Marchen otras tres (elecciones)

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 19 de noviembre de 2019)

Ahora que las bodas duran lo que una historia en instagram (o tres si contamos la preboda, el bodorrio en sí y la postboda), no podemos pretender que la fidelidad a un partido político sea eterna o que permita celebrar un lustro o un decenio. Ya no queda nada tangible, duradero, efectivo o lasting (por usar un anglicismo) que nos encadene más allá de un semestre. Podemos exceptuar, por supuesto, la fidelidad a la tarjeta de El Corte Inglés, que es el síntoma de nuestro país para lo bueno y para lo malo, los compromisos con Hacienda o, para quien goce de ello, que no es el caso, los sentimientos de un equipo futbolero. Para todo lo demás, olvídese usted de compromisos de permanencia, cláusulas de resistencia o anclajes de aquí a la eternidad. Así que duro lo tienen los políticos si pretenden amarrarnos con su voto cuando, por otra parte, el ciudadano medio se da cuenta de que da igual tirar hacia un lado o hacia el otro. Aplíquese aquí la teoría del voto basura o del engorde rápido. 

Así las cosas, hace unos meses me dio por afilarme a un partido político. Lo hizo uno como quien en una tarde de aburrimiento pide algo por internet, a través de Uber Eats y espera media hora para zamparse a solas una hamburguesa con una lata de cerveza, o como el que se crea una cuenta en Tinder, por no hacer otra cosa. Vamos, que no vi nada épico, ni heroico ni patriótico en ello. Mi militancia política y sindical ha sido nula en mi existencia: siempre he dicho que si yo creara mi propio partido político, me daría de baja de él por disonancia conmigo mismo pasados los tres meses. Así que tampoco hice grandes alharacas para este bautismo íntimo y privado, del que no se enteró ni mi propia camisa. Creo que tampoco se enteraron en el propio partido, porque lo único que he sabido de ellos es un recibo en la cuenta corriente, como el que se da de alta en Movistar, aunque luego la fibra te vaya lenta.  Es cierto, y en consonancia con lo anterior, que a uno le dan pereza muchas cosas: ese agitar cansino de las banderolas en los mítines, los gritos impostados de presidente, presidente o esa labor casi intimidante de los apoderados en las mesas electorales, que parecen escanearte la mirada para ver si eres de los suyos y de los otros. Sea quien sea el que esté allí, yo siempre pienso que me apetece más ser de los otros. Y si llegan los otros, soy de los primeros. 

Y aquí seguimos. Nos hemos comido, como las hamburguesas antes reseñadas, tres elecciones en un semestre. Y como cabía esperar, tanto las hamburguesas como las votaciones ni se digieren bien, ni son nutritivas y nos han dejado unos kilos de grasa que habrá que quemar en el gimnasio. A eso me recuerdan ahora las elecciones: fast food sazonados, jugosos y de difícil consumición. En breve me llegará un nuevo recibo del partido, que se sumará al que llega de la compañía de internet, al de las compras, al de la gasolina. También llegará algún correo informando de alguna reunión a la cual me dará pereza asistir.  Y en medio de todo esto, ¿el país cómo sigue? ¿tenemos ya un mal gobierno? ¿o nos comemos otra hamburguesa? Marchen tres, de inmediato.

David Ferrer

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