen ciudadano y sabe que los libros le acompañan y que, con su aportación, colabora con un sector muy malherido.

Puede que usted sea esa persona que comprende lo que digo, pero que se pierde en una librería. Le entiendo: yo también me pierdo en algunos supermercados. Pero mañana es un día perfecto y espero que no le parezca inconsecuente el símil: sé que usted se fía de su carnicero y de su frutero. Haga lo propio con los libros. Busque igualmente su librero de referencia. Lo sé, quedan pocos. Algunos no lo son y otros están en pleno estado de desánimo. Queda todavía el buen librero que cree en el libro como producto estrella de su negocio: el que entiende, el que no impone y que sabe intuir las debilidades de un cliente. Pase mañana por una de estas librerías. Observe la variedad. Elija aquellas editoriales (muchas) que apuestan por el libro de calidad. Desconfíe de los presentadores metidos a novelistas de éxito, de las sagas eróticas de moda y de esas editoriales de falsos escritores que pagan por publicarse. No lo olvide: siempre ha habido un filtro, un canon. Es una barrera inevitable porque nadie dijo que leer fuera fácil.

Usted no celebrará el Día del Libro. Da igual, porque no habrá leído este texto. Para el otro usted será un día espléndido. Disfrute de sus compras. Y al tercer usted, al tapado, al que no sabe hacia qué lado dirigirse, yo le pido que no caiga en ese 85% de españoles que piratean (roban) contenidos culturales. No abuse de un sector que es a la vez una fuente de riqueza espiritual y una red de puestos de trabajo. Feliz día a lectores, libreros, impresores, distribuidores y editores. Porque además de persistir en eso son valientes.

David Ferrer



martes, 25 de marzo de 2014

Andrés Trapiello


(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 25 de marzo de 2014)


Paseaba AT por una de las calles de Ávila. Cuando esto ocurre, es decir, cuando se  camina al lado de uno de su estirpe (digámoslo así), las cosas ya no son las mismas ni las piernas son más relevantes que los ojos. De este modo, el paseo por las calles de siempre, con el amigo habitual, con el conocido o con la familia no se asemeja ni de lejos al que se realiza con el escritor del apunte irónico y la memoria trabajada. Se camina con él como se haría al lado de Azorín o de Baroja, para quienes la realidad circundante es casi piedra que deba desbrozarse para allanar la letra. Así pues, sabiendo cómo es nuestro AT, éramos conscientes de que cualquier detalle podría quedar anotado en uno de sus diarios (y publicarse años después con su habitual demora). Apareció, en efecto, tal visita en el diario correspondiente, con un leve y divertido apunte en el que ironizaba acerca de algún personaje local. De lo demás, del paseo, de los monumentos o las excelencias mayores no quedó apunte ni constancia. Recuerdo, sin embargo, que en un momento dado del recorrido AT se detuvo en un viejo escaparate. Supongo que lo vetusto y destartalado del local atrajo su curiosa atención, así como tres paraguas dispuestos en el expositor como si estuvieran allí preparados para un viejo y extrañísimo ritual, la lluvia venidera.

Azorín (otro ilustre paseante, un escritor de escasa trascendencia actual y, posiblemente, el que goza de menos lectores entusiastas del mundo), ya decía que vivir es “ver volver”. Algunos libros importan tanto por el contenido como por ser capaces de dirigir miradas. Algunos libros son estaciones de paso en las que te gustaría permanecer algo más de tiempo.  Algunos libros, como los de Andrés Trapiello son, igualmente, un extraño paseo para el que el autor nos toma de la mano y nos pide que unamos a la suya nuestra mirada, a veces inquisitiva, demoledora en otras, hacia todos esos aspectos que la vida ha dejado de lado: aquí los restos de un chamarilero, allá los desmanes de un alcalde, las pintorescas salidas de tono de un compañero de literatura o el encuentro inesperado con unas flores de la primavera. Algunos escritores, podemos seguir diciendo, tienen clientes. Los hay que tienen fans y hasta guardianes de un estilo o una retórica. Quienes aplauden cualquiera de sus apariciones, conscientes o no de formar parte de una moda. Pero hay escritores que tienen libros con lectores en el sentido privado de este término: los que se encierran en su soledad con los diarios y acompañan al autor en sus paseos con la misma mirada indignada o la sonrisa sardónica de quien todavía se asombra por pequeñísimas cosas.


