miércoles, 30 de diciembre de 2015

Lo tengo preparado

Todo está ya preparado, voy a hacerlo en breve, lo tengo a punto. Cuando divisé al otro lado de la acera a Jaime (llamémoslo así  por prudencia, aunque dudo mucho que con tanta ocupación se le ocurra al aludido pasearse por este desértico blog) sabía  yo de antemano las patrañas y quiero-y-haré que procedería a contarme. Jaime es un muchacho (digamos así también) de mi edad. Yo terminé mi carrera a su tiempo pero a él se le fue torciendo entre dimes y diretes. Me lo encontraba en esos años post-universitarios y todo era un ya estoy acabando y ya estoy preparando. Hablaba de una doble licenciatura con no sé cuántos idiomas porque estaba previsto - y lo tenía ya en la mano - que iba a ser diplomático. Me lo encontraba tiempo después y se andaba afanando en alguna otra universidad en la cual iba a conseguir esto y lo otro - ya está preparado, decía. Así que cuando el otro día vi su rictus al otro lado de la calle, sus ademanes torpones y esa manera grandilocuente de venderte humo sabía, en efecto, que todo era lo mismo: hablaba ahora de un trabajo inmediato que le obligaría a viajar no sé cuántas veces al extranjero - todo está preparado ya, repitió - y me anunció (creo que ya lo había anticipado antes, unos diez años antes) la inminente aparición de un libro de relatos. Todo está ya preparado. Estoy contento con el resultado. Su vida ha sido una ecuación por demostrarse, una quiniela por confirmarse, un boleto que deba encontrarse. Y si lo pienso con cierto detenimiento no es un personaje aislado sino que abunda en su estilo por estos pueblos. Yo no tengo nada preparado, me cuesta un triunfo pergeñar un simple artículo mensual. Pero hay gente, por el contrario, que tiene siempre todo muy preparado. La lechera y el cántaro, las habichuelas junto con el impúdico rey que iba desnudo, todo en un mismo personaje. Así de preparado.


David Ferrer

martes, 29 de diciembre de 2015

Insoslayable

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 29 de diciembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

La celebración del nuevo año (con su correspondiente despedida del año viejo) es, a todas luces, una festividad insoslayable, adjetivo que se define como aquello de lo que resulta imposible escapar ya te marches al hemisferio opuesto, o a las más remota de las latitudes. Si uno viviera en Sevilla huiría de su Feria de faralaes y peinetas como alma que lleva el diablo; en Pamplona alquilaría mi casa en sanfermines y no digo ya nada de otras festividades ruidosas o pringadas en salsa de tomate. Cualquiera puede evitar una tamborrada, una suelta de vaquillas, los cohetes subvencionados de ciertos barrios abulenses o hasta esa boda relamida para la que siempre hay una excusa con gesto falso de desdicha. No hay fiesta pública o privada, como decía, en la que uno no pueda ostentar el sano y gozoso privilegio de no acudir a algo porque no apetece o no te da la gana. Para casos extremos, una conveniente llamada de móvil, un congreso imaginario o unas obligaciones profesionales te salvan siempre de cualquier celebración no deseada.

Nada de esto sirve en la nochevieja. La cosa en sí comienza en la tarde cuando se van sucediendo mensajes absurdos en el whatsapp de gente a la que nunca saludas y que sin pudor te desea futuros imposibles. Cosas fáciles, como que tengas mucho éxito (en qué se pregunta siempre uno), que te toque la lotería en el nuevo año (harto difícil para quien nunca juega), que te cases (Dios no lo quiera), que tengas ya un hijo (que los santos tampoco lo permitan), en fin, deseos vitales sencillos de transmitir y desear en la manera rápida que ahora permiten los programas de mensajería gratuita. A la gente le da también por hacer públicos ciertos propósitos (igualmente absurdos) para el nuevo año, la mayoría de los cuales sospecho que van declinando según transcurre la cuesta de Enero. Esa complacencia es inversa pero paralela en el tiempo a la de esos señores mayores que a finales de enero continúan por la calle con la cantinela de “feliz año” cuando te los cruzas. Feliz año el 7 de enero; feliz año el 15; feliz año hasta el 29 de enero. Si la nochevieja y el cambio de calendario se prolongan durante ese tiempo, los preparativos y prolegómenos son igualmente intensos por lo que en semanas previas (vía redes sociales) te toca opinar sobre el posible vestido, la combinación de este con tales tacones o acerca del mejor sitio para pasar la noche. Preguntarle esos detalles a un tipo como yo, que detesta esta celebración anual, resultaría equivalente a incorporar a un miembro del partido animalista en el jurado de taurinos que decide la mejor faena para San Isidro.

