martes, 13 de diciembre de 2016

Sólo hechos

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 13 de diciembre de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)





Apareció al fin este tomo de los diarios de Andrés Trapiello hace escasas semanas y los fieles lectores respiramos aliviados. Nótese el adjetivo y el sustantivo con que se define aquí a este particular gremio: son de una fidelidad inquebrantable y, lo más bonito, es que además son buenos lectores. Parece un pleonasmo, una verdad de perogrullo, pero ha de constatarse que tal grupo de solitarios lectores son, eso mismo, lectores. No otra cosa. Ni fans ni meros aduladores. Así que estos apasionados de AT, acostumbrados a una maléfica demora, llevaban ya un tiempo preguntándose entre ellos si acaso este año no aparecería el volumen correspondiente (¡el número 20!) y se sabían contagiados de una pequeña angustia, ya en los encuentros, en los foros o en las redes sociales, que es hoy en día donde se aplican los termómetros existenciales, que diría algún periodista. En temporadas anteriores la pregunta se limitaba al dato de si este año quizá se olvidaría Trapiello de su diario. Pero como los buenos padres con sus hijos díscolos, allí estaban los fieles lectores a disculpar hasta la última falta: no tendrá tiempo el pobre hombre, bastante trabajo ha tenido ya con el año de Cervantes. Como se trataba de comentarios dichos o escritos a través de las redes sociales, imaginábamos los gestos de estos admirados letraheridos: arrugarían levemente los labios, bajarían la mirada y con un arquear de los hombros dirían lo que todos pensábamos: si no sabemos como puede tener vida este hombre, con las conferencias cervantinas, su Quijote remozado, sus artículos… Esto no es vida, pensaría alguno, quizá recordando aquel cuento popular de los dos zapateros remendones.

Lo que ocurre, sin embargo, es que lo ofrecido por Andrés Trapiello en cada uno de sus diarios es la vida, la pura vida. Otros lectores, de esos invisibles que no son fieles a nada, o los del tipo discontinuo, me preguntan a veces qué encuentro en esos tomos tan bellamente cosidos, compuestos, impresos y encuadernados. ¿Qué tienen esas casi quinientas páginas para que te lances a la librería el mismo día en que aparecen? Muchas veces no siento necesidad de responder pues la respuesta habría de ser larga y llena de justificaciones que el otro, poco atento lector, no comprendería. Lo que ocurre es la vida sin más, sólo que la literatura te presta otros ojos, los del novelista para verla. Pero como vivimos tiempos, fruto de las redes sociales de nuevo, en los que prima la inmediatez frente a la distancia, no resulta a veces clara esta respuesta. El tomo de este año lleva el título dickensiano de Sólo hechos, y recoge acontecimientos del año 2006. ¿Mucho tiempo? Quizá eso tampoco importe. El propio Dickens recomendaba en otra ocasión que “nunca te fíes de la apariencia, sólo de la evidencia. No existe para la vida mejor regla”. Así que si usted es de esas personas que todavía valora la observación, éste es su libro para estas navidades que ya se acercan. Para usted, o para algún hermano, sobrino, primo, tío o cuñado (incorpórese en estos nombres también el femenino). Me atrevo a recomendárselo. Por si necesita los datos para el acongojado librero: Andrés Trapiello. Sólo hechos. Editorial Pre-textos, 2016. 453 páginas. 29 euros. Y si es de los que buscan por su cuenta, preste atención al volumen más bello de toda la librería. Y feliz lectura.

David Ferrer



martes, 15 de noviembre de 2016

Alma mater

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 15 de noviembre de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

Cualquier alumno actual o que haya cursado durante la última década sus estudios en la Universidad de Salamanca conoce bien esa pestaña destacada de su web que señala claramente “mi Usal”. De manera sentimental, podemos decir que ese posesivo crea familiaridad, conexión y pertenencia. Pero en un sentido ya más práctico, para cualquiera de esos alumnos pulsar click en la mencionada pestaña es adentrarse en la expectativa de los temidos o esperados resultados académicos de cada convocatoria. Mi Usal me dice si he aprobado, mi Usal me dice que debo ir a la segunda convocatora, mi Usal me indica que debo libros en la biblioteca o si estoy al corriente de los pagos, mi Usal me desespera porque el profesor correspondiente no ha colgado aún las notas… Los ex-alumnos más antiguos de la Universidad recordarán, sin embargo, cómo esta comprobación de los trámites era antaño presencial aunque en ocasiones igual de exasperante, según los casos: los enormes listados o la recogida de papeletas en los cubículos de los bedeles suponían un trance que dejaba en estado tembloroso al más tenaz de los estudiantes. (Ya en mis años iniciales de estudio, mi padre me advertía, con esa característica ironía y a la vez con su innata sabiduría, acerca del curioso poder que tenían los bedeles en las universidades).

