miércoles, 30 de diciembre de 2015

Lo tengo preparado

Todo está ya preparado, voy a hacerlo en breve, lo tengo a punto. Cuando divisé al otro lado de la acera a Jaime (llamémoslo así  por prudencia, aunque dudo mucho que con tanta ocupación se le ocurra al aludido pasearse por este desértico blog) sabía  yo de antemano las patrañas y quiero-y-haré que procedería a contarme. Jaime es un muchacho (digamos así también) de mi edad. Yo terminé mi carrera a su tiempo pero a él se le fue torciendo entre dimes y diretes. Me lo encontraba en esos años post-universitarios y todo era un ya estoy acabando y ya estoy preparando. Hablaba de una doble licenciatura con no sé cuántos idiomas porque estaba previsto - y lo tenía ya en la mano - que iba a ser diplomático. Me lo encontraba tiempo después y se andaba afanando en alguna otra universidad en la cual iba a conseguir esto y lo otro - ya está preparado, decía. Así que cuando el otro día vi su rictus al otro lado de la calle, sus ademanes torpones y esa manera grandilocuente de venderte humo sabía, en efecto, que todo era lo mismo: hablaba ahora de un trabajo inmediato que le obligaría a viajar no sé cuántas veces al extranjero - todo está preparado ya, repitió - y me anunció (creo que ya lo había anticipado antes, unos diez años antes) la inminente aparición de un libro de relatos. Todo está ya preparado. Estoy contento con el resultado. Su vida ha sido una ecuación por demostrarse, una quiniela por confirmarse, un boleto que deba encontrarse. Y si lo pienso con cierto detenimiento no es un personaje aislado sino que abunda en su estilo por estos pueblos. Yo no tengo nada preparado, me cuesta un triunfo pergeñar un simple artículo mensual. Pero hay gente, por el contrario, que tiene siempre todo muy preparado. La lechera y el cántaro, las habichuelas junto con el impúdico rey que iba desnudo, todo en un mismo personaje. Así de preparado.


David Ferrer

martes, 29 de diciembre de 2015

Insoslayable

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 29 de diciembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

La celebración del nuevo año (con su correspondiente despedida del año viejo) es, a todas luces, una festividad insoslayable, adjetivo que se define como aquello de lo que resulta imposible escapar ya te marches al hemisferio opuesto, o a las más remota de las latitudes. Si uno viviera en Sevilla huiría de su Feria de faralaes y peinetas como alma que lleva el diablo; en Pamplona alquilaría mi casa en sanfermines y no digo ya nada de otras festividades ruidosas o pringadas en salsa de tomate. Cualquiera puede evitar una tamborrada, una suelta de vaquillas, los cohetes subvencionados de ciertos barrios abulenses o hasta esa boda relamida para la que siempre hay una excusa con gesto falso de desdicha. No hay fiesta pública o privada, como decía, en la que uno no pueda ostentar el sano y gozoso privilegio de no acudir a algo porque no apetece o no te da la gana. Para casos extremos, una conveniente llamada de móvil, un congreso imaginario o unas obligaciones profesionales te salvan siempre de cualquier celebración no deseada.

Nada de esto sirve en la nochevieja. La cosa en sí comienza en la tarde cuando se van sucediendo mensajes absurdos en el whatsapp de gente a la que nunca saludas y que sin pudor te desea futuros imposibles. Cosas fáciles, como que tengas mucho éxito (en qué se pregunta siempre uno), que te toque la lotería en el nuevo año (harto difícil para quien nunca juega), que te cases (Dios no lo quiera), que tengas ya un hijo (que los santos tampoco lo permitan), en fin, deseos vitales sencillos de transmitir y desear en la manera rápida que ahora permiten los programas de mensajería gratuita. A la gente le da también por hacer públicos ciertos propósitos (igualmente absurdos) para el nuevo año, la mayoría de los cuales sospecho que van declinando según transcurre la cuesta de Enero. Esa complacencia es inversa pero paralela en el tiempo a la de esos señores mayores que a finales de enero continúan por la calle con la cantinela de “feliz año” cuando te los cruzas. Feliz año el 7 de enero; feliz año el 15; feliz año hasta el 29 de enero. Si la nochevieja y el cambio de calendario se prolongan durante ese tiempo, los preparativos y prolegómenos son igualmente intensos por lo que en semanas previas (vía redes sociales) te toca opinar sobre el posible vestido, la combinación de este con tales tacones o acerca del mejor sitio para pasar la noche. Preguntarle esos detalles a un tipo como yo, que detesta esta celebración anual, resultaría equivalente a incorporar a un miembro del partido animalista en el jurado de taurinos que decide la mejor faena para San Isidro.

