martes, 29 de diciembre de 2015

Insoslayable

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 29 de diciembre de 2015 dentro de la columna Club Diógenes)

La celebración del nuevo año (con su correspondiente despedida del año viejo) es, a todas luces, una festividad insoslayable, adjetivo que se define como aquello de lo que resulta imposible escapar ya te marches al hemisferio opuesto, o a las más remota de las latitudes. Si uno viviera en Sevilla huiría de su Feria de faralaes y peinetas como alma que lleva el diablo; en Pamplona alquilaría mi casa en sanfermines y no digo ya nada de otras festividades ruidosas o pringadas en salsa de tomate. Cualquiera puede evitar una tamborrada, una suelta de vaquillas, los cohetes subvencionados de ciertos barrios abulenses o hasta esa boda relamida para la que siempre hay una excusa con gesto falso de desdicha. No hay fiesta pública o privada, como decía, en la que uno no pueda ostentar el sano y gozoso privilegio de no acudir a algo porque no apetece o no te da la gana. Para casos extremos, una conveniente llamada de móvil, un congreso imaginario o unas obligaciones profesionales te salvan siempre de cualquier celebración no deseada.

Nada de esto sirve en la nochevieja. La cosa en sí comienza en la tarde cuando se van sucediendo mensajes absurdos en el whatsapp de gente a la que nunca saludas y que sin pudor te desea futuros imposibles. Cosas fáciles, como que tengas mucho éxito (en qué se pregunta siempre uno), que te toque la lotería en el nuevo año (harto difícil para quien nunca juega), que te cases (Dios no lo quiera), que tengas ya un hijo (que los santos tampoco lo permitan), en fin, deseos vitales sencillos de transmitir y desear en la manera rápida que ahora permiten los programas de mensajería gratuita. A la gente le da también por hacer públicos ciertos propósitos (igualmente absurdos) para el nuevo año, la mayoría de los cuales sospecho que van declinando según transcurre la cuesta de Enero. Esa complacencia es inversa pero paralela en el tiempo a la de esos señores mayores que a finales de enero continúan por la calle con la cantinela de “feliz año” cuando te los cruzas. Feliz año el 7 de enero; feliz año el 15; feliz año hasta el 29 de enero. Si la nochevieja y el cambio de calendario se prolongan durante ese tiempo, los preparativos y prolegómenos son igualmente intensos por lo que en semanas previas (vía redes sociales) te toca opinar sobre el posible vestido, la combinación de este con tales tacones o acerca del mejor sitio para pasar la noche. Preguntarle esos detalles a un tipo como yo, que detesta esta celebración anual, resultaría equivalente a incorporar a un miembro del partido animalista en el jurado de taurinos que decide la mejor faena para San Isidro.

Así las cosas, no les deseo nada en este año que se acerca. Sigan leyendo, salgan a hacer deporte y disfruten de sus paseos y de los viajes programados o de aquellos improvisados. Tengan hijos si les apetece o no los tengan, si así es su deseo. Pero hagan algo, como si el 2015 no hubiera terminado.


David Ferrer

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