AT es un escritor de lectores. Silenciosos pero fervorosos. De los que no hacen ruido ni colas para una firma pero que dedican a su autor preferido el mismo tiempo, la misma educación y el debido respeto como el que este ofrece a quienes lo siguen de modo tan transparente. Hace ya unos cuantos años (mucho antes de que el propio autor se decidiera a asomarse al mundo por la otra ventana, la cibernética) decidí crear un grupo en una conocida red social con ese mismo título: Lectores de Andrés Trapiello. Y fuimos diez, y más tarde cincuenta y ahora ya, algunos años después, unos cientos. ¿Serán muchos o serán pocos? No quiero entrar en probabilidades aritméticas pero sé, sin embargo, que por allí entra un lector, y luego otro, y otro... Cada uno con sus vidas, mas sabedores todos, y por suerte, de estar en la mejor compañía durante un enriquecedor paseo.

lunes, 24 de febrero de 2014

La ciudad...y los buitres



(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 24 de febrero de 2014)

Al margen de una dispersa serie de artefactos escultóricos (algunos menos feos que otros), no tienen las calles de esta ciudad una buena muestra de ingenio independiente. La mayor parte de las pintadas no son más que sucedáneos ínfimos de gamberrismo nocturno, aunque en este aspecto no se apartan mucho del destructivismo oficial que han perpetrado en algunas zonas y al alimón los políticos, los constructores y los arquitectos. ¿Por qué será que esta combinación es siempre tóxica ya sea en la vida real como en las series? Quizá todo se basa en la constatación de la derrota creativa que cae a partes iguales en las filas de lo oficial y en las de la pasividad ciudadana.  Tal vez, por ello,  Ávila es uno de esos lugares destacados en ese archivo de la destrucción, una impagable memoria online de la burbuja y la inutilidad titulada Nación Rotonda. Esta web, ideada de manera admirable, entre otros, por Guillermo y Rafael Trapiello, nos lleva aleatoriamente de la indignación pacífica a la carcajada salvaje ante tal colección de desatinos urbanísticos: por aquí polígonos vacíos, por allá aeropuertos sin tránsito, autopistas bloqueadas, bifurcaciones infinitas, urbanizaciones imposibles y hasta rotondas sin acceso en medio de un campo... No se pierdan la web: www.nacionrotonda.com De la desolación abulense queda siempre algo positivo: debemos felicitar a nuestras autoridades por esas amplísimas avenidas, rotondas, urbanizaciones desérticas y calles sin salida que hacen de esta ciudad un paraíso para los moteros y para los valerosos aficionados al running. A falta de habitantes, unos cuantos kilómetros despejados y silenciosos. A falta de industria, una longitud sin límites para reforzar los gemelos.  A veces pasa por allí un vecino con un perro, o ruge una Harley, o se oye el cadencioso trotar de un corredor. Nada más que para eso están hechos esos barrios periféricos. Veamos, en este sentido, la crisis económica e inmobiliaria como algo positivo: aquí quedarán para siempre unas estupendas pistas de entrenamiento gracias a las cuales la salud física de los abulenses se verá muy fortalecida.  Frente a la escasa conciencia critica, estos espacios solitarios albergan en ocasiones pequeñas gemas esperpénticas como la pintada que figura en uno de los puentes del río Chico: “Volaban los buitres el día que me enteré que Ávila se estaba muriendo” (sic). Desconozco de quién fue la idea pero me congratulo al ver que se lo ha tomado muy en serio. A veces los servicios municipales hacen un denodado esfuerzo por borrar tal testimonio, lo mismo que su creador, quien a los pocos días vuelve obstinado a dejar el truculento mensaje. Porque al margen de la legalidad y la higiene cívica de una pintada, lo que está claro es que esa metafórica y demoledora frase acerca de la muerte de la ciudad constata algo que tal vez todos pensamos. Y lo saben (y lo callan) los ciudadanos. Y lo saben (y lo desmienten) los políticos. Como siempre, unos escriben lo que los otros borran. Y así, como quien no quiere la cosa, se van pasando los días hasta las nuevas elecciones. Pero que no cunda el pánico: se acerca la primavera y tenemos unas inmensas avenidas perfectas para el paseo o para el running.




martes, 28 de enero de 2014

Inútiles certezas






(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 28 de enero de 2014)

Hace ya muchos años, cuando el concepto de almacenamiento en nube era inimaginable, y las conexiones domésticas para internet dependían de un módem interno en el ordenador, compré, como si de algo maravilloso y revolucionario se tratara, una preciosa disquetera a juego con mi Mac con la que podría almacenar en cada diskette/disquete (¿se escribirá así, dado que este neologismo está en desuso?) hasta 128 megas de información. No existían tampoco las memorias usb y las grabadoras de CDs eran algo todavía costoso. Recuerdo la satisfacción de almacenar en cada disco decenas de documentos, unas cuantas fotos, un par de canciones, con la inocente ilusión de que todo aquello (en esa temprana era tecnológica) nos sobreviviría y salvaría de un apuro. Muchos años después, me he resistido a retirar ese caduco y bello artilugio, como el que conserva una inservible moneda por mera afición a la arqueología.

