martes, 25 de marzo de 2014

Andrés Trapiello


(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 25 de marzo de 2014)


Paseaba AT por una de las calles de Ávila. Cuando esto ocurre, es decir, cuando se  camina al lado de uno de su estirpe (digámoslo así), las cosas ya no son las mismas ni las piernas son más relevantes que los ojos. De este modo, el paseo por las calles de siempre, con el amigo habitual, con el conocido o con la familia no se asemeja ni de lejos al que se realiza con el escritor del apunte irónico y la memoria trabajada. Se camina con él como se haría al lado de Azorín o de Baroja, para quienes la realidad circundante es casi piedra que deba desbrozarse para allanar la letra. Así pues, sabiendo cómo es nuestro AT, éramos conscientes de que cualquier detalle podría quedar anotado en uno de sus diarios (y publicarse años después con su habitual demora). Apareció, en efecto, tal visita en el diario correspondiente, con un leve y divertido apunte en el que ironizaba acerca de algún personaje local. De lo demás, del paseo, de los monumentos o las excelencias mayores no quedó apunte ni constancia. Recuerdo, sin embargo, que en un momento dado del recorrido AT se detuvo en un viejo escaparate. Supongo que lo vetusto y destartalado del local atrajo su curiosa atención, así como tres paraguas dispuestos en el expositor como si estuvieran allí preparados para un viejo y extrañísimo ritual, la lluvia venidera.

Azorín (otro ilustre paseante, un escritor de escasa trascendencia actual y, posiblemente, el que goza de menos lectores entusiastas del mundo), ya decía que vivir es “ver volver”. Algunos libros importan tanto por el contenido como por ser capaces de dirigir miradas. Algunos libros son estaciones de paso en las que te gustaría permanecer algo más de tiempo.  Algunos libros, como los de Andrés Trapiello son, igualmente, un extraño paseo para el que el autor nos toma de la mano y nos pide que unamos a la suya nuestra mirada, a veces inquisitiva, demoledora en otras, hacia todos esos aspectos que la vida ha dejado de lado: aquí los restos de un chamarilero, allá los desmanes de un alcalde, las pintorescas salidas de tono de un compañero de literatura o el encuentro inesperado con unas flores de la primavera. Algunos escritores, podemos seguir diciendo, tienen clientes. Los hay que tienen fans y hasta guardianes de un estilo o una retórica. Quienes aplauden cualquiera de sus apariciones, conscientes o no de formar parte de una moda. Pero hay escritores que tienen libros con lectores en el sentido privado de este término: los que se encierran en su soledad con los diarios y acompañan al autor en sus paseos con la misma mirada indignada o la sonrisa sardónica de quien todavía se asombra por pequeñísimas cosas.


AT es un escritor de lectores. Silenciosos pero fervorosos. De los que no hacen ruido ni colas para una firma pero que dedican a su autor preferido el mismo tiempo, la misma educación y el debido respeto como el que este ofrece a quienes lo siguen de modo tan transparente. Hace ya unos cuantos años (mucho antes de que el propio autor se decidiera a asomarse al mundo por la otra ventana, la cibernética) decidí crear un grupo en una conocida red social con ese mismo título: Lectores de Andrés Trapiello. Y fuimos diez, y más tarde cincuenta y ahora ya, algunos años después, unos cientos. ¿Serán muchos o serán pocos? No quiero entrar en probabilidades aritméticas pero sé, sin embargo, que por allí entra un lector, y luego otro, y otro... Cada uno con sus vidas, mas sabedores todos, y por suerte, de estar en la mejor compañía durante un enriquecedor paseo.