Así las cosas, no les deseo nada en este año que se acerca. Sigan leyendo, salgan a hacer deporte y disfruten de sus paseos y de los viajes programados o de aquellos improvisados. Tengan hijos si les apetece o no los tengan, si así es su deseo. Pero hagan algo, como si el 2015 no hubiera terminado.


David Ferrer

martes, 1 de diciembre de 2015

El príncipe azul

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 1 de diciembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)


Contaremos hoy un cuento, un género que, como todos nuestros lectores saben, tiene a la vez elementos mágicos pero a la vez otros apegados a la inmediata realidad. Así, en el cuento pasamos sin notarlo de la descripción intrascendente a lo grotesco y estrambótico. Bien, me estoy poniendo académico (o estupendo): no posterguemos más el comienzo y dejemos al lector que juzgue por sí mismo este cuento que sabrá satisfacer sus pesadillas, dudas e ilusiones de aquí al 20 de diciembre.

Érase una vez un comité electoral de un partido que se llamaba, además por antonomasia, el Partido. Tal denominación hacía que dentro de su organigrama se produjeran toda clase de dilogías, duplicaciones y juegos de palabras que llevaban a la confusión o al humorismo fácil. El mayor de los problemas lo sufrían las secretarias y recepcionistas, que nunca asimilaron aquel saludo telefónico de “¿partido Partido, qué desea?”  Andaba en estas cuitas cotidianas todo el staff cuando un joven príncipe de sonrisa facilona, aseado aspecto por su condición de imberbe o barbilampiño, atravesó valles, ríos y montecillos, hasta que golpeó el llamador de la sede del Partido Partido con ese ímpetu que caracteriza a los jóvenes de otras tierras: “Amados súbditos, vengo a ser vuestro diputado”. Con estos mimbres y con este príncipe electo, se apoderó del comité pertinente tal obsesión y denuedo por hacer tragable al personaje, que no faltaron actividades, calendarios y toda suerte de bailes y jaranas. A toda costa había que hacer al joven príncipe digno heredero de su reino y esto requería, como decían los expertos, inmersión total o lo que por estos pagos se conoce como “abulensización”. Aprendió el hombre a dar vueltas a la muralla, se puso un chandal en los paseos dominicales, acudió como a tres novenas y se esforzó en la laboriosa tarea de comer pipas y lanzarlas hasta el suelo sin mancharse el traje. Paseaba por aquí y por allá con sonrisa helada de invierno sin olvidar la bolsa de pipas que su comité le puso en uno de los bolsillos del terno para dar cuenta en cualquier circunstancia del ascendente grado de asimilación que iba logrando el personaje. Tanto se obsesionó el príncipe del Partido Partido por su aceptación que a la vez que tendía una mano blanda repetía como un mantra, soy de aquí, soy de aquí… Pasaron los días y el príncipe azul continuó adquiriendo costumbres y tradiciones. Sabido es que la gente de provincias desconfía, que los viillancicos iban ya desafinando en las zambombas, y sin darnos cuenta nos llegó de sopetón una jornada fría de un 20 de diciembre en la que…

Amigo lector: el invierno ha llegado, Holanda ya se ve, ya vienen los Reyes Magos, hacia Belén va una burra, y le entrego, por ello, este cuentecito inocente para que ponga cada uno el final que corresponda. Y allá cada cual si cree o no en príncipes azules.


David Ferrer 


martes, 3 de noviembre de 2015

Medias tintas

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 3 de noviembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

Una reciente encuesta del CIS (tomemos las encuestas con cautela, como dicen los políticos en su habitual jerigonza) constata que casi el 37% de los españoles no lee nunca un libro. De los que leen, casi un 20% lo hace por obligación, es decir, porque se lo imponen los estudios. Podríamos ahora llorar de pena, rasgarnos las vestiduras como magdalenas penitentes y echar la culpa a esto o aquello, que son siempre los caminos más fáciles. Pero de estos datos (tanto del CIS, como del gremio de editores o de otras instituciones) destaca algo que ha pasado desapercibido y que creo que supone el envés de la noticia o la clave acerca de este subdesarrollo lector: España es el país donde más aumenta el número de personas que se autoeditan un libro. No es difícil darse cuenta de que esta plaga de la autoedición (llena de trampas, intereses crematísticos que juegan a veces con la vanidad o las simples ilusiones de los mortales) recuerda bastante a los peligros de la automedicación. Tomarse por propia iniciativa unas pastillas (o editarse unos textos) es bonito si quien lo hace es Juan Ramón Jiménez, que se prodigaba en ambas tareas; y no digamos si se trata de Pío Baroja, que tenía editorial familiar y que, por otra parte, podía presumir de haber colgado (literalmente) en su pared el título de médico. En el resto hay, según cada caso, algo de impostura, de vanidad, de temor, de buenas intenciones, de desconocimiento, de soledad o de soberbia. Y sobre el tema que nos traía aquí, sorprende, por tanto, que un país ofrezca más escritores que lectores; que la gente se apasione por escribir un libro pero no por comprarlo; o que el escaparate de novedades no sea bueno, porque allí no está lo suyo que ha publicado previo pago una ignota editorial de Cuenca.

