martes, 19 de diciembre de 2017

Navidad vintage

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 19 de diciembre de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)





Aunque ya no nieve, al menos hasta la fecha en que se ha redactado este artículo, y los niños ya le escriban directamente la carta de peticiones de regalos al odioso fantasma sonriente  de Amazon, uno sigue manteniendo ciertas costumbres cuando se acercan estas fechas. La Navidad, ese maravilloso invento de DIckens, supone un juego de ilusiones que retrotraen siempre hacia el pasado. O lo haces como lo recuerdas desde hace treinta años o todo se convierte en una bufonada carnavalesca sin sentido. Comentando esto con una antigua alumna me dijo sutilmente que soy muy vintage. Dice el Oxford Dictionary que “vintage” significa “algo propio del pasado pero de gran calidad”. Ni tan mal. 

Pensaba en estas cosas mientras hacía cola en la oficina de Correos de la ciudad. En mi mano el paquete de felicitaciones autógrafas a la espera de su sello, algo que repito ya desde hace unos 25 años.  Esperábamos pacientes la cola de la estafeta: los presentes, en su mayoría malhumorados, aguantaban estoicamente su turno como el que espera recibir la sopa boba del hospicio, sin saber si le tocaría sólo el caldo de gallina o, como premio gracioso, el trozo de menudillo. Allí cada uno se entretenía en la demora como pudiere: jugueteando con su móvil, hojeando algún catálogo absurdo o dirigiendo la mirada al suelo, que es lo más común en estos casos. Lo curioso es que la mayoría acudían al lugar con las manos vacías, en la actitud de recibir y no de entregar, lo cual me reafirmó de nuevo, tal y como me habían etiquetado, en mi actitud vintage pues era el único que acudía con un manojo de sobrecillos llenos de encantadoras palabras, o al menos esa es siempre mi intención navideña postulante. Cuando uno hace cola, sea donde sea, se crea un sentimiento de hermandad en los pacientes: una mirada compasiva hacia el anciano que aguarda, una actitud misericordiosa hacia la madre que trata de sostener al ya fatigado retoño o un gesto de indolencia hacia la señora del perrito que también empieza a impacientarse (especialmente de su dueña, pesada como pocas). Así, en esta cola diversa, como la que nos espera en la entrada del Averno, pasábamos los minutos y casi la hora. Iban saliendo, sin embargo, estos compañeros de fatigas con las manos llenas. Portaba cada uno un paquete de la odiosa multinacional, ante lo cual parece que quienes no compramos a través de la compañía de Seattle, no sólo somos vintage sino que, seguramente, nos hemos convertido en la disidencia, la resistencia y la contracultura. Así que como consuelo pensé que, ahora que se premia todo, o la cárcel o una medalla nos espera por tal atrevimiento, seguro. Conseguí finalmente acceder al puesto de la funcionaria de Correos, que hacen una meritoria labor en estas fechas aguantando como pueden las prisas y los malos humos de los receptores de paquetes, y le pregunté si ya no existían sellos como los de antes, y no una etiqueta autoadhesiva con un código QR, como la que se estila ahora. La mujer se sonrió, no se sabe si por lo inesperado de la pregunta o quizá por lo vintage de la petición. Creo que las cartas salieron finalmente expedidas así que, amigos, no olvidéis abrir el buzón en estos días: el verdadero, no el del móvil o la aplicación de mensajería. Veréis allí un sincero detalle que va convirtiéndose en algo perecedero. Felices fiestas.

David Ferrer




martes, 21 de noviembre de 2017

El lapicero

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 21 de noviembre de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

