lunes, 16 de febrero de 2015

Editores necesarios

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 16 de febrero de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)



Coincidí recientemente con un personaje al que no puedo, ni por cercanía ni afinidad, denominar como amigo. Ahora bien, él considera que, siempre que se cruza en mi camino, cualquier momento es propicio para hablar de lo divino y de lo humano sin atender a mis gustos, mi trayectoria o mis querencias intelectuales. El hombre tampoco debe coscarse de mi desinterés por sus opiniones, las cuales considero en la mayor parte de los casos insustanciales, presuntuosas y llenas de prejuicios. Me abordó en plena calle en la última ocasión con un monólogo acerca de los editores. Entiende uno por editores aquellas personas entregadas en carne y alma al oficio o al negocio de los libros, ya sea en pequeñas, medianas o grandes cantidades y a las que, aunque sólo sea por eso, presta uno especial atención. El caso es que mi interlocutor consideraba a todos los editores como una panda de delincuentes, por lo que fui desentrañando de su discurso, en lo que se me antojaba como una sucesión absurda de razones que iban desde el interés por el dinero (no faltaría más, buena o mala, la edición es un negocio que debe sostenerse por sí mismo) hasta los detalles más egocéntricos donde confluía la típica queja hispana del por qué a él sí y para mí no. 

Como lector (antes desde luego que escritor, y mucho antes que editor) sacó uno a relucir una benemérita serie de personajes dedicados a la edición, tanto en grandes editoriales que nos han proporcionado provechosos ratos de entretenimiento como en aquellas más pequeñas que nos han descubierto a escritores minoritarios, textos valiosos, autores noveles o antiguas joyas perdidas. Hablé en mi rápido argumentario del valor de aquellas editoriales que constituyen las piezas angulares de mi devenir lector como, sin orden ni concierto, los Pre-textos, Impedimenta, Libros del Asteroide, Demipage, Hiperión, Renacimiento, Cabaret Voltaire, Salto de página, Periférica, Valdemar… sin olvidar esas grandes como Tusquets, Anagrama, Alfaguara, Península, Seix Barral, Destino, Espasa etc etc. Me acordé de dos figuras recientemente fallecidas, de muy distinto signo, como Jaume Vallcorba, el exquisito editor de Acantilado o de José Manuel Lara, el todopoderoso editor del enorme grupo Planeta. Ambos aportaron lo suyo para que, al margen de los exiguos niveles lectores de este país, podamos presumir de que aquí se publica mucho y además bien. Y es cierto, me dirán,  que las grandes editoriales (también las pequeñas) publican títulos infumables, novelas de éxito rápido, libros de desguace intelectual, auténticos bodrios que, sin embargo, apuntalan en esos grandes grupos a otras casas más pequeñas que sobreviven por esos beneficios. O lo que es lo mismo, un mal libro (pero muy vendido) a veces permite que nazcan dos o tres buenos.

Nada de lo expuesto convenció a mi interlocutor. Para él todo es problema de una casta  de editores (no sé de qué me suena esta expresión aplicada quizá más convenientemente a otros ámbitos), de una cueva de ladrones, de unos sacacuartos del papel a los que él no se dignará jamás enviar un escrito. Un barómetro reciente del CIS destacaba que un 35 % de españoles no lee “nunca o casi nunca”. Y relacioné este dato con esta animadversión española hacia todo lo que suponga lectura, investigación, análisis y selección que es, fundamentalmente, lo que hace un editor. Porque en los tiempos de la inmediatez, de la crítica fácil, del háztelo tú mismo, de la desconfianza, aún necesitamos editores que apuesten por el libro bien editado y seleccionado, aunque a veces se equivoquen. Porque por mucho que nos empeñemos, lo que vale, vale. Y lo que no, pues es mejor que se quede sin leer. 


David Ferrer 


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