Todos somos conscientes de los problemas de los que adolece la universidad española y de los que no escapa una institución centenaria como es la Universidad de Salamanca. Y aunque todos nos quejemos de esos fallos, de las adaptaciones demasiado lentas o de determinados  vicios académicos que aún persisten, es cierto que quienes hemos estado vinculados a esta universidad durante diversas etapas de nuestra vida hemos celebrado con alborozo los pequeños progresos que con el devenir de los cursos se han ido produciendo: la mejora de la web, los avances y éxitos del Centro de Investigación del Cáncer, las ediciones de la Universidad, el préstamo interbibliotecario, el Premio Reina Sofía de poesía, el nuevo y magnífico edificio que acoge la Escuela de Doctorado, las espléndidas instalaciones (por desgracia, algo vacías) de la Escuela Politécnica de Ávila y otros muchos avances.

La vinculación universitaria, ese lazo sentimental que te une a tus estudios y a tus raíces intelectuales, se conoce en el ámbito anglosajón como “alma mater”. El diccionario de la Real Academia lo define como “madre nutricia” y lo declara sinónimo de “universidad”. La maravillosa Encyclopaedia Britannica señala esto como un motivo de orgullo para aquellos que especialmente proceden de Oxford, Cambridge, Yale o Harvard. En España somos poco dados a presumir de nuestras raíces, y más en un tiempo en el que la gente presume de extasiarse con determinados programas televisivos de consumo musical facilón y tachan de soberbio o elitista a quien lleva a gala sus verdaderas aptitudes o progresos intelectuales. En poco más de un año la Universidad de Salamanca conmemorará sus 800 años de existencia: del 1218 a 2018. Las cifras ya lo dicen todo y yo lo celebro, como corresponde. Se trata de mi USAL, mi alma mater. 

David Ferrer




lunes, 7 de noviembre de 2016

Rey de picas: más de lo que parece.

Lo que nos ofrece la celebérrima escritora estadounidense Joyce Carol Oates en su nueva entrega resulta, analizada a fondo, una pieza magistral de ingenio y de juego lector: la pieza del puzzle que ha de buscarse antes de caer en esa típica actitud que reniega de lo fácil. No niego que esta nueva novela que acaba de publicarse en castellano en el sello Alfaguara / Random House sea fácil en cuanto a la lectura: de hecho, en mi caso, la he devorado en dos días y, creedme, no soy de los que frecuenta ni los best sellers ni esos tomazos de verano que la gente absorbe cual jarra de gazpacho. La novela se lee rápido porque es interesante, porque es un juego sutil que nos invita a la continuación y porque nos obliga, como lectores, a desentrañar con habilidad sus recovecos. Dicho esto, y reitero, habrá lectores para los que la Oates ha lanzado al mercado un producto menor, algo de consumo. Y, en efecto, dos aspectos juegan en su contra: el primero es externo y reincidente: hablamos de la eterna candidata, junto a Murakami al Premio Nobel. En segundo lugar, quizá por razones publicitarias, la traducción española de Jack of Spades se publica con el subtítulo de "una novela de suspense". Y ya sabemos que para algunos lectores, conspicuos y puristas, la novela negra y de suspense es síntoma de debilidad y baja literatura. Los pobres.

(sigue abajo)

Rey de Picas




Sin embargo, creo que Joyce Carol Oates juega incluso con el género y no gustará tampoco a los puristas de la novela negra. Asumimos desde el comienzo el juego de espejos, la tradición cervantina del marco y del narrador que se lee a sí mismo, así como los homenajes implícitos o la ironía hacia escritores consagrados, sean éstos vivos o muertos. Rey de picas tiene como protagonistas secundarios a Edgar Alan Poe y a Stephen King, lo que implica un hilo de influencias de más de dos siglos. El autor-protagonista, masculino (importante recalcarlo) de esta novela, Andrew J. Rush, y a su vez narrador es, asimismo, autor secreto con el nombre de Rey de Picas. Tras una inesperada citación en su contra con acusaciones de plagio y de allanamientos, su vida se trastoca y, lo que es más importante, el producto de su trabajo literario. ¿Dónde acaba Andrew y dónde empieza Rey de Picas? Esta trama de suspense es, en todo caso, una magnífica oportunidad que a la autora le sirve para analizar los límites del estilo y las relaciones entre vida y literatura que tanta polémica han suscitado recientemente con el caso de Elena Ferrante. Pero aún hay más en este juego. La autora ha decidido servirse de un protagonista masculino que cercena literariamente las apetencias intelectuales de su esposa, dedicada ya sólo a modestas clases, a un supuesto amante y a la pintura de unas acuarelas. Andrew Rush se convertirá en el protagonista actualizado de El gato negro de Poe pero, asimismo, en la nueva versión de Jekyll y Hyde, el bien ordenado frente a la mentalidad perversa y agresiva.

