martes, 5 de febrero de 2019

Lo malo

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 5 de febrero de 2019)

Hacia 1992, Beatriz Navas Valdés era una adolescente madrileña que, como tantas en esa época, llevaba un diario íntimo. Utilizo el pasado del verbo ser porque, exceptuando a lo que les ocurre a algunos incautos, la adolescencia es ese estado gaseoso en formas de burbujas de refresco que afortunadamente pasa. Son adolescentes los de ahora y fuimos adolescentes los de entonces. En ese diario, esa quinceañera de los noventa, rubia, tímida y de carácter fluctuante, da cuenta de sus preocupaciones por los estudios, sus escarceos sentimentales, se parte los sesos  (y el sexo) pensando en si debe besar o hacerle algo a tal chico, hace anotaciones sobre el alcohol, los primeros cigarros, los discos, los conciertos, las fiestas, las tretas para escaparse del instituto y la problemática existencial resumida en el minúsculo centímetro cuadrado de un grano en medio de la frente. El pasado año la editorial Caballo de Troya, especializada en textos literarios de gran altura, publicó este diario noventero de Beatriz Navas, hoy flamante directora general, y, curiosidades del mercado, oh, veleidades de los lectores,  el boca a boca hizo el resto hasta que alcanzó varias ediciones. Si uno aplica los exigentes dogmas del canon literario, convendríamos en que este diario que la autora, ya nada adolescente, ha rescatado y retitulado como Y ahora, lo importante, es poco más que un paratexto, una curiosidad sociológica de otras épocas remotas en las que ni siquiera sabíamos lo que era un correo electrónico o un buscador de internet. 

Leí de un tirón este intenso texto, tan lleno de contradicciones, de filias y fobias de teenagers, y aún me pregunto dónde está la clave. De una parte, creo que la relectura de un texto tan íntimo y extraliterario nos pone, para los que somos grandes lectores del género del diario y la memoria, de frente con el espejo de nuestra adolescencia. Pero ese es un problema menor que refleja simplemente lo mayores que también nos hemos hecho. Lo más importante, sin embargo, para los que trabajamos con adolescentes en un contexto académico, radica en la constatación de que tal etapa, llevada al límite ya sea con instagram, con notas de voz o simplemente con una carpeta de fotos de ídolos y una agenda manuscrita, es básicamente la misma. Vivimos tiempos en que los agoreros, los cenizos y esa patronal del taxi en la que se ha convertido a veces la enseñanza (no todos, por suerte), no hacen más que despacharse a su modo contra esta adolescencia digital que no sabe apreciar su perfilada y repetitiva cultura. En el fondo, no es más que este pesimismo general que invade a cierta parte de la sociedad que se regodea en el lado oscuro de las cosas. Hay datos suficientes que constatan que quizá no vivimos en el mejor de los mundos deseables (eso no ocurrirá nunca) pero sí que estamos en el mejor de los momentos históricos. El filósofo e investigador Steven Pinker, que tanto molesta a los extremos de uno y otro lado, a los pesimistas y a los plomizos, lo ha demostrado fehacientemente. Y habría que alegrarse, por ello, de que, con todos sus problemas, los adolescentes actuales quizá no son tan distintos de aquellos que nosotros fuimos. Nadie nos daba likes ni nos seguía en red alguna pero la obsesión por comunicarse y por quitarse las penas eran las mismas. Entonces y ahora, digamos fuerte: abajo los aguafiestas, los tristes, decadentes y los cenizos.

David Ferrer