La repetida y amenazante obsolescencia de la tecnología nos ha hecho descartar aparatos año tras año, perder documentos en formatos ya inexistentes, tener que adaptarnos a nuevos programas porque las empresas que diseñaban tales aplicaciones han quebrado... En definitiva, todo es tan efímero y pasajero como una nube. Pero no debe pensarse que soy un agorero ni uno de esos opositores recalcitrantes y frecuentes hacia todo aquello que dependa de un cable. La tecnología me ha acompañado siempre en mi vida, y sin la cual me hubiera sido imposible llevar a cabo cada uno de mis proyectos. 

Y es este carácter pasajero el que hace que algunos sigamos valorando lo tangible. Un interesantísimo ensayo publicado recientemente por Acantilado, La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, nos advierte de esta tentación de subestimar la tradición, relegándola bajo el aplastamiento imparable de lo inmediato o lo utilitario. He leído este precioso opúsculo en la  cuidada edición rústica de esta editorial. Creo que en España se publica bastante bien y así se puede comprobar en la gran cantidad de editores independientes que nos ofrecen constantemente publicaciones primorosas, aunque lamentablemente de muy cortas tiradas. Un libro bien traducido y bien impreso, como el que he mencionado, tiene su precio pero también su valor sentimental: el del momento exacto en que se compró y, sobre todo, cuando se leyó.  Lo contrario es anecdótico: hace poco Fulano me comentaba que se había descargado de un golpe 2500 libros en su nuevo lector electrónico. Sería deseable que la policía tomara cartas en el asunto, aunque yo mejor le deseo un doloroso empacho. No creo que le aproveche tal sobredosis libresca pues más bien parece la típica fanfarronada de tecnólogo de nuevo cuño. Por mi parte, escribo estas líneas en un ultimísimo dispositivo de Apple, colgaré una copia en mi web a la vez que se publica en la edición impresa de este periódico y abriré, cuando acabe, un libro que tenga olor a libro. Así es la paradoja, servirse de lo digital sin olvidar lo impreso. Estos gustos no me hacen ni mejor ni peor. Sencillamente me gustan los libros impresos, las fichas rayadas de cartulina, el ruido del vinilo, las estilográficas, los folios verjurados con marca de agua, los sacapuntas, las gomas y los lapiceros, y tantas otras inutilidades que, de algún modo, permanecen con nosotros a lo largo de la vida sin que uno tenga miedo de que, tras la próxima feria tecnológica o al cierre del Nasdaq, se hayan quedado repentinamente obsoletos.

martes, 14 de enero de 2014

Para vestir santos



De aquella novela crítica y filosófica de Azorín titulada La voluntad recuerda uno siempre el final: la tragedia silenciosa de ese impetuoso y domesticado Antonio Azorín que culmina su madurez arreglando en su pueblo los estandartes de la procesión. De ese otro impetuoso llamado C.A. que llegó a nuestro pueblo hace unos años se recordará, no obstante, la cantidad de tejemanejes, puntadas con o sin hilo y toda una colección de labores características de un subalterno que aspira a clavarle el estoque al primero que se tercie.

Me lo advirtió bien, hace ya mucho, un fino poeta madrileño: "menudo regalito que os lleváis para Ávila". Lo dijo sonriendo, como quien se desprende de un pesado fardo. Venía el periodista, por tanto, con fama de estoqueador altanero. Y aquí bregó con la política, con la Iglesia y con los medios. Y una vez que recogió los triunfos se llevó sus glorias hacia otra parte, dejando al poeta local cabizbajo y sin resuello.