En Rey de picas hay, por último, un homenaje a esos escritores a los que se tiende a ridiculizar por ser superventas pero, al mismo tiempo, a los anónimos y vencidos escritores provincianos; a las bibliotecas particulares, a los pequeños fracasos. Es la historia de nuestras vidas: todos hemos soñado con ser grandes escritores y nos hemos conformado, finalmente, con ser grandes lectores.

David Ferrer.

Joyce Carol Oates. Rey de picas. Una novela de suspense. Traducción de José Luis López Muñoz. Alfaguara. Random House. Barcelona, 2016. 18,90€

martes, 18 de octubre de 2016

Da lo mismo hacia atrás o hacia adelante

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 18 de octubre de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

Por esas curiosidades tontas que te llegan mediante las redes sociales, se me invitó mediante una aplicación online a conocer quién habla ganado el Premio Nobel de Literatura el año que yo nací. Tampoco es que me importara gran cosa: a fin de cuentas ese año, en mi calidad de tierno bebé, yo era un lector nulo y la noticia poco había de importarme. Aún así, como hoy en día la curiosidad se satisface a golpe de click, obtuve la rápida respuesta de que en tal año (no diré cuál, investíguenlo ustedes), el galardonado fue un tal Patrick White, australiano, blanco y autor de una docena de novelas de las que no me sonaba ni un título. Como, al igual que en los concursos televisivos de media tarde, el error o la ignorancia permanece indeleble como una mancha malsana, tiré del hilo y me puse a curiosear sobre años posteriores en los que mi conciencia literaria (infantil, juvenil o adulta ya) se hubiera acrecentado a la par que se sucedían estos reconocimientos tan suecos. Me gustó alguna cosa de Saul Bellow; soy un apasionado de la etapa inglesa de Canetti; no he leído nada de Milosz; las historias africanas de Soyinka me daban algo de pereza; Derek Walcott me parecía algo desmesurado; a Dario Fo, recientemente fallecido, nunca me lo pude tomar en serio; de Saramago unas cosas mucho, otras más bien nada; de los chinos u orientales no me acuerdo ni de su nombre impronunciable; a Vargas Llosa lo tenemos hasta en la sopa; y de Bob Dylan guardo algunas cosas en la sección de vinilos…

Si la moviola la hacemos retroceder, piensa uno que la cosa irá mejor, acaso por esa pátina que otorga el tiempo, o por el fundamento que se sustenta con el nombre de los clásicos: así, la investigación tampoco fue mejor en los años anteriores a mi nacimiento. De la norteamericana Pearl S. Buck leí una cosa cursilona, que compré hace años en la sección de best sellers de una estación; de Echegaray para acá abundan una serie de nombres extrañísimos de los que no podría ni citar una obra en un examen con chuleta; el hecho de que aparezca por allí Churchill le da a la literatura esa juguetón envalentonamiento inglés de mezclar el whisky con la soda; hay al menos tres poetas a los que adoro por causas diferentes (Quasimodo, Juan Ramón y Eliot). Pero también aparecen Benavente o el pesado de Sartre…


Así las cosas, en estas disquisiciones y juegos nos hemos pasado los últimos cinco días. Si mirábamos hacia atrás nos producía una risa contenida que en ocasiones se teñía de gestos de solemnidad como cuando nos toca dar un pésame. Mas si mirábamos hacia adelante y hasta nuestros días, la risa era aún más floja, con la diferencia de que hemos podido vivir en directo la experiencia excitante y a la vez jocosa de saber a quién le caía cada año el Premio Nobel de Literatura. Como de los de economía, de la paz o de la química apenas entiendo (aunque sospecho cosas), creo que en el caso que nos ocupa, no ha habido mejor colofón que el hecho de entregárselo a un ser antipático y plúmbeo como Dylan, Robert. Las broncas y los debates por esta causa han sido en todas las redes y medios memorables. Los posicionamientos (palabro muy usado hoy en día por nuestros políticos) han sido tajantes y de gran afectación. Pero la risa, ese objetivo olvidado de la literatura, la risa, no nos la quita nadie. Ay, la risa. 