Recientemente un conocido editor (de los buenos, de estas editoriales novedosas de tamaño medio que se esfuerzan por lanzar cada mes algo decente) afirmaba que parte de la culpa de estos índices escasos de lectura y ventas la tienen los profesores de secundaria. Y como aludido e implicado no voy a venir a contradecirlo porque, en el fondo, sabemos que tiene su parte de razón. Me gusta cuanto este hombre publica y creo que sabe de lo que habla. Así que, el envés, como dije, es la búsqueda del éxito fácil, donde hasta un vecino tuyo o el comerciante de la esquina pretende con su libro automedicado y autopublicado convencerte de que es el nuevo Vargas Llosa. Esta impostura facilona surge, en efecto, de la falta de lecturas pues, como todos sabemos, el camino hacia la gloria literaria es en muchos casos (descartando los libros de los presentadores de televisión y otros personajes) una mezcla de trabajo, de posos previos, arraigadas lecturas, suerte y palos en la rueda. En cuanto a la educación, que sería el haz del problema, quedó hace tiempo en manos de un par de partidos, de los mediocres sindicatos y de unos psicopedagogos criminales a quienes les interesa que un alumno se exprese con medias tintas, se pase la vida distinguiendo prefijos y otros morfemas o repitiendo sin descanso ejercicios matemáticos. El resto de problemas educativos los trataremos en otro artículo, pues el tema bien da para vaciar otro tintero. 

David Ferrer



martes, 6 de octubre de 2015

Digestión

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 6 de octubre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

Ya no hay héroes, se ha dicho. Permítanme que, con la debida distancia, rebata esta idea. Hay muchos pero edulcorados y con un barniz graso de suficiencia. Los nuevos héroes, los nuevos adalides de España, y me temo que de buena parte de la cultura occidental, no son ya los escritores (índices de lectura cada vez más bajos), ni tampoco los científicos (¿quién investiga hoy en España?) y, ni siquiera, los omnipresentes políticos, que se encuentran en sus horas más bajas. Los nuevos caudillos de la “intelligentsia” patria son, desde luego, los cocineros y, por extensión, los críticos y los degustadores gourmet. Su poder es, en tiempos de redes sociales, mediático y viral y, dado su creciente prestigio, uno piensa que todo esto viene a confirmar esa teoría de que cualquier moda nueva nos hará algo más tontos. La obsesión compulsiva por la comida, por la socialización de la manutención, viene asociada, ya de antiguo, a épocas de decadencia cultural, como bien recordaba en los finales de la edad media el maestro Rabelais y su descripción (copiosa) de toda suerte de manjares:  “Dicho esto prepararon la comida, para la que, por añadidura, fueron asados 16  bueyes,  3 terneras, 32 terneros, 63 cabritos domésticos, 398 cochinillos de leche, 220 perdices (…)”

A la comida, al yantar y a la pitanza se le llama ahora arte de la gastronomía y proliferan en su honor toda suerte de publicaciones, programas, aplicaciones móviles y concursos. Y frente a esta machacona ubicuidad convive, y a veces paradójicamente entre los mismos individuos, la obsesión por el running, por el adelgazamiento y el bienestar. Así, uno observa con cierto pasmo cómo en las redes sociales de algunos conocidos se expone sin solución de continuidad el arrobo ante un asado o unas carrilleras con reducción a las semillas del magnolio malayo mientras que al día siguiente el muro de su Facebook se transmuta en un canto a la velocidad y a los ocho kilometros corridos y gastados como aceitosa expiación. 

Y si en la mesa nos dejamos dar gato por liebre o si podemos contemplar con éxtasis el nuevo milagro de los panes y los peces de piscifactoría, es posible, más que nada por falta de tiempo, que el mismo sujeto convertido en gastrónomo o en líder espiritual y televisivo nos obligue a adelgazar nuestro conocimiento. Déjese usted de lecturas profundas de larga deglución. Así que, donde pone Rabelais, lea usted mejor a Paulo Coehlo y mejor que Proust quizá le convenga María Dueñas. Tanto el brasileño como la de Puertollano son productos bajos en grasa, de escaso contenido calórico y que, bien aderezados con unas hojitas de cilantro, van estupendamente para esta digestión de nuestros tiempos.