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Algo tan sencillo como un lápiz, de materiales pobres pero nobles, como son el grafito, la arcilla, el aceite o la madera de cedro, va convirtiéndose en el símbolo de una época casi pretérita y agotada. Es lógico: nos vamos sirviendo de los avances y la capacidad de recordatorio, creatividad y almacenamiento que proporcionan los iPads, las nubes virtuales y los móviles. Nada hay de malo en este cambio, aunque nos cueste reconocerlo. Pero la nostalgia es ese muro defensivo que nos protege ante la gran goma de borrar que es el progreso y que va fagocitando sin descanso esos objetos que eran hasta hace poco tan cotidianos, a la vez que devora los lugares idóneos para su producción y su intercambio. El filósofo de los pequeños momentos, Walter Benjamin, dijo que “una época es más breve cuanto más se ajuste a las modas pasajeras”. La moda, ya lo sabemos, hoy dura dos días pero los lapiceros, las estilográficas, los biromes, los estenógrafos, bolígrafos y otros minúsculos utensilios de escritura suelen aguantar mucho más, pero se han vuelto inevitablemente inservibles y pesados. Tanto como el proceso de comprarlos. Mientras redacto este artículo, en un ordenador compacto de pantalla de alta definición y 21 pulgadas, trato de hacer memoria acerca de cuándo fue la última vez que afilé la punta de un lápiz o cuándo, por ejemplo, cambié los cartuchos o rellené los émbolos de las plumas estilográficas. Probablemente lo hice por rutina hace ya meses, recordando actividades que antaño eran cotidianas. Sí soy consciente, sin embargo, de las veces que he visitado una de esas papelerías a la antigua usanza, y lo recuerdo, precisamente, porque ese antibiótico llamado nostalgia, al que aludía antes, me hace revisitar esos lugares antes de que esa goma borradora (cabeza borradora, como diría el cineasta David Lynch) haya destruido su existencia para siempre.

Y así estamos, cada día, cada semana, ya cada año, entre la comodidad de los nuevos artefactos y la nostalgia apabullante de lo que nos lleva a la infancia. Entre la visita selectiva a la librería de siempre y la impersonal y mecánica compra online. Nuestra actitud de compradores contemporáneos es a la vez pragmática y suicida, de manera que quienes aún acudimos a los templos del papel somos una suerte de resistencia nostálgica, conservadora y descreída. Cada vez que un amigo o conocido me habla de las ventajas de ese horrible mundo paralelo llamado Amazon empiezo a confiar algo menos en él. Así de claro. En los últimos meses ha visto uno cerrar alguna librería de amigos, de esas entrañables, cercanas y repletas, a la vez que ha visto cómo cerraban otras, quizá menos bellas pero igualmente necesarias. Pasé esta misma semana por un centenario establecimiento de la ciudad. Tenía antes una denominación muy decimonónica, Librería Católica. Pareciera que las de Bringas u otros personajes galdosianos entraran o salieran de allí a cada instante para hacer cualquier recado. El actual propietario de este negocio centenario, Gonzalo, que en breve se jubila, realizó después una reforma con la que desapareció ese título para permitir que entraran otros asuntos como libros de espiritualidad heterodoxa, de la tradición judaica o curiosas historiografías locales. Accedía uno en ese espacio, flanqueado por dos variopintos escaparates, y estallaba al instante el olor de la cartulina, del papel y del lapicero. Lástima. Quizá el mismo lapicero olvidado al que llevamos años sin sacarle punta.


David Ferrer


martes, 24 de octubre de 2017

Aulas peligrosas para algunos.

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 24 de octubre de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)


Los trepidantes episodios de esta crisis secesionista catalana que aún padecemos, conllevan, además, una inquietante parafernalia que provoca un anormal desarrollo de las clases o las actividades académicas en diversos centros de enseñanza. Siempre he creído que estos lugares deben ser células sacrosantas en el respeto, la moderación y el rigor.  Pero desde hace tiempo algo no viene funcionando ni aquí ni allá. Recientemente, por poner otro ejemplo, un seminario de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, fue interrumpido porque a determinados alumnos no les hacía gracia las opiniones de determinado profesor.  Hay, por tanto, un peligroso fascismo e integrismo metido en las universidades en forma de sindicatos o asociaciones de estudiantes. Se permiten imponer a golpe de manifestaciones, escraches y boicots lo que ellos (porque se han arrogado ese privilegio) consideran que debe ser una universidad.

El boicot es imprevisible: desde el temario de tal asignatura, la inauguración de una exposición, la celebración de unas jornadas de tal o cual tema, la presencia de tal o cual conferenciante (un día es contra un político, al otro un escritor). Actúan contra la ideología de un profesor por muy especialista que sea este en su materia. Van así imponiendo su terror. Actúan bajo el amparo anónimo de las redes sociales y la indiferencia de una masa universitaria que ni está ni se la espera para nada pero esperan que sus padres paguen matrículas y, si hace falta, los platos rotos.