David Ferrer



martes, 12 de julio de 2016

La ciénaga

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 12 de julio de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

El Diccionario de la RAE afirma que una ciénaga es “un lugar o paraje lleno de cieno o pantanoso”. Sin embargo, suele utilizarse este vocablo con connotaciones negativas y despectivas diferentes para las que sería mejor usar muladar, estercolero, escombrera o pozo negro. En resumen, un lugar concreto hacia donde van todos los desechos, fluidos o materiales inservibles y de aspecto insalubre o no agradable. Hace pocos días, en cualquier caso, pasé diez horas en una ciénaga. Hablo, como siempre, de manera metafórica y tampoco el tiempo es exacto. Se trata, sin más, de las horas que tardé en abrir y clausurar una cuenta de Twitter y otra, asociada a ella, de Periscope. Como una columna de prensa ha de ser lo más didáctica posible, creo que no es necesario explicar aquí en qué consiste esa veterana red social, aunque la segunda es bastante menos conocida: en Periscope, al margen de lo que retransmitan algunos famosillos, uno puede observar lo que hacen y dicen unos cuantos patanes, conocer exactamente su ubicación, introducirse gracias a la retransmisión directa en sus habitaciones, alcobas o salones y hacerles preguntas. Y usted, si tiene una cuenta de Periscope, puede hacer lo mismo. En definitiva, como en esa frase que se atribuye a Warhol, lograr de manera instantánea sus quince minutos de fama.

Uno ha probado desde hace casi veinte años todas las redes sociales: algunas han ido desapareciendo, otras se han quedado obsoletas y, por último, se han descartado por pudor o decencia otras cuantas. No es malo comunicarse por esas redes pero es cierto que algunas de ellas, como los casos de Twitter y Periscope, traspasan la mera intención comunicativa para convertirse a menudo en una ciénaga, un estercolero, un muladar, y a sus usuarios en violentos y peligrosos desechos. Así que, en esas diez horas que mantuve una cuenta abierta, observé en primer lugar el aburrimiento. Este sopor, este tedio, questa noia mortale de nuestro tiempo, que diría el gran Franco Battiato, es a la vez el síntoma y el destino de sus usuarios: se tuitea  o se hace un Periscope, exponiendo tu cuerpo, tu intimidad y hasta tus pertenencias, porque se aburren. En segundo lugar, la inmediatez del éxito (un simple mensaje nimio puede llegar a miles de usuarios o una pequeña retransmisión congrega a cientos) hace envalentonarse a los que nunca pudieron ni tuvieron nada que decir. Nada, porque se aburren. Y en esas diez horas de mi efímero Twitter vi incubarse allí, como el huevo acelerado de una serpiente, el germen del tedio, del odio, del fascismo, de la mala educación y del desprecio, todo ello, por supuesto, en diversos grados, dependiendo del quién y del cómo. 

Me cuentan, porque uno ya está fuera, que Twitter se ha llenado estos días de mensajes virulentos de odio e inquina alegrándose de la muerte de un torero acaecida hace escasas horas en Teruel. Así es eso: ni reflexión ni pudor ni empatía. Como decía Umberto Eco tenemos herramientas extraordinarias que están en poder de unos monos que se creen personas. Sí, habrá gente allí también con sagacidad y con ingenio pero son los menos. Mejor quedarse con un libro. También los hay buenos y malos pero sus efectos negativos, cuando existen, son mucho menos inmediatos. Y los positivos, rapidísimos. 


David Ferrer



martes, 14 de junio de 2016

Exámenes

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 14 de junio de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)



¿Recuerda usted la última vez que se examinó? ¿Sueña a veces, con satisfacción o bien en pesadilla, con aquel examen de la carrera, de conducir, de una oposición? Tal vez en el fastidio reiterativo del trabajo, añore algo de aquella época, los madrugones, los repasos de última hora y la preparación vespertina de los bolígrafos, como si fueran armas de combate. O tal vez considere que aquello pertenece ya a una época y que mejor así, para que permanezcan custodiados los momentos de exámenes en un oscuro rincón de la memoria. Ahora mismo, cuando usted lea este artículo, muchos de nuestros jóvenes, en Ávila, en Castilla y León, o en otros lugares, están examinándose, pero literalmente. A la antigua: con la soledad de una mesa corrida y un papel, que a veces se hace demasiado largo, y un bolígrafo, que casi nunca escribe bien. Se trata de aquellos estudiantes, una generación de nacidos en el 98 y que, como aquel grupo literario,  tal vez no tengan tampoco conciencia generacional, al margen de las etiquetas de “millenials” que les otorga la red y ciertos periodistas. Pero ahí están ahora mismo: los últimos de la selectividad, de las pruebas de acceso a la universidad, esa llave o puerta falsa para un futuro inmediato, tras la que casi nadie queda satisfecho. Quizá usted (y eso es síntoma de edad, no lo dude, compruebe las arrugas, el peso o las canas), piense que su selectividad fue mejor, o que era más difícil por entonces. Quién sabe. Uno siempre piensa que su examen de conducir fue lo más perverso que le ha sucedido en la vida y que su bachillerato estaba unos cuantos niveles por encima. Pero no se acongoje por eso, ya le digo, esas son cosas que se piensan siempre, como un tópico que se retoma. Los profesores de los años 50 se quejaban de sus alumnos y decían que antes de la guerra se estudaba mejor; y los de finales del XIX echaban la culpa de tan malos resultados a la abundancia de las novelas sentimentales: leer a Galdós, a Dickens y a Flaubert era muy malo. Se echa ahora la culpa a internet, a los móviles, a las redes sociales y, en breve, se cargarán las tintas contra la tecnología punta de los ulltimísimos relojes. Pero esto siempre ha sido así: la búsqueda de una excusa para establecer una comparación de la que salgamos vencedores. Así de cruel resulta para todos el paso del tiempo.