David Ferrer



martes, 8 de septiembre de 2015

De papel

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 8 de septiembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)


Esta columna que ahora lee el interesado o despistado lector (son ya tres los cursos en los que El Diario de Ávila me acoge mensualmente para insertar unas líneas bajo el solitario rótulo del Club Diógenes) no es accesible por otro canal que no sea el papel. Cierto es que alguna vez, tras su pertinente publicación en la sección de opinión de este medio, amplío su recepción a través de mi web o en alguna de las redes sociales que frecuento, aunque no es esa la intención primera. Por el contrario, esta columna se escribe para ser leída en un medio tradicional, de cabecera y ámbito local y en un formato de los de siempre. Es frecuente, por ello, que muchas personas me pregunten qué me lleva a aceptar una colaboración periódica como esta con la que difícilmente mejoraré mi peculio ni, por supuesto, obtendré relevancia en los ya manidos índices de popularidad de las redes sociales.  Las características y la repercusión de esta columna ya vienen prefijadas por el título general con el que nombré la sección, aludiendo, como se sabe, a aquel venerable club imaginario de caballeros solitarios y misántropos frecuentado por el hermano de Sherlock Holmes. Y sí, en ocasiones alguien me para por la calle para decirme que me ha leído o para agradecerme tal o cual apunte, si bien poco más sé cada mes de la recepción de estos artículos. La respuesta, en definitiva, que esgrimo ante esos enamorados y obsesionados por el tuit o el like de Facebook se resume en tres puntos esenciales: sería una pena que se perdiera un periódico local, de los de papel de siempre; me agrada esta intimidad sin receptor aparente de la columna tradicional y, por último, una columna como esta supone para mí, como autor, un sosiego en la marejada permanente del espacio virtual.

Algo parecido he pensado al leer uno de los libros más emotivos y profundos de la reciente poesía española, publicado por Visor este mismo año: se titula Confiado y es obra del poeta y profesor Juan Antonio González Iglesias (ya tienen aquí los datos, para acudir veloces a su librero de siempre). Es toda una declaración vital y optimista que tan pronto nos conduce desde el ideal humanista de fray Luis de León como nos sumerge en el vértigo a veces apetecible de lo cotidiano. En uno de los poemas más hermosos, que bien podría definirse como una bienaventuranza para muchachos 2.0, dice González Iglesias: “Benditos los ignotos, / los que no tienen página / en internet, perfil / que los retrate en Facebook, / ni articulo que hable / de ellos en wikipedia (…) Benditos los ignotos / los que tienen / todavía / humanidad”.  Así deseo yo estas líneas. Y que el rugoso, perecedero, sucio, efímero e inútil papel de periódico las acoja mucho tiempo, aunque tal vez no sepa jamás la opinión de mis lectores. 


David Ferrer


martes, 9 de junio de 2015

La escoba

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 9 de junio de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

Menuda la que has armado, me dice doña Luisa. Esta mujer, a la que sólo veo de cuando en cuando, tiene, sin embargo, una profesionalidad innata para montar un chisme de lo que debería ser una mera conversación protocolaria, circunstancia bien aprendida por la edad o por el oficio de la limpieza. Doña Luisa, que podría haberse ya jubilado si no fuera porque tiene unos cuantos hijos (más de uno en paro), unos nietos y algún perro, continúa en sus quehaceres diarios dando lustre en casas ajenas de variado postín y en oficinas grises donde a diario sobreviven los mortales. En otras palabras, doña Luisa es limpiadora y quien calla otorga, es decir, quien limpia, escucha. Menuda la que has armado con tu artículo anterior, me repite esta mujer con desparpajo. Insisto en que no fue para tanto, que se trataba sólo de un divertimento escrito en el aburrimiento de la época electoral y que, precisamente ahí, sigo justificándome, me tocaba enviar mi artículo mensual para este medio. Ay, no majo, retoma con presteza su hilo doña Luisa, no, no, que al día siguiente me tocó hacer limpieza en la sede del partido y… ¿Y, doña Luisa?, pregunto al vuelo: pues que si lo del estafermo, que si el soso del candidato, que si esas comparaciones hacen daño… A buen entendedor, las palabras sobran y es ahí donde la limpiadora hace uso oral de la elipsis y los puntos suspensivos. Y vuelta a la fregona, que la lejía es el mejor aliado del silencio donde acaso las paredes oigan. 