Recientemente, a golpe de mensajes de twitter y otras redes sociales, se quiso boicotear una nueva iniciativa de la Universidad de Salamanca. En efecto, comprendo que pueda gustar o no la existencia de una Cátedra de Tauromaquia en esa universidad centenaria. Una cátedra donde se debate (como no debe ser de otra manera) las cuestiones sociológicas, biológicas, culturales o económicas que se derivan de una actividad como los toros, que genera un PIB alucinante. A las actividades derivadas de esa cátedra no se obliga a ir a nadie, ni se reparten créditos ineludibles (cosa que no ocurre en otras universidades privadas, de cuyo nombre no quiero acordarme). Puede, del mismo modo, cuestionarse que una Universidad dedique tiempo o espacio a tal cuestión (veo al mismo tiempo, cátedras, seminarios publicaciones y talleres en universidades sobre asuntos tan nimios como la "contribución del espárrago a la economía aragonesa", a los que se destinan fondos no escasos). Todo, por supuesto, puede valorarse y es opinable. Pero cuando una Universidad tiene que suspender un acto oficial o una conferencia por "razones de seguridad”…  Amigos, ahí es cuando tenemos un problema grave. Integrismo millenial en la Universidad 2.0. El boicot o escrache al que nos referimos propició finalmente que el Rector de Salamanca suspendiera el acto. ¿Hizo bien? Resulta curioso que este hecho sucediera en el mismo lugar donde, muchos años atrás, casi tumban al pobre rector Unamuno (un inteligente antitaurino, de los de antes), por no hablar del proceso a fray Luis, otro ilustre de la misma casa. Paradojas de la historia y de los extremismos. Y así estamos. Otra vez.



David Ferrer




martes, 30 de mayo de 2017

Hermandad de la paciencia



(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 30 de mayo de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

Es dura la paciencia. Como lo son la cortesía, la calma, la esperanza, la urbanidad y el asombro. Factores estos, sin duda, verdaderamente opuestos a la prisa, la velocidad, los prejuicios y la amargura del odio. Pero los primeros, sublimes y escasos, son característica inherente del buen aficionado. Por ello me admira, porque es propio de ellos, ver estos rasgos sagrados de bonhomía y buen ciudadano en aquellos que cada tarde acuden a la plaza de Las Ventas en el largo serial taurino de San Isidro o de quienes siguen con ilusión intacta las retransmisiones vespertinas y directas de los festejos en el canal Toros de Movistar. Todos ellos, gente de bien, pacífica y, por ello, paciente, esperan tan sólo un destello, la genialidad purísima que les haga seguir soñando unas horas hasta la realidad de su vida cotidiana o, en el mejor de los casos, hasta la espera concienzuda del próximo festejo. El buen aficionado es lector de los designios de cada tarde: del viento, de los tiempos, de la morfología zootécnica del animal, de la memoria (en esta tarde hace cincuenta años triunfó…), de la psicología personal del artista (si se encuentra en mal o buen momento). De tantas cosas. Por eso es necesaria la paciencia, la espera dura en el tendido o el sillón hasta que se produzca ese momento inesperado en el que ocurre lo que tantas tardes se deseaba que ocurriera, lo que se daba por hecho ya que no sucedería, acercándose la noche, y el nacimiento de ese fogonazo inspirado e inesperado. Aquí no hay partituras ni un marco protector del lienzo y, mucho menos, una copa que necesariamente deba ser entregada al final del partido. Aquí sólo existe un intangible deseo en el que se mezclan las añoranzas de faenas pasadas, el duende que se escapa y la incertidumbre del porvenir. El tiempo. Un minuto antes es la nada y un minuto después es la gloria. Lo que se ha visto, allí se queda. Por eso, el aficionado nunca sale de la plaza molestando, pues ya bastante agradecido queda su espíritu recordando como mejor sabe lo que ha visto y lo que ha sentido. La tauromaquia es, paradójicamente, un acto masivo que el espectador entiende como íntimo. 

Se pueden ver cada tarde gestos de hastío y desesperanza porque las cosas no han salido como se presagiaba. Y el aficionado tirará de memoria y recordará lo que hizo tal toro o tal artista hace dos días, tres años, o seis décadas. Y a pesar de su veteranía, pues no estuvo en esos tiempos pretéritos, ha leído de todo aquello en el Cossío o en las crónicas añejas de Corrochano o en los volúmenes taurinos que pueblan su biblioteca. Y mañana en silencio leerá, con media sonrisa la crónica de Antonio Lorca, de Andrés Amorós o de Zabala. Hasta para aguardar la crónica hay que tener paciencia. Y leer despacio, templando. Hace unos años coincidí a la puerta de una plaza de toros con Jaime Urrutia, el rockero ahora solista, y antaño líder de los Gabinete. Me preguntó si era aficionado y al responder afirmativamente, acto seguido, como en un gesto de comunidad fraterna, me estrechó la mano. Y no se necesitó más para saber que ambos, con todas las diferencias que puedan existir, éramos miembros de una comunidad que reivindica la cortesía y la paciencia, como únicas banderas. 