Pues bien, ahora mismo, muchos alumnos (con sus vaqueros rotos, sus camisetas, sus iPhones y sus shorts) ponen sus esperanzas en un folio en blanco y en unas preguntas salvadoras. Tal vez, como ya sabemos, su vida no cambie demasiado: la nota no alcanza o se conformarán con estudiar lo que les pille más cerca. Para otros, con mayor éxito, será la puerta de entrada para la medicina, la filología, el arte, el derecho o la sociología. Y dentro de veinte años, cuando las nuevas generaciones no sepan qué significa la selectividad (igual que ahora, por fortuna, muchos no saben qué era la “mili” o la prestación social sustitutoria), dirán que aquellos exámenes que realizaron en junio de 2016 fueron los más complejos y exigentes de la historia. Y habrá por entonces otros ocho sistemas educativos, 17 modelos de examen y una nueva generación de estudiantes, jóvenes aunque sobradamente preparados. Lo que no cambiarán serán los políticos: esos que deciden el sistema y que se examinan también el 26.  Como ahora,  y como en el futuro, seguirán siendo igual de inútiles y, si acaso, algo más idiotas. Para que nada cambie.

David Ferrer



martes, 17 de mayo de 2016

Ha venido; aquí esperamos.

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 17 de mayo de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

Hace ya unos meses, cuando se enteró de la noticia, Jordi se dispuso a revolver entre los vinilos de su padre, aquellos que escuchaban con solemnidad en las tardes de sábado, y desempolvó al fin aquella carátula que mostraba a un joven de vaqueros gastados frente a una bandera estadounidense; Mónica ya lo presenció hace unos años pero ahora es ciertamente otra mujer, con dos hijos muy guerreros a los que tendrá que atender su madre en el día indicado; Lucía es nueva: lleva un par de años de carrera y siempre le habían hablado de la explosividad de estos conciertos, de su duración, aguante y de la comunión con quienes parecen súbditos, ya veteranos, ya neófitos. Su novio le ha regalado un par de tickets por su 20 cumpleaños; Mark ha comprado su vuelo desde Londres: sí, es cierto, como le reprocha su madre, que va a poder verlo en unas semanas en Inglaterra, pero, bien lo sabe, la fuerza de este hombre en España es ya legendaria, y los vuelos de bajo coste ponen Barcelona a tiro de piedra; algo parecido le pasa a Valentina, con su espigada figura milanesa y sus rizos rubios: unos días en Madrid con concierto son el colofón perfecto para un año marcado por intenso estudio; David se fue hasta Nueva York hace unos meses para un solo fin de semana: unas cuantas horas y miles de millas de vuelo y se encontró allí con Marta en una gélida noche invernal donde el rock deshizo la nieve de la costa este americana. Volverá a Madrid y a algún otro destino; Anderson es, como los generales de las viejas guerras, algo descreído pero quiere de nuevo intentarlo: él estuvo siguiendo las giras de los 80 y los 90, las del bronco y musculoso héroe de las clases populares, y ahí sigue al pie de la trinchera. Ha contado las entradas: será su concierto número 34; Alvaro ya es un adolescente pero recuerda cuando el propio jefe lo sacó a cantar un estribillo en un concierto y lo vio todo un estadio. Sabe que el milagro no volverá a repetirse pero allí estará con sus padres y sus hermanos pequeños, que comparecen por vez primera; y hay muchos más, anónimos y trabajadores, famosos, tímidos o audaces; experimentados que conocen el primer acorde y duros de oído que chapurrean los estribillos; los que buscan su camiseta más antigua, señal de una existencia, o los que llevan un par de semanas memorizando unas canciones; los que han aparcado este año unas vacaciones placenteras de sol y playa y las cambiaron por aviones de bajo coste, hotel urbano y asiento reservado en San Siro, en el Bernabeu, en Anoeta, en el Camp Nou o en Wembley; los que han dicho que este año ya no, pero aún así han vuelto. Los que suspiran porque les cante I´m going down o estrene una rareza, aunque sea en homenaje a otro artista. Los que simplemente sueñan.

