martes, 13 de febrero de 2018

Amarilla muerte

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 13 de febrero de 2018)

“Mi corazón parece un árbol negro lleno de pájaros amarillos que chillan y taladran mi carne como en un martirio”. Lo dice Manuel Vilas en Ordesa, un recientísimo libro que salió publicado por Random House a finales de enero, y que lleva todo el camino de convertirse en uno de los hallazgos literarios del año (a la hora de redactar este artículo la imprenta vomitaba con velocidad ya la cuarta edición). ¿No es increíble? ¿No es envidiable? ¿Jubiloso? Mucho. Se atribuye a Larra la tergiversada frase de “escribir en España es llorar” y nos alegramos, por ello, de que al fin el bueno de Manuel Vilas, el contumaz, sarcástico, incisivo y polémico Vilas se lleve una alegría con este éxito repentino y merecido. Pero es que, además, en su caso, escribir es llorar. Y no es ahora ni una metáfora ni un cliché, de esos que usan con tanta frecuencia los periodistas actuales. Escribir es llorar sin freno, con desgarro, con la tortura golpeada de las teclas mientras vas contando la vida, los recuerdos y la muerte de los padres. ¿En qué momento nos desvinculamos de ellos? ¿Cuándo y por qué necesitamos ese regreso a la protección paterna? Es una verdad que no tiene respuesta pero que un escritor puede dulcificar como si fuera un bálsamo en forma de libro. Así, en una paradoja interminable, una vuelta de tuerca acumulativa, Manuel Vilas nos obliga a ser espectadores de una tragedia coral de la que el propio autor es único intérprete, un simple músico de segunda frente a personajes verdaderos que alcanzan la categoría genial de grandes intérpretes. Si, es otra metáfora. No se líen, pues lo entenderán a la perfección cuando lo lean.

Escribir es llorar, escribir es jugarse la vida en cada página, como dijera atropelladamente y a golpe de soberbia su admirado Francisco Umbral. Hay mucha emoción, muchas lágrimas, demasiada bilis, sudor y rabia acumulada tras la cubierta negra y amarilla de Ordesa. Pero hay admiración, esperanza, conciencia de clase, respeto por los progenitores y por todos aquellos que antes que nosotros ingresaron en el extraño territorio de los muertos. Y hay voluntad de conservación por los objetos que les pertenecieron: “el pasado son muebles, pasillos, casas, pisos, cocinas, camas, alfombras, camisas. Camisas que se pusieron los muertos”. ¿Cómo deshacernos de ese lastre? Si usted, después de curiosear por este torpe artículo, se decide a leer Ordesa de Manuel Vilas, sepa que se trata de una memoria novelada, de un ensayo narrativo que le va a cambiar la vida y, sobre todo, su concepción sobre la muerte. Sepa que se va a quedar mirando un punto fijo ante algunas de las reflexiones propuestas y, sobre todo, no lo dude, prepárese a un viaje en montaña rusa por las emociones de Vilas que, a la postre, son también las suyas. Recordará en cada página a sus familiares y amigos muertos y mirará de otra manera los objetos que aquí dejaron. Aquella carta, aquel llavero, aquel abrigp. Valorará de forma distinta a aquellos que aún nos acompañan y se le llenarán los ojos de una ternura casi infinita. Al menos de momento, pues no sé si la literatura tiene aún el don de lograr los milagros perpetuos. Pero a ratos lo logra. Lea, si me permite el consejo, Ordesa de Manuel Vilas y quédese atrapado por esta deslavazada memoria que parece recordarnos a cada párrafo, como dijera Pavese, que algún día vendrá la muerte y tendrá nuestros mismos ojos.


David Ferrer