Así las cosas, no les deseo nada en este año que se acerca. Sigan leyendo, salgan a hacer deporte y disfruten de sus paseos y de los viajes programados o de aquellos improvisados. Tengan hijos si les apetece o no los tengan, si así es su deseo. Pero hagan algo, como si el 2015 no hubiera terminado.


David Ferrer

martes, 1 de diciembre de 2015

El príncipe azul

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 1 de diciembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)


Contaremos hoy un cuento, un género que, como todos nuestros lectores saben, tiene a la vez elementos mágicos pero a la vez otros apegados a la inmediata realidad. Así, en el cuento pasamos sin notarlo de la descripción intrascendente a lo grotesco y estrambótico. Bien, me estoy poniendo académico (o estupendo): no posterguemos más el comienzo y dejemos al lector que juzgue por sí mismo este cuento que sabrá satisfacer sus pesadillas, dudas e ilusiones de aquí al 20 de diciembre.

Érase una vez un comité electoral de un partido que se llamaba, además por antonomasia, el Partido. Tal denominación hacía que dentro de su organigrama se produjeran toda clase de dilogías, duplicaciones y juegos de palabras que llevaban a la confusión o al humorismo fácil. El mayor de los problemas lo sufrían las secretarias y recepcionistas, que nunca asimilaron aquel saludo telefónico de “¿partido Partido, qué desea?”  Andaba en estas cuitas cotidianas todo el staff cuando un joven príncipe de sonrisa facilona, aseado aspecto por su condición de imberbe o barbilampiño, atravesó valles, ríos y montecillos, hasta que golpeó el llamador de la sede del Partido Partido con ese ímpetu que caracteriza a los jóvenes de otras tierras: “Amados súbditos, vengo a ser vuestro diputado”. Con estos mimbres y con este príncipe electo, se apoderó del comité pertinente tal obsesión y denuedo por hacer tragable al personaje, que no faltaron actividades, calendarios y toda suerte de bailes y jaranas. A toda costa había que hacer al joven príncipe digno heredero de su reino y esto requería, como decían los expertos, inmersión total o lo que por estos pagos se conoce como “abulensización”. Aprendió el hombre a dar vueltas a la muralla, se puso un chandal en los paseos dominicales, acudió como a tres novenas y se esforzó en la laboriosa tarea de comer pipas y lanzarlas hasta el suelo sin mancharse el traje. Paseaba por aquí y por allá con sonrisa helada de invierno sin olvidar la bolsa de pipas que su comité le puso en uno de los bolsillos del terno para dar cuenta en cualquier circunstancia del ascendente grado de asimilación que iba logrando el personaje. Tanto se obsesionó el príncipe del Partido Partido por su aceptación que a la vez que tendía una mano blanda repetía como un mantra, soy de aquí, soy de aquí… Pasaron los días y el príncipe azul continuó adquiriendo costumbres y tradiciones. Sabido es que la gente de provincias desconfía, que los viillancicos iban ya desafinando en las zambombas, y sin darnos cuenta nos llegó de sopetón una jornada fría de un 20 de diciembre en la que…

Amigo lector: el invierno ha llegado, Holanda ya se ve, ya vienen los Reyes Magos, hacia Belén va una burra, y le entrego, por ello, este cuentecito inocente para que ponga cada uno el final que corresponda. Y allá cada cual si cree o no en príncipes azules.


David Ferrer