Nos enteramos ahora de su elección para componer un himno religioso. Bendito galardón. Seguro que, como es propio de él, anda por unos sitios y por otros henchido de gloria y perfumado en incienso. Pero al leer la noticia me he acordado de aquel pobre Antonio Azorín: tanto recorrido para esto...

sábado, 11 de enero de 2014

El bosque es tendencia



Puede ser una tendencia literaria (existe este concepto y es una de las características del quehacer editorial) o tal vez una simple casualidad: recientemente he leído tres novelas que comparten una huida interesada de la ciudad como espacio narrativo. Si bien en cada una de ellas las motivaciones son distintas. me resisto a creer en la casualidad en tiempos globalizados, donde las indicaciones, recomendaciones o ruegos de los editores pesan en exceso a la hora de colocar un producto. No me gustó mucho, pese a su éxito, Intemperie, la ópera prima de Jesús Carrasco, que me pareció un remedo a la española de Cormac Mc Carthy. Hace poco, y por el blog a blog, cayó en mis manos una novela de Lara Moreno, Por si se va la luz, que venía avalada por una editorial de prestigio, Lumen. No superó mis expectativas: difícilmente resulta creíble esa ruralización espontánea de unos pijos de ciudad.

Caso distinto es el de la novedad que nos presenta Sextopiso, una editorial que está últimamente acertando (y de qué manera) en el campo de las traducciones. Poco o casi nada sabíamos de esta escritora japonesa-norteamericana llamada Katie Kitamura. Pero si va a seguir en la línea de lo presentado con En el bosque, no cabe duda de que estamos ante una de las grandes apuestas literarias de los próximos años. Acierta Kitamura al presentarnos un espacio ambiguo (los estertores de un colonialismo en vísperas de una revolución) pero con unos personajes y sentimientos universales: el conflicto generacional entre el padre y el hijo, la competencia casi salvaje frente a la hembra, que inevitablemente lleva hacia el sexo violento. De una novela colonial, edulcorada y amable, Kitamura va pasando a la crónica de una ruina donde las ataduras y las normas del pasado ya no sirven ni para la agricultura ni para el sexo: "el viejo dejaba las cosas en barbecho con demasiada frecuencia; entre ellas, su propio hijo. Hasta que el tiempo llegó para cosechar a voluntad" (página 115).

En el bosque no es sencillamente una recomendación literaria. Es una lectura obligada para los amantes de la buena literatura. Y si Intemperie le pareció buena o, como en mi caso, una novela mediocre y olvidable, la novela de Katie Kitamura ofrece, por el contrario, un oportuno y necesario refugio. 


No piratees este libro. Sextopiso es una estimable editorial independiente. Búscalo en tu librería.

viernes, 3 de enero de 2014

La estética



Aunque son dos palabras fonéticamente parecidas (ambas esdrújulas y de altos vuelos), nunca hemos creído que la estética lleve a la ética (o viceversa) aunque una dosis alta de cada una adereza mejor la vida, como los guisos. Así que la estética puede guiarte a la larga hacia la ética, de lo cual no hay duda. Yo no sé si estos tipos tienen ese gesto por haber llevado una vida dura: seguramente han llevado la vida que eligieron. Lo que tengo muy claro es que si a estos personajes los ilustras con un concierto para piano de Rachmaninov, un breve poema de Juan Ramón o un cuadro de Cezanne, seguirán impertérritos y con el labio fruncido. Lo cual, de alguna manera, confirma lo que dijimos: donde no hay ética, poco puede hacer la estética. Donde no hubo estética, los dedos seguirán oliendo a pólvora.

jueves, 2 de enero de 2014

Burbujas de papel



(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 3 de diciembre de 2013)

Las pompas de jabón sobre las que ironizaba Antonio Machado o aquellas burbujas  más dolorosas pero igual de transparentes y sutiles que poblaban las meditaciones y bodegones de nuestros pensadores barrocos son la metáfora perfecta, como decían estos clásicos, de la Vanitas, del orgullo. Así, no resulta extraño que desde lo puramente literario y reflexivo haya pasado esta simbología a la conversación cotidiana e intrascendente: la charla de café, la tertulia televisiva o el somero artículo periodístico. Por delante de nuestros ojos han desfilado las burbujas inmobiliarias, automovilísticas, energéticas, la burbuja del gimnasio, la de la caridad interesada, la burbuja política (verdaderas y pringosas pompas) y otras menos agradables.

Se ha celebrado el pasado viernes el Día de las Librerías, una festividad verdaderamente necesaria para estos momentos de descrédito del análisis profundo y de la necesidad de lentitud en la lectura: las mejores librerías españolas ofrecieron descuentos, celebraron actos festivos o reivindicativos y abrieron sus puertas hasta bien entrada la noche. Por el contrario, pasó desapercibido el evento en nuestra ciudad (donde todos sabemos que las cosas novedosas llegan algo despacio y la iniciativa particular es dolorosa y escasa). Y resulta curiosa esta ausencia en una ciudad que puede presumir de albergar el mayor número de actos literarios por semana: días en los que los pobres asistentes a los mismos deben elegir, como si de un quinario o novena se tratara, entre quedarse en casa con un buen libro o lanzarse a un empacho de palabras.  Duda uno de la trascendencia de estas presentaciones, pues está claro que la literatura (la alta literatura, especialmente) es más un ejercicio solitario e íntimo entre el lector y unas páginas o, como mucho, entre un amable y experimentado librero que selecciona, orienta y aconseja.