¿Y usted que va tanto por el partido, cómo ve la cosa? le pregunto curioso a doña Luisa. Uy, yo de esas cosas no sé pero me he llevado muchos folletos con la cara del candidato. Verás tú: a mis nietos los tengo recortando. ¿Te acuerdas de la cara del candidato? Mi nieto pequeño recorta primorosamente sin saltarse un pelo pero a mi nieta, que es más mayor y ya va por libre, le sale una vena destructiva y se dedica a ponerle gafas, cuernos o bigote. ¿Y cuántos folletos del partido se ha llevado a casa, doña Luisa? Cajas enteras, responde: desde lo de tu artículo se vio que iban sobrando y hasta a los más jóvenes parecía que les daba coraje ir repartiéndolos. Otros, los viejos y los veteranos, cogían los carteles y los trípticos y los miraban con pena como diciendo, ¿será verdad que nos hemos equivocado? Y lo dejaban en un rincón, como el que tira con disimulo el envoltorio del caramelo. Así que, ya ves, en casa tengo papeles para recortar, para apuntar recetas, para apuntalar los muebles y para el relleno de algún cojín, así que nadie diga luego que las campañas electorales son cosa mala. Pues parece, doña Luisa, que las cosas tocan a cambio, o eso dicen. Y tanto, joven, y tanto, que hasta mi empresa me ha quitado horas de limpieza en ese partido y me las ha aumentado en el otro. Eso está bien, doña Luisa, me alegra que aunque algunos pierdan, usted tenga siempre un lugar donde poner su escoba y limpiar allí fuerte, pero que muy fuerte.


David Ferrer



martes, 12 de mayo de 2015

Estafermo

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 12 de mayo de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)


Reunido el comité electoral, a puerta cerrada y con toda suerte de precauciones, sellos y susurros, designaron tras largo y oculto debate al que podría ser el candidato. Pero si este hombre es un estafermo, dijo una voz con cierto temor, no muy consciente de saber el significado preciso de la palabra. Hubo un silencio intimidatorio que se rompió al poco rato con la lectura de la definición, la cual había sido encontrada hábilmente en internet móvil por el más avispado del partido. Y confirmó así: dice aquí que un estafermo es “un pasmarote, una persona pasmada o embobada”. Con los ojos abiertos como platos, y como en un cónclave confuso, nadie se atrevía a desmentir el difícil dilema acerca de si el candidato recién proclamado era o no un estafermo o cosa semejante. Hombre, algo parado es, no vamos a negarlo pero si le aleccionamos un poco, le damos unas lecciones de gesticulación y de oratoria, seguro que sale bien parado. A ese ni con barniz, recriminó otro: dejémoslo claro, este hombre es tan impávido que mas bien podríamos haberle tachado de estantigua. ¿Estantigua nuestro candidato? Los más jóvenes del partido, absortos en el inesperado debate lingüístico que se había suscitado, corrieron a la sala contigua donde dormían en unos anaqueles empolvados unos tomos de un diccionario que había escrito una señora, una tal María Moliner. Pues por aquí no viene, gritaron los tiernos seguidores: y si no viene, no podemos tolerar que nuestro flamante candidato sea considerado una estantigua o como se diga. Un viejo militante sacó fuerzas de su flaqueza y, acodado en el borde de la mesa, precisamente donde lo habían ubicado para que no molestara, carraspeó para hacerse oír y dijo: es totalmente una estantigua y hasta donde yo sé esa palabra significa, y que me perdonen los jovenzuelos, una persona alta que causa pavor, pues se asemeja a un fantasma.

Dado que ya no había vuelta atrás en la toma de decisiones, quedó el debate cerrado y la estantigua procedió a mostrarse, como corresponde a un buen candidato, por toda clase de saraos, encuentros, jotas e inauguraciones. Decían los miembros del partido que a veces el traje le tiraba un poco de la sisa mientras que en otras ocasiones tanta forzada jovialidad le hacía doblarse como un junco, lo cual no quedaba bien en las fotografías de la prensa. Y además, se temían, estos periodistas suelen sacar siempre la peor toma. Así que se optó por situar al candidato en sitio seco y oscuro pues a veces los votantes se fían más de quien no habla que de quien dice medias verdades que luego suenan a mentiras como puños.  Alguno recordó si no sería mejor acudir a la otra acepción del estafermo, la cual refiere que se trataba de un viejo poste o maniquí con el que los caballeros practicaban sus torneos. De modo que hicieron lo propio, y de tanto debate y vuelta para arriba y para abajo dejaron al pobre hombre como un tentetieso y más absurdo que un dontancredo que, como bien saben los taurinos, se aplica a la persona que aguanta impertérrita un peligro. Y de esta guisa siguió día tras día hasta el momento en que por fin llegaron las elecciones… Y así fue. Y así le fue.


