martes, 3 de noviembre de 2015

Medias tintas

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 3 de noviembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

Una reciente encuesta del CIS (tomemos las encuestas con cautela, como dicen los políticos en su habitual jerigonza) constata que casi el 37% de los españoles no lee nunca un libro. De los que leen, casi un 20% lo hace por obligación, es decir, porque se lo imponen los estudios. Podríamos ahora llorar de pena, rasgarnos las vestiduras como magdalenas penitentes y echar la culpa a esto o aquello, que son siempre los caminos más fáciles. Pero de estos datos (tanto del CIS, como del gremio de editores o de otras instituciones) destaca algo que ha pasado desapercibido y que creo que supone el envés de la noticia o la clave acerca de este subdesarrollo lector: España es el país donde más aumenta el número de personas que se autoeditan un libro. No es difícil darse cuenta de que esta plaga de la autoedición (llena de trampas, intereses crematísticos que juegan a veces con la vanidad o las simples ilusiones de los mortales) recuerda bastante a los peligros de la automedicación. Tomarse por propia iniciativa unas pastillas (o editarse unos textos) es bonito si quien lo hace es Juan Ramón Jiménez, que se prodigaba en ambas tareas; y no digamos si se trata de Pío Baroja, que tenía editorial familiar y que, por otra parte, podía presumir de haber colgado (literalmente) en su pared el título de médico. En el resto hay, según cada caso, algo de impostura, de vanidad, de temor, de buenas intenciones, de desconocimiento, de soledad o de soberbia. Y sobre el tema que nos traía aquí, sorprende, por tanto, que un país ofrezca más escritores que lectores; que la gente se apasione por escribir un libro pero no por comprarlo; o que el escaparate de novedades no sea bueno, porque allí no está lo suyo que ha publicado previo pago una ignota editorial de Cuenca.

Recientemente un conocido editor (de los buenos, de estas editoriales novedosas de tamaño medio que se esfuerzan por lanzar cada mes algo decente) afirmaba que parte de la culpa de estos índices escasos de lectura y ventas la tienen los profesores de secundaria. Y como aludido e implicado no voy a venir a contradecirlo porque, en el fondo, sabemos que tiene su parte de razón. Me gusta cuanto este hombre publica y creo que sabe de lo que habla. Así que, el envés, como dije, es la búsqueda del éxito fácil, donde hasta un vecino tuyo o el comerciante de la esquina pretende con su libro automedicado y autopublicado convencerte de que es el nuevo Vargas Llosa. Esta impostura facilona surge, en efecto, de la falta de lecturas pues, como todos sabemos, el camino hacia la gloria literaria es en muchos casos (descartando los libros de los presentadores de televisión y otros personajes) una mezcla de trabajo, de posos previos, arraigadas lecturas, suerte y palos en la rueda. En cuanto a la educación, que sería el haz del problema, quedó hace tiempo en manos de un par de partidos, de los mediocres sindicatos y de unos psicopedagogos criminales a quienes les interesa que un alumno se exprese con medias tintas, se pase la vida distinguiendo prefijos y otros morfemas o repitiendo sin descanso ejercicios matemáticos. El resto de problemas educativos los trataremos en otro artículo, pues el tema bien da para vaciar otro tintero. 

David Ferrer