Es por ello por lo que nos encontramos ante una burbuja editorial que alcanza en ocasiones proporciones de farsa y picaresca. Como las pompas que finalmente explotan, este material ha de engrandecerse de manera desproporcionada: los premios amañados, las presentaciones sin público o las pícaras y desvergonzadas editoriales de pago. Son, por supuesto, hablando de este último caso, ediciones intrascendentes, de nula calidad en su factura y escasísimo interés en cuanto al contenido pero que, como los etéreos y acuosos elementos, obnubilan al despistado lector y engañan con cantos de sirena a vanidosos escribientes y confiados redactores. El resultado es ya conocido: se publica mucho, se lee muy poco y se vende nada. Pero frente a este engaño, quede aquí nuestro homenaje a ese grupo de libreros entusiastas que el viernes celebraron su día sin perder el optimismo y, por supuesto, a ese grupo de editores independientes que aman la buena literatura. De ellos habría que hablar mucho (prometo hacerlo). Y también, en un caso opuesto, de la burbuja de Amazon y su tiranía. Burbuja de papel o pesadilla.

miércoles, 1 de enero de 2014

El año en Kilómetros



(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 31 de diciembre de 2013)

Las listas, los presagios, las clasificaciones, los deseos y los pronósticos son palabras manidas en este último día del año. Recapitulamos lo vivido, recordamos a las celebridades que nos han abandonado, analizamos los mejores libros, los eventos o las anécdotas y se retoman, a su vez, esas viejas aspiraciones con las que empezar el nuevo año y que parecen hacernos nuevos y más limpios. La mayor parte de estos comentarios que inundarán hoy las redes sociales y los periódicos no son más que un sentimentalismo pobretón para quienes, en el fondo, saben que a partir de mañana, 1 de enero, harán lo mismo que la semana pasada. Somos así de previsibles y también así de ingenuos.

A mí me gustaría recordar este año en kilómetros. Los de aquellos valientes que con los primeros fríos de la mañana recorren la ciudad con el único objetivo de sentirse bien y realizar una marca mejor que la semana anterior. Los que desbordarán hoy las previsiones de la San Silvestre vallecana u otras carreras populares. Los kilómetros (pocos o muchos) de quienes en las frías noches abulenses se enfundan una malla fluorescente y corren alrededor de la muralla. Los solitarios, con la mirada perdida, o los que necesitan la compañía de unos amigos para escuchar el percutir rítmico y común de las zapatillas en el asfalto. Quienes no se sienten bien y, sin embargo, tirarán kilómetros y a su regreso se encontrarán mucho mejor. Los que corren por prescripción médica, por esos kilos de más, o los que quieren mantener su perfecto cuerpo atlético. Los corredores que necesitan la grata y estimulante compañía de la música y aquellos, solitarios y casi místicos, para quienes cada kilómetro es ahondar en su silencio. Corredores de la mañana, de la tarde, de la noche. Los invisibles, los tímidos o los retraídos o los que proclaman en facebook su mejor marca. Los maratonianos de toda la vida o los novatos que se apuntan a esta moda. Quienes tienen hecha su ruta fija y la novedad implica en recorrer esos kilómetros de manera más rápida. Los aventureros que corren cada día por nuevas zonas y ven su ciudad de otra manera. Los que acabarán el año corriendo y los que mañana, cuando otros, derrotados y exhaustos, vuelvan de la fiesta, comiencen 2014 con las zapatillas puestas.

Todos estos corredores, como aquellos que gozan de otros tantos deportes no profesionales o minoritarios, son los verdaderos héroes de 2013. Murakami (ese escritor al que amamos u odiamos en función de cada una de sus novelas) explicaba esa necesidad de correr: “Me digan lo que me digan, está en mi naturaleza. Como en la del escorpión picar o en la de las cigarras agarrarse a los árboles”. Por eso, y a pesar de que no es lo más importante del año y, aún sabiendo que son metas personales y de escasa relevancia pública, más de uno pensará esta noche al traspasar el año en todos los kilómetros recorridos o en los que quedan por recorrer. Feliz 2014.