David Ferrer


martes, 14 de abril de 2015

Tercio de los sueños

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 14 de abril de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)



La música que debiera acompañar este artículo, de un género en evidente decadencia y en desuso, seria la tradicional de los clarines, los timbales, los arrebatados pasodobles, el sonido de las pisadas de largo tranco de un toro, los cerrojazos, el golpear de la madera, las campanillas del arrastre… conjunción de sonidos que conforman una sintonía que a cualquier aficionado taurino le recuerda a primavera, al alborozo de una nueva temporada de pasiones, disgustos, inevitables confrontaciones y fogonazos que llegarán hasta los inicios del otoño. Cuando mañana miércoles 15 se abran las puertas de la Maestranza de Sevilla para la primera de las grandes ferias (con permiso de Valencia), volverán tales sonidos y se llenará también la memoria del aficionado de los recuerdos personales, de las faenas presenciadas o imaginadas, de la vida de tantos años… Por eso, al margen de esos sonidos, tradicionales y persistentes, uno vive la temporada taurina con la fuerza y radicalidad del rock, un modo de vida con el que la tauromaquia comparte de un lado una fuerte carga de melancolía  y, por otro, el deseo imperecedero de que aguante en su pureza. Si me interesa poco el deporte es precisamente por su volatilidad, por su apego al dato exacto e inmediato y su carga narrativa; si me interesan tanto los toros y el rock clásico es por su dureza, por su necesidad de perpetuarse en leves pinceladas en el transcurrir de los años y por su evidente lirismo. Si creemos revivir a Johnny Cash o Joe Strummer, dos antihéroes perdedores, cuando escuchamos sus discos ahora que han transcurrido tantos años de su muerte, hacemos lo propio cuando en cada nueva temporada queremos descubrir destellos e inspiraciones de Belmonte o de Curro Romero en los recortes de Morante de la Puebla. 

Tal vez por esta voluntad inmaterial de sacar belleza y que sea recordada más allá del día a día es por lo que la tauromaquia se ha convertido en un foco de atención por parte de una horda de integristas antitaurinos, que se olvidan de las grandes tragedias que asolan el mundo a cada paso. Dentro de una época cada vez más anodina y deficitaria en pensamiento de largo recorrido, la reivindicación taurófoba es a todas luces arbitraria pues se ensaña contra un espectáculo minoritario y que, como el buen rock puro, va destilándose y agotándose en pequeñas ferias, y llena de aficionados ilustrados que reviven su grandeza entre los tomos del Cossío y las crónicas antiguas. Fuera de las plazas está el mundanal ruido, la música comercial, los gigantescos negocios del deporte y la tergiversación de la defensa bienintencionada de los animales. Y sí, sé que en un mundo perfecto no habría corridas de toros pero también que perderíamos algo de los sueños y de las crueldades líricas que comparten rock y toros. Estos días me acuerdo y me solidarizo mucho con el rockero Andrés Calamaro, asiduo visitante de Las Ventas, aficionado práctico, y hoy por hoy, el mejor portavoz de la tauromaquia, quien, por insultos y amenazas tras defender sus aficiones, ha tenido que abandonar personalmente su Facebook. Calamaro habló en una de sus canciones de un tercio de los sueños. En ese vivimos los aficionados. Mañana al comenzar la temporada recordaré al maestro José María Manzanares, mi ídolo tantos años, y, por supuesto, recordaré a mi padre, con quien he vivido tantas tardes de fracasos y de gloria. Ambos están ya en ese tercio de los sueños. 


David Ferrer


martes, 17 de marzo de 2015

Santa Teresa en Notting Hill

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 17 de marzo de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)



El casi enciclopédico Samuel Johnson decía ya hace dos siglos que quien se ha cansado de Londres se ha cansado de la vida. La razón evidente es que en una ciudad tan plena de contrastes son frecuentes los hallazgos pero también las imperfecciones urbanísticas: de una zona a otra cada grupo de calles simboliza una serie de lapsos temporales que van confluyendo en una desorganizada y a la vez armónica arquitectura de barrios que se han ido formando a golpe de desarrollo económico, de cierto conservadurismo vecinal, destrozo municipal, inmigración y consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Al norte de Notting Hill, lejos ya de las hordas del turismo barato que abarrota Portobello Road, se encuentra la zona de Kensal Green. Es un espacio que se ha ido creando de manera lenta por los vaivenes de la oportunidad económica: el vecino que resiste a las suculentas ofertas inmobiliarias conserva su casa eduardiana con fachada impoluta y un minúsculo patio trasero, perro y un buen coche aparcado en la misma puerta; otros, culpa de la especulación, los magnates rusos o árabes, o los altos alquileres de la zona, se largaron de allí en lo peor del thatcherismo de finales de los 70. Así, junto a las bellas casas unifamiliares aparece después un garaje o se ha habilitado un área extensa para ubicar el enorme supermercado Sainsbury´s. La vista deja ver las enormes estructuras eléctricas de los años 30, algún edificio de varias plantas que afea una hilera residencial, pequeñas plazas y el remanso de paz que supone el cementerio de Kensal Green, donde descansan los restos, entre otros del escritor Thackeray, del delicado pintor prerrafaelita Waterhouse o del cantante Freddy Mercury. Como buen cementerio inglés, pleno de líquenes, hierba salvaje y monumentos simbólicos, se encuentra dividido entre quienes profesaron el anglicanismo o el grupo de dissenters (disidentes), aquellos que abrazaron en tiempos difíciles el catolicismo.