Bienvenido, Bruce Springsteen. This land is your land. Esta tierra es tuya, y nosotros, tantos, disciplinados, esforzados y tan variados, somos una vez más tus felices soldados. 

David Ferrer




martes, 19 de abril de 2016

Bienvenido, pingüino

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 19 de abril de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

 Permítanme que escriba hoy un artículo inusual, tal vez anodino para esta columna, irresponsable y desenfocado para la que está cayendo. Hoy hablaré de pingüinos. Soy así, me gusta mirar a los márgenes cuando otros miran al centro o establecer mi centro cuando otros se acomodan en la periferia.  Me aburre, por más que haya que hacerlo, hablar de los politiquillos o banqueros que usted y yo conocemos, del desgobierno y tantas otras cuitas. Uno, qué lo vamos a hacer, tiene sus querencias, sus manías y vuelve siempre a lo mismo.

 Para mí un pingüino tiene olor a polvo, a viejo papel que amarillea por los efectos inevitables del tiempo y la lignina, a cubiertas anaranjadas que van cuarteándose en las estanterías. Los pingüinos son momentos pasados con Dickens, con Chesterton, con D. H. Lawrence, con el Conan Doyle de Sherlock e incluso algún con algún quijote en lengua inglesa, si me permiten la irreverencia. Un pingüino es un Shakespeare al que se le han caído ya unas hojas porque el paso de los años desteje la memoria y juega con los hilos de las encuadernaciones perdiendo graves palabras pronunciadas por Hamlet u Ofelia. Un pingüino es ese libro que ya has revisitado y por el que ya no volverás a transitar pero que ejerce la imponente labor de guarda jurado y sostén de tus estanterías. Un pingüino es un clásico, un logotipo en blanco y negro con los brazos (¿o son alas?) despegados del cuerpo y el pico enarcado con juguetona solemnidad. Un pingüino…

 Un pingüino es, supongo que ya lo han adivinado, Penguin Books, la gloriosa colección de libros populares surgida en la Inglaterra de entreguerras como un antídoto ante la escasez de volúmenes duraderos, baratos e intelectualmente provechosos. Los primeros libros de la colección se imprimieron en 1935. Son varias las causas de su éxito: su precio, el hecho de que haya sido siempre una colección desordenada (no hay cosa que le fascine más a un inglés que algo que le saque de sus casillas) y sus cubiertas sencillas pero visualmente atractivas con ese pajarraco que le da título sobre fondos chillones anaranjados. Con el tiempo, su catálogo se fue poblando de clásicos, novelas de intriga, libros de filosofía, manuales o antologías. Y por aquí, salvo cuando venían de importación o los traíamos de Inglaterra, no le veíamos el pico a un pingüino.

 Hace menos de dos años el poderoso grupo editorial Random House Mondadori lanzó al fin en castellano la colección Penguin clásicos. Y no lo ha hecho con uno o dos ejemplares sino que se ha cuidado de conquistar toda la historia de la literatura. Toda. Sin numerar, pero con acabados ya más cuidados que en su patria de origen, nos llega una Armada Invencible a la inversa en la que navega un tropel alucinante de clásicos a precios imbatibles. Contra estos no podremos luchar. No son molinos, verdaderamente son gigantes. Así que será mejor rendirse en la batalla y en el ya cercano Día del Libro (o día de Shakespeare o Cervantes), regálese o regale un pingüino en su librería. Bienvenido al fin, pingüino.

David Ferrer




martes, 22 de marzo de 2016

¿Poesía que vende?

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 22 de marzo de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)


“¿Nos puede decir dónde está la sección de poesía?” Hace escasos días tres adolescentes, tres, se dirigían así al encargado de libros de unos grandes almacenes. Tras años escuchando, como si fuera una salmodia o un tópico ya consolidado, mensajes del tipo “la poesía no vende”, “no interesa”, “es muy minoritario”, “no interesa a las nuevas generaciones, que son sólo digitales”, sentí el deber patriótico, a la vez bibliófilo y curioso, de saber qué leían o buscaban con tanto interés estas tres jóvenes. Apostado tras una estantería, como quien estuviera espiando una infidelidad matrimonial o el esclarecimiento de un secreto de estado, observé a las tres ninfas y vi que, en efecto, se llevaba cada una de ellas el libro de una joven escritora de poemas llamada Loreto Sesma, publicado por Espasa (creo que lleva ya dos o tres ediciones). Lo narrado, además de ser real y, por lo que parece, no infrecuente, hubiera sido anecdótico y toda una rara extravagancia en años o décadas anteriores. Pero, según consta, hay grupos de jóvenes, entre post-adolescentes y universitarios, que acceden ahora a leer entre versos y, más raro aún, los compran. ¿Qué ha ocurrido, pues, para que la poesía se haya colado de esa manera en el corazón lector de una generación que tiene menos de 25 años? 