David Ferrer




martes, 4 de abril de 2017

Por una cita

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 4 de abril de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

Se me quejaba recientemente un alumno de que le hubiera echado atrás un ensayo por la única razón, según él, de no haber citado las fuentes de información y. además, por no haber atribuido unos cuantos párrafos a su legítimo autor. Es decir, al uso desaforado de dos habituales y útiles comandos informáticos, conocidos como copiar y pegar. Si nadie se entera, me decía. Y es algo que hacemos en todas las asignaturas, recalcó con disgusto.  La afirmación me pareció un síntoma de la escasa relevancia que hoy en día tienen en nuestro sistema educativo la investigación y el trabajo creativos, acostumbrados, como estamos, a libros de texto plúmbeos, repeticiones aburridas y alumnos que se sienten cómodos en la mecánica somnolencia. Me aburro en las clases, confesaba en la misma semana otro alumno aún más joven. Sospecho que, al igual que en la asignatura de literatura, ocurre lo mismo en las demás, desde la práctica de idiomas a las ciencias experimentales, donde estas deberían hacer honor a su nombre. Y pocas veces lo hacen, pese al esfuerzo contra corriente de unos cuantos profesores. Y el resultado es, como vemos, la vía fácil, cuando no el sueño. 

 Conocemos en estos años últimos ya unos cuantos casos de plagio y falsificaciones de currículum en los políticos o en sus círculos, lo cual me da por pensar que el actual, el anterior y el pretérito sistema educativo son la perfecta escuela para lograr tales puestos. De los actuales políticos en activo se conocen pocos casos con un currículum académico estimable y pese a que la mayoría han paseado sus caderas por la universidad, en grandes números han saltado ipso facto a los cuadros de dirección provinciales o estatales, sin necesidad de haber escrito o publicado algo fecundo. Y menos, haber realizado un trabajo independiente y reconocido. Los hay que, sin embargo, y cuando ya tienen cierto recorrido televisivo, se lanzan a la publicación de unos subproductos literarios de fácil digestión y que, seguramente, haya escrito un negro (con perdón). Estos deudores y apuntaladores de los sistemas educativos hacen discursos floridos o pergeñan artículos llenos de citas que nunca contrastan ni sostienen, ya sea para hablar del nuevo orden mundial como para otras menudencias locales. Cogen de aquí y de allá, recortan un poco de tal libro, roban de otro y se hacen así una carrerilla rápida y aparentemente lustrosa, acompañada de una corte de aduladores del propio partido: es que este chico o esta chica valen mucho y llegará lejos.

 Se pregunta uno de donde sacan tiempo estos genios de la política para escribir esas bagatelas cuando a lo largo del día no paran de asistir a inauguraciones, de responder de lo humano y lo divino en las tertulias, de acudir a las farragosas e inútiles reuniones de partido, amén de estrechar manos, dar discursos, firmar tantos decretos propios de su cargo y de otras tantas actividades que agotarían los verbos en infinitivo. Debería aconsejar a mi alumno que siga copiando y pegando, y que no importa la cita ni la correcta bibliografía. Quizá sin saberlo se esté labrando una brillante carrera de político, donde el robo intelectual, menos polémico que el económico, acaba casi siempre siendo gratuito. Ánimo, muchacho, siempre podrás ser concejal, al menos.



David Ferrer





martes, 7 de marzo de 2017

La Blanquita

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 7 de marzo de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

Cuando hace muchos años (ya se vislumbraba el advenimiento digital), persistía yo en la compra de música en formato vinilo, alguien me afeaba mi conducta por considerarla de escasa modernidad. Algo así ocurrió después con esos artefactos llamados libros digitales y mi consiguiente escepticismo al respecto. Pasaron los años, y la venta de discos de vinilo sigue sumando y, al mismo tiempo, la lectura en papel prosigue su curso, como es debido. Ni más ni menos pues dichos formatos no son incompatibles nunca con la llegada de lo nuevo. Aunque la comparación pueda ser algo forzada, me viene un sentimiento parecido de indolencia con la apertura de estas grandes superficies de deportes, ocio o alimentación, de las que Ávila, en su incorregible decadencia, disfruta con aperturas casi trimestrales gracias al denodado esfuerzo de nuestro Ayuntamiento por destrozar el centro. Aún así, creo que es significativo y reseñable que unas buenas gentes persistan en su empeño de ofrecer con éxito un servicio a los habitantes del casco histórico de la ciudad, a la vez que ofrecen sus exquisitas mercaderías a los paseantes curiosos. Cuando uno lee a Galdós, disfruta de aquellas tiendas de ultramarinos, abarrotes, transmarinos, víveres y almacenes de coloniales en donde los personajes se proveían de la mejor selección de conservas, frutas secas, arenques, bacalaos, salmueras y otros productos cotidianos o especiales y que constituían en sí mismas un mundo, un microcosmos de relaciones personales, en donde la conversación no entorpecía el servicio esmerado de sus dependientes. Estos colmados o abacerías fueron desapareciendo en buena parte de las ciudades españolas si bien algunas lograron sobrevivir a la lógica y necesaria expansión de los grandes centros comerciales.


