martes, 23 de febrero de 2016

Esa dorada erudición

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 23 de febrero de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

De manera silenciosa y discreta, se ha apagado en Milán Umberto Eco. Aunque no la mas bella de las ciudades italianas, la capital de la Lombardía es para mi uno de esos anclajes favoritos a los que siempre vuelvo y en donde en cada visita, con mi habitual curiosidad libresca y fetichismo cultural, buscaba yo siempre la figura del erudito profesor en las inmediaciones de su casa frente al Castello Sforza. Ilusionado siempre porque allí apareciera de repente con su cigarro y su sombrero, circunstancia que nunca se produjo, fantaseaba yo con una visita a su paraíso libresco que, según afirmó en ciertas ocasiones, albergaba no menos de treinta mil ejemplares de diversas épocas, valores y materias. Con Umberto Eco, mas allá de la popularidad cinematográfica de su conocida novela, se cierra un oficio filológico e historiográfico del que quedan ya apenas algunos nombres aislados (sir Roy Strong en Inglaterra y Francisco Rico en España, serían unos escasos ejemplos significativos). Su quehacer se basaba en la curiosidad total, dentro de ese humanismo que entronca claramente con el Renacimiento: cada pieza (sea esta un poema, un libro, una piedra o un cuadro) es un valor en sí mismo pero, al mismo tiempo, no se queda en un fin puesto que debe explicarse a la luz del engranaje de los siglos. Cualquiera de los ensayos de Eco, desde sus clásicos como Opera aperta, hasta los más recientes como esa deliciosa Historia de la fealdad, es la puerta de una muralla ante la cual el lector debe tomar decisiones intelectuales de calado y explorar, sin demora, los recorridos posteriores. La muerte de Umberto Eco coincide, desgraciadamente, con este declive europeo  que es antagónico a lo que él siempre soñó: una Europa cultural donde las raíces e influencias transitaban sin fronteras desde la novela gótica inglesa, la lógica sherlockiana, los roman de caballerías, el renacimiento del románico, las cuestiones aristótelicas, o los nimios detalles de una tabla flamenca. Todo eso era Europa para Eco y nuestra obligación como europeos conservarlo, definirlo y difundirlo.

A punto de terminar este artículo, me transmite Francisco Ruiz de Pablos, otro gran conocedor de etapas oscuras de nuestra historia, la muerte del Doctor Emilio Rodríguez Almeida. Al margen de la coincidencia temporal en el fallecimiento de Eco y nuestro arqueólogo, y de ese ya acabado buen vivir italiano (en este caso de Roma, donde estudió y gozó tantos años), Almeida pertenece por méritos propios a ese pedestal de la sapiencia y el humanismo que va resquebrajándose ante tanta estulticia, vaguería intelectual y desánimo que nos aqueja en estos tiempos. Como Umberto Eco, cada uno en sus propios campos e intereses, Rodríguez Almeida nos ha dado muestra oral y escrita de esa dorada erudición, a la que habrá que volver con veneración y orgullo si queremos que Europa de nuevo despierte. 


David Ferrer


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