Ayer conmemoramos el Día Mundial de este género, la poesía, si bien es esta otra de esas fechas simbólicas que sólo dan para una pequeña referencia en los telediarios. Es cierto, como advertí al comprobar lo que compraban esas jóvenes, que todo puede ser una moda, y que la elección de los autores a los que leen no va por las líneas marcadas por los cánones o las historias de la literatura. Estos grupos de lectores casi adolescentes se inclinan por autores igualmente muy jóvenes, en especial mujeres, que aportan una línea fresca de escritura muy cercana a los blogs, a las sensaciones de instagram, a las cuentas de youtube y a la canción indie; su léxico es abierto, y transita entre le metáfora y la conversación directa sobre sexo y fracasos amorosos. Tener su libro es el premio a la espera de poder escucharlos en directo en cafés o bares de copas, cuyos recintos se llenan, a la vez que las cuentas de Facebook y las carpetas reales y virtuales de sus seguidores se ilustran con versos. Y en cuanto a tales lectores, que se abstraen y arrebatan leyendo a estas nuevas promesas llamadas Loreto Sesma (de 1996), Elvira Sastre (nacida en 1992), Irene X, Diego Ojeda o Marwan (estos últimos también cantautores), yo no sé si darán el salto y seguirán leyendo a autores mayores o ya consagrados. ¿Llegarán desde aquí a Gil de Biedma o a Cernuda? ¿Seguirán un camino de profundización que les lleve hasta Leopardi? No sé, por ello, como señalaba, si este fenómeno de ventas es sencillamente una moda pasajera o sucede que, en tiempos de desventuras digitales, la lectura del verso en papel ha venido de nuevo para quedarse.

Desde hace unos años los políticos y sus asesores han conseguido, y pese a la labor de algunos profesores entusiastas, que la literatura haya quedado arrinconada en los programas educativos o que esta sea un mero apéndice memorizable con forma de cronología al servicio de otros contenidos absurdos, cuadriculados y repetitivos. No es que no exista una asignatura llamada poesía, sino que ni siquiera existe como tal una materia independiente que se llame literatura que enseñe al adolescente a soñar, a leer con emoción y a crear si fuera preciso. Quién sabe si este destierro es la clave del regreso. Lectores nuevos de nueva poesía por una nueva y genuina rebeldía.


David Ferrer






martes, 23 de febrero de 2016

Esa dorada erudición

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 23 de febrero de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

De manera silenciosa y discreta, se ha apagado en Milán Umberto Eco. Aunque no la mas bella de las ciudades italianas, la capital de la Lombardía es para mi uno de esos anclajes favoritos a los que siempre vuelvo y en donde en cada visita, con mi habitual curiosidad libresca y fetichismo cultural, buscaba yo siempre la figura del erudito profesor en las inmediaciones de su casa frente al Castello Sforza. Ilusionado siempre porque allí apareciera de repente con su cigarro y su sombrero, circunstancia que nunca se produjo, fantaseaba yo con una visita a su paraíso libresco que, según afirmó en ciertas ocasiones, albergaba no menos de treinta mil ejemplares de diversas épocas, valores y materias. Con Umberto Eco, mas allá de la popularidad cinematográfica de su conocida novela, se cierra un oficio filológico e historiográfico del que quedan ya apenas algunos nombres aislados (sir Roy Strong en Inglaterra y Francisco Rico en España, serían unos escasos ejemplos significativos). Su quehacer se basaba en la curiosidad total, dentro de ese humanismo que entronca claramente con el Renacimiento: cada pieza (sea esta un poema, un libro, una piedra o un cuadro) es un valor en sí mismo pero, al mismo tiempo, no se queda en un fin puesto que debe explicarse a la luz del engranaje de los siglos. Cualquiera de los ensayos de Eco, desde sus clásicos como Opera aperta, hasta los más recientes como esa deliciosa Historia de la fealdad, es la puerta de una muralla ante la cual el lector debe tomar decisiones intelectuales de calado y explorar, sin demora, los recorridos posteriores. La muerte de Umberto Eco coincide, desgraciadamente, con este declive europeo  que es antagónico a lo que él siempre soñó: una Europa cultural donde las raíces e influencias transitaban sin fronteras desde la novela gótica inglesa, la lógica sherlockiana, los roman de caballerías, el renacimiento del románico, las cuestiones aristótelicas, o los nimios detalles de una tabla flamenca. Todo eso era Europa para Eco y nuestra obligación como europeos conservarlo, definirlo y difundirlo.