Me gusta, por ese sabor añejo, que en mi imaginación lectora se vuelve a veces de Galdós, a veces barojiano, de Solana, o del Max Aub de La calle de Valverde, pasarme por el que quizá puede ya considerarse como uno de los últimos establecimientos de ultramarinos o coloniales (bellísimas palabras ya en desuso) que quedan en la ciudad de Ávila (recuerdo junto a este una surtida tienda de conservas cerca de San Roque y algún otro establecimiento desperdigado por los barrios). La tienda que hoy nos ocupa, a dos pasos del Mercado Chico, ostenta un nombre igualmente definitorio, exclusivo y poético: La Blanquita (no sé por qué ese diminutivo tiene algo de Juan Ramón Jiménez). Ignoro cuántos años lleva abierto ese establecimiento sencillo y sin pretensiones pero parece que por sus propietarios, dada su cordialidad y su ilusión por mostrar al público cada mañana sus bien surtidos estantes, no haya pasado el tiempo ni les preocupe la competencia feroz de los nuevos supermercados de los barrios. Porque allí cada mañana o cada tarde, además de legumbres del país, como se decía antiguamente, de unos gramos de fiambre, o del mejor bacalao salado de importación, quizá se lleva uno el pequeño triunfo del tiempo que va deteniéndose gracias a una  una conversación sin prisa ni distancias, en la cordialidad de unos metros bien abastecidos de productos de toda suerte y procedencia. Larga vida a este tipo de tiendas. 




martes, 7 de febrero de 2017

Febrero: supervivencia en libros.

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 7 de febrero de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

Este Febrero, breve e iracundo, este acortado mes de tránsito hasta la prometida primavera, tiene, para los lectores y aficionados al libro, el sabor amontonado de todas esos tomos y hojas compradas en el año ya extinguido, unidos a la promesa aún no saciada de las incipientes novedades. Febrero es para el mundo del libro un mes de vacíos: de estantes que se despueblan, o de pequeños volúmenes que van quedando en fondo. Recuerdan los buenos libreros, una etiqueta que no puede ostentar cualquiera, esa leve amargura que produce la devolución a la distribuidora o a la editorial de ese libro no vendido en la temporada alta de las navidades y sobre el cual, como diría Dickens, había grandes esperanzas. Pero, como las estaciones, el ciclo se renueva acercándose la primavera con nuevas hojas y nuevas posibilidades. Y todos, editores, libreros y lectores, cada uno en su parcela, consultan los catálogos, los anuncios de fichajes, las inminentes galeradas hasta que, por fin, Marzo nos regale con sus frutos y sus hojas. 

Y como la primavera meteorológica o editorial aún no ha llegado, y como tal vez se me agoten las ideas para estos artículos, o puede, también es posible, que estemos cansados de las discusiones habituales acerca de las políticas locales, nacionales o internacionales (Trump nos libre), hagamos un recuento. Quizá es momento, en este mes de librerías vacías, de comprender este complejo mundo con una bonita lista de lecturas que nos dejó ese 2016 ya olvidado, quedándonos a la espera de que nos llegue el nuevo Paul Auster, cuya nueva novela de críptico título ha visto allí la luz en medio de la tormenta estadounidense. 