No muy lejos de este cementerio de Kensal Green, y como una buena muestra de esta dicotomía tan típicamente inglesa en lo que respecta a cuestiones de fe, encontramos el pequeño Carmelo de Notting Hill. Es evidente que la santa andariega (la vieja, como ha dicho Bergoglio) no llegó a fundarlo (pues su apertura data del año 1878), aunque de haber vivido hoy seguro que le gustaría tomar un ryanair de bajo coste y charlar allí con sus hijas inglesas. En realidad, estudiar la fundación de este Carmelo supone adentrarse en la parte más compleja y polémica de la sociología y la historia británica, por lo que atañe a la callada (a veces no tanto) guerra que se fraguó entre la Iglesia Anglicana y la Católica a finales del XIX. La fundación de este convento carmelita fue, sin duda, un triunfo de aquel grupo de intelectuales o disidentes encabezados por Newman y que a finales de siglo supuso una pequeña involución en las poderosas aguas del imperio victoriano. Las adhesiones y simpatías a este convento incluyeron después a destacados miembros del grupo literario de Bloomsbury, quienes mostraron su apoyo en una suerte de rebeldía intelectual. Hoy, en vísperas del centenario de Santa Teresa, las aguas de los cercanos canales fluyen tranquilamente mientras que nada turba la paz de este convento: la pequeña comunidad de monjas carmelitas pasea por su jardín o su claustro ante la indiferencia de los vecinos del barrio, donde el silencio es apenas herido por los camiones de reparto que van al supermercado o los aviones que aterrizan en Heathrow. Hoy Santa Teresa no es ya allí una enemiga iluminada como la vieron los anglicanos del XIX. Sus obras se encuentran en las mejores librerías de la ciudad y hasta el vicario de la preciosa iglesia anglicana de All Saints me confiesa su pasión por tales textos. Bien lo han visto para este centenario, en lo que creo que será una de las citas clave del mismo (22 des septiembre), los responsables del CITES al invitar a Rowan Williams, el anterior arzobispo de Canterbury, y uno de los grandes intelectuales de Inglaterra. 


David Ferrer


lunes, 16 de febrero de 2015

Editores necesarios

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 16 de febrero de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)



Coincidí recientemente con un personaje al que no puedo, ni por cercanía ni afinidad, denominar como amigo. Ahora bien, él considera que, siempre que se cruza en mi camino, cualquier momento es propicio para hablar de lo divino y de lo humano sin atender a mis gustos, mi trayectoria o mis querencias intelectuales. El hombre tampoco debe coscarse de mi desinterés por sus opiniones, las cuales considero en la mayor parte de los casos insustanciales, presuntuosas y llenas de prejuicios. Me abordó en plena calle en la última ocasión con un monólogo acerca de los editores. Entiende uno por editores aquellas personas entregadas en carne y alma al oficio o al negocio de los libros, ya sea en pequeñas, medianas o grandes cantidades y a las que, aunque sólo sea por eso, presta uno especial atención. El caso es que mi interlocutor consideraba a todos los editores como una panda de delincuentes, por lo que fui desentrañando de su discurso, en lo que se me antojaba como una sucesión absurda de razones que iban desde el interés por el dinero (no faltaría más, buena o mala, la edición es un negocio que debe sostenerse por sí mismo) hasta los detalles más egocéntricos donde confluía la típica queja hispana del por qué a él sí y para mí no. 

Como lector (antes desde luego que escritor, y mucho antes que editor) sacó uno a relucir una benemérita serie de personajes dedicados a la edición, tanto en grandes editoriales que nos han proporcionado provechosos ratos de entretenimiento como en aquellas más pequeñas que nos han descubierto a escritores minoritarios, textos valiosos, autores noveles o antiguas joyas perdidas. Hablé en mi rápido argumentario del valor de aquellas editoriales que constituyen las piezas angulares de mi devenir lector como, sin orden ni concierto, los Pre-textos, Impedimenta, Libros del Asteroide, Demipage, Hiperión, Renacimiento, Cabaret Voltaire, Salto de página, Periférica, Valdemar… sin olvidar esas grandes como Tusquets, Anagrama, Alfaguara, Península, Seix Barral, Destino, Espasa etc etc. Me acordé de dos figuras recientemente fallecidas, de muy distinto signo, como Jaume Vallcorba, el exquisito editor de Acantilado o de José Manuel Lara, el todopoderoso editor del enorme grupo Planeta. Ambos aportaron lo suyo para que, al margen de los exiguos niveles lectores de este país, podamos presumir de que aquí se publica mucho y además bien. Y es cierto, me dirán,  que las grandes editoriales (también las pequeñas) publican títulos infumables, novelas de éxito rápido, libros de desguace intelectual, auténticos bodrios que, sin embargo, apuntalan en esos grandes grupos a otras casas más pequeñas que sobreviven por esos beneficios. O lo que es lo mismo, un mal libro (pero muy vendido) a veces permite que nazcan dos o tres buenos.