A punto de terminar este artículo, me transmite Francisco Ruiz de Pablos, otro gran conocedor de etapas oscuras de nuestra historia, la muerte del Doctor Emilio Rodríguez Almeida. Al margen de la coincidencia temporal en el fallecimiento de Eco y nuestro arqueólogo, y de ese ya acabado buen vivir italiano (en este caso de Roma, donde estudió y gozó tantos años), Almeida pertenece por méritos propios a ese pedestal de la sapiencia y el humanismo que va resquebrajándose ante tanta estulticia, vaguería intelectual y desánimo que nos aqueja en estos tiempos. Como Umberto Eco, cada uno en sus propios campos e intereses, Rodríguez Almeida nos ha dado muestra oral y escrita de esa dorada erudición, a la que habrá que volver con veneración y orgullo si queremos que Europa de nuevo despierte. 


David Ferrer


martes, 26 de enero de 2016

Giovinezza

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 26 de enero de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)


“Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza” cantaba el amado y maldito D´Annunzio, ese autor protegido del fascismo pero del que nunca se fiaron del todo los lobeznos del Duce Mussolini. Recuerdo estos versos del incansable seductor italiano cada vez que visito la que fue su obra maestra: il Vittoriale, su casa rodeada de cipreses, de bibelots, inscripciones latinas y libros alemanes, de perfumes amargos, medicamentos ya venenosos y piedras antiquísimas, ese museo desbordante, en suma, y que ya en su propia época resultó exagerado hasta para el que voluntariamente decidió reposar allí, a la vista de las pacíficas aguas del Garda. Requiescat in pacem, giovinezza. Porque allí, donde inevitablemente se funden el frescor del lago y la canícula, el esplendor juvenil y la muerte, el deporte y la decrepitud se unen metafóricamente con invisibles lazos. Como ese poeta supo expresar, la giovinezza es una etapa en flor, primaveral, de duración incierta, que transcurre más allá de los vaivenes de la adolescencia y se prolonga hasta que el cuerpo aguante…

 No he visto aún la nueva película del pedante Sorrentino, estrenada en España hace escasos días y cuyo título original es precisamente Giovinezza. Pero anticipándome a su desarrollo, comprende uno el por qué de esta palabra que fue himno en tiempos pretéritos y oscuros y que no tiene traducción exacta al castellano. Hay algo obsesivo en los italianos del Norte (especialmente en género masculino) con este devenir de la vida. La giovinezza, en definitiva, se explica como un período y una pose que alcanza en su estética y planteamiento algo de pacto secreto, de amarre ilógico del que no queremos desengancharnos nunca. Nadie, que sepamos, aspira de manera consciente a alcanzar la madurez por lo que la postergación de su inevitable aterrizaje es precisamente lo que se conoce con tan lírico vocablo. 

 Trata uno a diario con adolescentes, los cuales no meditan acerca de la caducidad de su estado. Ni tienen por qué hacerlo. La giovinezza, por el contrario, implica ya un necesario estado de consciencia, en el que se vislumbran no sólo los prodigios de ese tiempo sino también la inevitable pérdida. En días pasados se ha fallado el Premio de poesía Jaime Gil de Biedma y Alba de la cercana localidad segoviana de Nava de la Asunción. Gil de Biedma, aunque de formación más anglosajona que italiana, comprendió a la perfección el drama de la giovinezza (envejecer es el único argumento de la obra…) Su pueblo, el lugar en el que pasó su adolescencia y donde está enterrado, concede anualmente un pequeño y dignísimo premio literario. Como en inesperado golpe de boomerang, la ganadora de este año ha resultado ser una inédita escritora joven de 15 años, Amanda San Román Sastre con un poema, inspirado en un personaje de Delibes, que es en realidad una reflexión sobre la muerte. Bienvenida seas. Es un soplo poético fresco que viene de donde menos lo esperábamos. Las estanterías de las selectas librerías están llenas ahora de jovencitas que agotan ediciones con libros inanes sobre copas, apuntes, tuits y besos. Y una adolescente nos escribe con una profundidad inusitada sobre Delibes y la muerte. Si así escribe ahora, qué no podrá lograr cuando alcance la giovinezza. Enhorabuena. 


David Ferrer.