Así, es el momento de irse hacia la Patria de Fernando Aramburu (Tusquets), y los tiempos de la pólvora, la decadencia, y los silencios miserables. Y como el malestar no es sólo de una época, sino que se ha instalado de forma peligrosa en nuestro ambiente, en esa post-verdad que tanto gusta a nuestros analistas, quizá les convenga dedicarle un tiempo largo a esos Estudios del malestar de José Luis Pardo (Anagrama). Y para que consigamos barrer tanta idiotez, juguemos con los relatos deliciosos de la ya desaparecida Lucia Berlin, y su Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara). De la basura al brillo hay una línea recta, aunque la belleza a veces sólo se nos aloja en la memoria, como bien sabe Luis Antonio de Villena en su libro de recuerdos El fin de los palacios de invierno (Pre-textos). Y aunque no salgamos de casa, creo que Óscar Esquivias ha escrito uno de los libros de relatos más profundos y a la vez divertidos de los últimos años: Andarás perdido por el mundo (Ediciones del Viento). No se llevó el Nobel, y puede que nunca lo logre, pero en nuestros premios particulares siempre estará la maravillosa prosa de Cartarescu en El ojo castaño de nuestro amor (Impedimenta). No olviden que leer siempre es peligroso, como nos recuerda Kevin Birmingham en El libro más peligroso (Es pop). Termino recordando a dos poetas: el pasado y el futuro. Pre-textos nos ofreció la delicada y nunca valorada poesía de César Simón y Visor nos otorga a una renovada Elvira Sastre, que va alejándose de esta poesía masticable, que vende tanto ahora. Punto para ella. Pues eso. A la espera de la primavera, aquí les doy motivos para sobrevivir a Febrero. Prometo, para entonces, una nueva lista.


David Ferrer

martes, 10 de enero de 2017

Influenza





(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 10 de enero de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

En pleno siglo XVIII, cuando los ingleses (las capas altas, se entiende) comenzaban a ser verdaderamente influyentes y tomaron la gentil costumbre de viajar a Italia, se desarrolló en este país una ferocísima epidemia de gripe que ya se conocía allí como influenza. Es una anécdota lingüística y cultural bastante conocida, que da muestra de la permeabilidad del idioma anglosajón pues desde entonces se puso de moda hablar de influenza o de “flu” para referirse a la gripe. Como las epidemias nunca llegan solas, o porque uno tiene siempre conectado el sistema de radar lingüístico o literario, me acordé de este vocablo ante la profusión en las redes sociales, especialmente Instagram, de un extraño palabro como “influencer”. ¿Alguien que propaga la gripe? ¿Un vendedor a domicilio? ¿Qué es un influencer? Es posible que usted, que ahora mismo lee con desgana este artículo mientras saborea el café que le permite su pausa del trabajo, se halle en estos momentos cerca de un verdadero y genuino influencer, pues para serlo sólo hace falta cierta habilidad en redes sociales y, según el tema, un cierto dispendio en el vestir. Así, ese maniquí atildado que destaca en medio del bar. Más cerca, puede que lo tenga en casa en forma de universitaria postadolescente con cuenta en inditex. 

Ahora piensa uno en el esfuerzo realizado para no ser nunca influencer. Esto es, alguien a quien se debe seguir en cuestiones particulares como moda, estilo, política y que constantemente muestra en público sus opiniones y tendencias. No, desde luego, en forma de ensayo u obra de arte, sino en lo más inmediato, como son una serie de fotografías publicadas en Instagram o semejantes. Ni siquiera, como decía, trata uno de ser influyente a través de esta columna, pues la media docena de lectores que me siguen están, creo, bastante bien adocenados e instruidos. Piense usted más bien en esos centenares de fotografías que se toma su hija adolescente o universitaria, que cataloga con decenas de etiquetas tipo #outfit #lookoftheday #graciasamanciortega y que cuenta con miles de seguidores del uno al otro confín. Exacto, tales fotografías se propagan como las antiguas gripes. Reconózcalo: sí, su hija es una influencer, una blogger, una style top, o al menos así lo cree y así lo manifiesta. Tenga claro que tanto esfuerzo “influenciador” le está viniendo a usted en forma de cargo a la tarjeta de crédito. Así que ahórrese los consejos para su carrera universitaria pues la aspiración máxima ha devenido en esto, en una especie de sarampión postverdadero, como dicen ahora los comentaristas. 


Como decía, en medio de esta gripe pasajera y tonta del siglo XXI, sigo en mi convencimiento de no querer ser modelo ni influencer. Para eso están estos eternos jóvenes con sus miles de seguidores y ante los cuales difícilmente te puedes convertir ya en competencia. De hecho, como agua y aceite, ciertas actitudes no casan con tal oficio. Hace escasos días, subí a mi cuenta de Instagram la foto de unos libros. Al rato, perdí cinco seguidores. Buen viaje. Como decía Franco el grande, es decir, Franco Battiato, “viva la juventud, que afortunadamente pasa”. Y bien rápido que pasa.

David Ferrer