martes, 1 de diciembre de 2015

El príncipe azul

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 1 de diciembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)


Contaremos hoy un cuento, un género que, como todos nuestros lectores saben, tiene a la vez elementos mágicos pero a la vez otros apegados a la inmediata realidad. Así, en el cuento pasamos sin notarlo de la descripción intrascendente a lo grotesco y estrambótico. Bien, me estoy poniendo académico (o estupendo): no posterguemos más el comienzo y dejemos al lector que juzgue por sí mismo este cuento que sabrá satisfacer sus pesadillas, dudas e ilusiones de aquí al 20 de diciembre.

Érase una vez un comité electoral de un partido que se llamaba, además por antonomasia, el Partido. Tal denominación hacía que dentro de su organigrama se produjeran toda clase de dilogías, duplicaciones y juegos de palabras que llevaban a la confusión o al humorismo fácil. El mayor de los problemas lo sufrían las secretarias y recepcionistas, que nunca asimilaron aquel saludo telefónico de “¿partido Partido, qué desea?”  Andaba en estas cuitas cotidianas todo el staff cuando un joven príncipe de sonrisa facilona, aseado aspecto por su condición de imberbe o barbilampiño, atravesó valles, ríos y montecillos, hasta que golpeó el llamador de la sede del Partido Partido con ese ímpetu que caracteriza a los jóvenes de otras tierras: “Amados súbditos, vengo a ser vuestro diputado”. Con estos mimbres y con este príncipe electo, se apoderó del comité pertinente tal obsesión y denuedo por hacer tragable al personaje, que no faltaron actividades, calendarios y toda suerte de bailes y jaranas. A toda costa había que hacer al joven príncipe digno heredero de su reino y esto requería, como decían los expertos, inmersión total o lo que por estos pagos se conoce como “abulensización”. Aprendió el hombre a dar vueltas a la muralla, se puso un chandal en los paseos dominicales, acudió como a tres novenas y se esforzó en la laboriosa tarea de comer pipas y lanzarlas hasta el suelo sin mancharse el traje. Paseaba por aquí y por allá con sonrisa helada de invierno sin olvidar la bolsa de pipas que su comité le puso en uno de los bolsillos del terno para dar cuenta en cualquier circunstancia del ascendente grado de asimilación que iba logrando el personaje. Tanto se obsesionó el príncipe del Partido Partido por su aceptación que a la vez que tendía una mano blanda repetía como un mantra, soy de aquí, soy de aquí… Pasaron los días y el príncipe azul continuó adquiriendo costumbres y tradiciones. Sabido es que la gente de provincias desconfía, que los viillancicos iban ya desafinando en las zambombas, y sin darnos cuenta nos llegó de sopetón una jornada fría de un 20 de diciembre en la que…

Amigo lector: el invierno ha llegado, Holanda ya se ve, ya vienen los Reyes Magos, hacia Belén va una burra, y le entrego, por ello, este cuentecito inocente para que ponga cada uno el final que corresponda. Y allá cada cual si cree o no en príncipes azules.


David Ferrer 


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