domingo, 27 de abril de 2014

Y llorar, y llorar



Nos llegan noticias procedentes de la pequeña ciudad acerca de un congresillo (al estilo de la academia del Parnaso que parodiara Cervantes) en el que se han reunido una serie de trabajadores que, además, escriben. Alguno, según refieren las crónicas, lo ha dicho de tal manera, que, sin pulir, toma un cariz ciertamente salvaje: "bastante tenemos con nuestros trabajos como para poder centrarnos en la escritura". Atención al dato, como dicen los comentaristas deportivos. Respecto a la escritura, no hay nada malo en hacerlo: escribir es algo que recomendamos fervientemente a los alumnos, ya sea como manera de mejorar la comunicación, como preparación para el futuro y organización de la mente, como contrapunto necesario para la lectura o, simplemente, como entretenimiento placentero. Así que escribir puede hacerlo cualquiera, y resulta, por ello, tan sano como hacer sudokus. 

Ahora bien, exponerse en un congresillo provinciano para llorar y llorar (como en el viejo corrido) se convierte en queja de amante o vecina despechada. Y nos pone en la parte contraria, la que te enfrenta a la supuesta víctima y sustituye la piedad por la necesaria sospecha. De manera que nos han llegado de ese congresillo tales quejas lastimeras como de pordiosero de iglesia: que si no me leen, que si no me compran, que si no me exponen en los escaparates, y todo eso, por no referir lo que se oculta, lo cual indicamos aquí en traducción simultánea: que si me he gastado 1000 euros en autopublicarme y no los recupero; que si quiero forrarme en un instante con una novela escrita en ratos sueltos; que quiero ser artista y lo que conlleva (hacer pregones, cortar la cinta de una carrera ciclista y que me inviten en el bar por mi autoría).

Esta democratización digital de la literatura es, desde luego, flor de un día: lo que tarden los cónyuges de los mencionados autores en reprenderlos por gastarse el peculio en autoeditarse sin manifiestos réditos. Pero lo es, igualmente, porque el canon demuestra que la consideración de literatura es tan lenta como un largo camino poblado de espinos y escasas rosas. Por ello, conviene aquí no hablar de los malos (como también recomendaba Cervantes) y centrarse mejor en quienes puedan ser buenos. Cuánto me alegro, en ese sentido, del éxito tardío de Rafael Chirbes, recién galardonado con el Premio de la Crítica. Jamás, y cuando iba publicando novelas y ensayos en editoriales de prestigio, eso sí, sin grandes ventas, sin grandes altavoces ni voceros, jamás, como digo, le hemos oído exigir una tribuna, un premio, una simple pleitesía. La consideración le ha llegado cuando ha llegado. Y es que la literatura es un ejercicio de lectores por lo que el éxito, la fama, las colas kilométricas en las firmas del libro, la re-ediciones son aspectos ajenos a la misma. Efectos colaterales que se dice en el ejército. Llegan o no llegan después de decantarse en un larguísimo proceso en el que intervienen editores, críticos, compradores y, sobre todo los lectores. El canon no lo decidirá jamás un ayuntamiento de provincias, cuyos responsables no son flor de un día sino de cuatro años. 

martes, 22 de abril de 2014

El día del libro y usted


(Este artículo fue publicado en El Diario de Ávila en la sección Club Diógenes el 22 de abril de 2014)


Cuando lea usted estas líneas, estaremos a punto de iniciar una nueva conmemoración del Día del Libro: puede que se hable de Cervantes, de Shakespeare, de García Márquez o que aparezcan en la televisión algunos rostros más o menos conocidos firmando alguno de sus libros.  Cabe la posibilidad de que usted no se acuerde de todo ello. Y es posible que usted no lea este artículo, pues habitualmente se salta cualquier referencia que lleve la marca cultura, quizá porque nadie se ha preocupado de explicarle que debería ser uno de los pilares de esa llamada marca España. Puede que ni siquiera llegue a la ubicación exacta de este artículo porque sólo se publica en papel y a usted alguien le ha convencido de que todo lo que no venga en una pantalla es tan antiguo y tan atávico como pedirse a media tarde un cóctel old fashioned.

Pero cabe la posibilidad de que usted sea ese buen ciudadano que todavía cree en los libros y que, por ello, me agradezca en estas vísperas la publicación de este mal artículo. Puede que usted sea esa persona que confía en su librero, que siempre deja algo de su presupuesto mensual para comprar algunas novedades y que, además, las recomienda y se las presta (con advertencia de su devolución) a sus cercanas amistades.  Observa usted todas las editoriales atractivas, todos esos títulos curiosos y sufre porque no hay tiempo ni dinero para tanto. Es usted, en fin, un integrante de ese 15% de buenos españoles que todavía consume productos culturales. Enhorabuena. Ha resistido usted muchos embates: ha superado la sobrecarga de la mercadotecnia y se ha opuesto a las acechanzas de su vecino que, con 50 megas de conexión ultraveloz, se pitorrea de usted cuando llega a casa con su bolsita de libros. Pero usted es un buen ciudadano y sabe que los libros le acompañan y que, con su aportación, colabora con un sector muy malherido.

Puede que usted sea esa persona que comprende lo que digo, pero que se pierde en una librería. Le entiendo: yo también me pierdo en algunos supermercados. Pero mañana es un día perfecto y espero que no le parezca inconsecuente el símil: sé que usted se fía de su carnicero y de su frutero. Haga lo propio con los libros. Busque igualmente su librero de referencia. Lo sé, quedan pocos. Algunos no lo son y otros están en pleno estado de desánimo. Queda todavía el buen librero que cree en el libro como producto estrella de su negocio: el que entiende, el que no impone y que sabe intuir las debilidades de un cliente. Pase mañana por una de estas librerías. Observe la variedad. Elija aquellas editoriales (muchas) que apuestan por el libro de calidad. Desconfíe de los presentadores metidos a novelistas de éxito, de las sagas eróticas de moda y de esas editoriales de falsos escritores que pagan por publicarse. No lo olvide: siempre ha habido un filtro, un canon. Es una barrera inevitable porque nadie dijo que leer fuera fácil.

Usted no celebrará el Día del Libro. Da igual, porque no habrá leído este texto. Para el otro usted será un día espléndido. Disfrute de sus compras. Y al tercer usted, al tapado, al que no sabe hacia qué lado dirigirse, yo le pido que no caiga en ese 85% de españoles que piratean (roban) contenidos culturales. No abuse de un sector que es a la vez una fuente de riqueza espiritual y una red de puestos de trabajo. Feliz día a lectores, libreros, impresores, distribuidores y editores. Porque además de persistir en eso son valientes.

David Ferrer