Nada de lo expuesto convenció a mi interlocutor. Para él todo es problema de una casta  de editores (no sé de qué me suena esta expresión aplicada quizá más convenientemente a otros ámbitos), de una cueva de ladrones, de unos sacacuartos del papel a los que él no se dignará jamás enviar un escrito. Un barómetro reciente del CIS destacaba que un 35 % de españoles no lee “nunca o casi nunca”. Y relacioné este dato con esta animadversión española hacia todo lo que suponga lectura, investigación, análisis y selección que es, fundamentalmente, lo que hace un editor. Porque en los tiempos de la inmediatez, de la crítica fácil, del háztelo tú mismo, de la desconfianza, aún necesitamos editores que apuesten por el libro bien editado y seleccionado, aunque a veces se equivoquen. Porque por mucho que nos empeñemos, lo que vale, vale. Y lo que no, pues es mejor que se quede sin leer. 


David Ferrer 


martes, 20 de enero de 2015

¿Y a quién voto yo?

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 20 de enero de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)




De todos aquellos grandes personajes que uno ha seguido en sucesivas series vistas y revisitadas a lo largo de las últimas dos décadas, queda siempre un fondo inagotable de aprendizaje, ya sea desde la admiración, la empatía, la fascinación o el desencanto. Cuando se sale a la calle, se leen las noticias, se discute en el café mañanero o se necesita adoptar una decisión del día a día, ese recurso seriéfilo (perdón por el neologismo) brota al instante. Las series (y sus protagonistas o secundarios) son hoy el alimento que para muchos antiguos fueron los libros de sentencias, agudezas, emblemas y apotegmas. Para unas cosas nos viene bien House; Tony o Silvio Dante de Los Soprano, en los asuntos de la calle; para autoanalizarnos, el agente Dale Cooper de Twin Peaks; y si la ocasión es propicia y también la compañía, recurrimos el seductor Don Draper de Mad Men o a la elegancia de los protagonistas de Suits; para lo chusco siempre estará Provenza de The Closer/Major Crimes y para lo trascendente la mirada escéptica de Matthew McConaughey en True Detective. Un judío gruñón o pragmático como el Saul Berenson de Homeland (mi admirado Mandy Patinkin) es el ingrediente perfecto para las situaciones difíciles. Y así hasta el infinito. Todo tiene su medicina, cada situación su personaje.

¿Y la política? Lo casposo del país, la mezquindad de nuestros responsables políticos locales, autonómicos o estatales hacen difícil cualquier equiparación a uno de sus semejantes en las series norteamericanas. Sí, el papel que le ha tocado al gran Kevin Spacey en House of Cards como congresista y, después, como presidente de la nación, es cualquier cosa menos que agradable. ¿Y la ambición del protagonista de Boss y sus tejemanejes como alcalde? Todos sus hechos son objetivamente reprobables pero cuentan con un inefable atractivo visual y escénico en pantalla y le perdonamos todo porque su actuación es casi shakesperiana. Por ello, creo que la gran debacle a la que están abocados nuestros politiquillos locales (algunos llevan en cartel tanto como la época de esplendor de las series mencionadas) radica en que a ellos no les disculpamos (y con razón) ni que se salten una coma; y que, paralelamente, el espejo que tienen en estas producciones televisivas es, pese a sus vicios, de una magnanimidad y atracción ciertamente superior. Uno estrecharía la mano virtual de todos esos personajes pero se cuidaría mucho de ofrecerle el asiento a estos sátrapas de las consejerías, los congresos, las diputaciones y las alcaldías.  

¿Y a quién votaría uno en las próximas elecciones? Está claro que no me va a quedar otro remedio que permanecer en lo virtual. Mi candidato será, sin duda, el ingenio, la osadía y la ambición del alcalde de Baltimore en la serie The Wire (que es en sí todo un monumento): el señor Thomas Carcetti. Los demás por aquí no logran hacerle sombra ni física ni emocionalmente. Si acaso se le parece algo Albert Rivera, que ya es mucho. El resto, ya quisieran. 



David Ferrer.