martes, 7 de marzo de 2017

La Blanquita

(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 7 de marzo de 2017 dentro de la columna Club Diógenes)

Cuando hace muchos años (ya se vislumbraba el advenimiento digital), persistía yo en la compra de música en formato vinilo, alguien me afeaba mi conducta por considerarla de escasa modernidad. Algo así ocurrió después con esos artefactos llamados libros digitales y mi consiguiente escepticismo al respecto. Pasaron los años, y la venta de discos de vinilo sigue sumando y, al mismo tiempo, la lectura en papel prosigue su curso, como es debido. Ni más ni menos pues dichos formatos no son incompatibles nunca con la llegada de lo nuevo. Aunque la comparación pueda ser algo forzada, me viene un sentimiento parecido de indolencia con la apertura de estas grandes superficies de deportes, ocio o alimentación, de las que Ávila, en su incorregible decadencia, disfruta con aperturas casi trimestrales gracias al denodado esfuerzo de nuestro Ayuntamiento por destrozar el centro. Aún así, creo que es significativo y reseñable que unas buenas gentes persistan en su empeño de ofrecer con éxito un servicio a los habitantes del casco histórico de la ciudad, a la vez que ofrecen sus exquisitas mercaderías a los paseantes curiosos. Cuando uno lee a Galdós, disfruta de aquellas tiendas de ultramarinos, abarrotes, transmarinos, víveres y almacenes de coloniales en donde los personajes se proveían de la mejor selección de conservas, frutas secas, arenques, bacalaos, salmueras y otros productos cotidianos o especiales y que constituían en sí mismas un mundo, un microcosmos de relaciones personales, en donde la conversación no entorpecía el servicio esmerado de sus dependientes. Estos colmados o abacerías fueron desapareciendo en buena parte de las ciudades españolas si bien algunas lograron sobrevivir a la lógica y necesaria expansión de los grandes centros comerciales.


Me gusta, por ese sabor añejo, que en mi imaginación lectora se vuelve a veces de Galdós, a veces barojiano, de Solana, o del Max Aub de La calle de Valverde, pasarme por el que quizá puede ya considerarse como uno de los últimos establecimientos de ultramarinos o coloniales (bellísimas palabras ya en desuso) que quedan en la ciudad de Ávila (recuerdo junto a este una surtida tienda de conservas cerca de San Roque y algún otro establecimiento desperdigado por los barrios). La tienda que hoy nos ocupa, a dos pasos del Mercado Chico, ostenta un nombre igualmente definitorio, exclusivo y poético: La Blanquita (no sé por qué ese diminutivo tiene algo de Juan Ramón Jiménez). Ignoro cuántos años lleva abierto ese establecimiento sencillo y sin pretensiones pero parece que por sus propietarios, dada su cordialidad y su ilusión por mostrar al público cada mañana sus bien surtidos estantes, no haya pasado el tiempo ni les preocupe la competencia feroz de los nuevos supermercados de los barrios. Porque allí cada mañana o cada tarde, además de legumbres del país, como se decía antiguamente, de unos gramos de fiambre, o del mejor bacalao salado de importación, quizá se lleva uno el pequeño triunfo del tiempo que va deteniéndose gracias a una  una conversación sin prisa ni distancias, en la cordialidad de unos metros bien abastecidos de productos de toda suerte y procedencia. Larga vida a este tipo de tiendas.