martes, 18 de octubre de 2016

Da lo mismo hacia atrás o hacia adelante

Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 18 de octubre de 2016 dentro de la columna Club Diógenes)

Por esas curiosidades tontas que te llegan mediante las redes sociales, se me invitó mediante una aplicación online a conocer quién habla ganado el Premio Nobel de Literatura el año que yo nací. Tampoco es que me importara gran cosa: a fin de cuentas ese año, en mi calidad de tierno bebé, yo era un lector nulo y la noticia poco había de importarme. Aún así, como hoy en día la curiosidad se satisface a golpe de click, obtuve la rápida respuesta de que en tal año (no diré cuál, investíguenlo ustedes), el galardonado fue un tal Patrick White, australiano, blanco y autor de una docena de novelas de las que no me sonaba ni un título. Como, al igual que en los concursos televisivos de media tarde, el error o la ignorancia permanece indeleble como una mancha malsana, tiré del hilo y me puse a curiosear sobre años posteriores en los que mi conciencia literaria (infantil, juvenil o adulta ya) se hubiera acrecentado a la par que se sucedían estos reconocimientos tan suecos. Me gustó alguna cosa de Saul Bellow; soy un apasionado de la etapa inglesa de Canetti; no he leído nada de Milosz; las historias africanas de Soyinka me daban algo de pereza; Derek Walcott me parecía algo desmesurado; a Dario Fo, recientemente fallecido, nunca me lo pude tomar en serio; de Saramago unas cosas mucho, otras más bien nada; de los chinos u orientales no me acuerdo ni de su nombre impronunciable; a Vargas Llosa lo tenemos hasta en la sopa; y de Bob Dylan guardo algunas cosas en la sección de vinilos…

Si la moviola la hacemos retroceder, piensa uno que la cosa irá mejor, acaso por esa pátina que otorga el tiempo, o por el fundamento que se sustenta con el nombre de los clásicos: así, la investigación tampoco fue mejor en los años anteriores a mi nacimiento. De la norteamericana Pearl S. Buck leí una cosa cursilona, que compré hace años en la sección de best sellers de una estación; de Echegaray para acá abundan una serie de nombres extrañísimos de los que no podría ni citar una obra en un examen con chuleta; el hecho de que aparezca por allí Churchill le da a la literatura esa juguetón envalentonamiento inglés de mezclar el whisky con la soda; hay al menos tres poetas a los que adoro por causas diferentes (Quasimodo, Juan Ramón y Eliot). Pero también aparecen Benavente o el pesado de Sartre…


Así las cosas, en estas disquisiciones y juegos nos hemos pasado los últimos cinco días. Si mirábamos hacia atrás nos producía una risa contenida que en ocasiones se teñía de gestos de solemnidad como cuando nos toca dar un pésame. Mas si mirábamos hacia adelante y hasta nuestros días, la risa era aún más floja, con la diferencia de que hemos podido vivir en directo la experiencia excitante y a la vez jocosa de saber a quién le caía cada año el Premio Nobel de Literatura. Como de los de economía, de la paz o de la química apenas entiendo (aunque sospecho cosas), creo que en el caso que nos ocupa, no ha habido mejor colofón que el hecho de entregárselo a un ser antipático y plúmbeo como Dylan, Robert. Las broncas y los debates por esta causa han sido en todas las redes y medios memorables. Los posicionamientos (palabro muy usado hoy en día por nuestros políticos) han sido tajantes y de gran afectación. Pero la risa, ese objetivo olvidado de la literatura, la risa, no nos la quita nadie. Ay, la risa. 

David Ferrer



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