martes, 20 de enero de 2015

¿Y a quién voto yo?

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 20 de enero de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)




De todos aquellos grandes personajes que uno ha seguido en sucesivas series vistas y revisitadas a lo largo de las últimas dos décadas, queda siempre un fondo inagotable de aprendizaje, ya sea desde la admiración, la empatía, la fascinación o el desencanto. Cuando se sale a la calle, se leen las noticias, se discute en el café mañanero o se necesita adoptar una decisión del día a día, ese recurso seriéfilo (perdón por el neologismo) brota al instante. Las series (y sus protagonistas o secundarios) son hoy el alimento que para muchos antiguos fueron los libros de sentencias, agudezas, emblemas y apotegmas. Para unas cosas nos viene bien House; Tony o Silvio Dante de Los Soprano, en los asuntos de la calle; para autoanalizarnos, el agente Dale Cooper de Twin Peaks; y si la ocasión es propicia y también la compañía, recurrimos el seductor Don Draper de Mad Men o a la elegancia de los protagonistas de Suits; para lo chusco siempre estará Provenza de The Closer/Major Crimes y para lo trascendente la mirada escéptica de Matthew McConaughey en True Detective. Un judío gruñón o pragmático como el Saul Berenson de Homeland (mi admirado Mandy Patinkin) es el ingrediente perfecto para las situaciones difíciles. Y así hasta el infinito. Todo tiene su medicina, cada situación su personaje.

¿Y la política? Lo casposo del país, la mezquindad de nuestros responsables políticos locales, autonómicos o estatales hacen difícil cualquier equiparación a uno de sus semejantes en las series norteamericanas. Sí, el papel que le ha tocado al gran Kevin Spacey en House of Cards como congresista y, después, como presidente de la nación, es cualquier cosa menos que agradable. ¿Y la ambición del protagonista de Boss y sus tejemanejes como alcalde? Todos sus hechos son objetivamente reprobables pero cuentan con un inefable atractivo visual y escénico en pantalla y le perdonamos todo porque su actuación es casi shakesperiana. Por ello, creo que la gran debacle a la que están abocados nuestros politiquillos locales (algunos llevan en cartel tanto como la época de esplendor de las series mencionadas) radica en que a ellos no les disculpamos (y con razón) ni que se salten una coma; y que, paralelamente, el espejo que tienen en estas producciones televisivas es, pese a sus vicios, de una magnanimidad y atracción ciertamente superior. Uno estrecharía la mano virtual de todos esos personajes pero se cuidaría mucho de ofrecerle el asiento a estos sátrapas de las consejerías, los congresos, las diputaciones y las alcaldías.  

¿Y a quién votaría uno en las próximas elecciones? Está claro que no me va a quedar otro remedio que permanecer en lo virtual. Mi candidato será, sin duda, el ingenio, la osadía y la ambición del alcalde de Baltimore en la serie The Wire (que es en sí todo un monumento): el señor Thomas Carcetti. Los demás por aquí no logran hacerle sombra ni física ni emocionalmente. Si acaso se le parece algo Albert Rivera, que ya es mucho. El resto, ya quisieran. 



David Ferrer.


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