Por la indiferencia

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 14 de enero de 2020)

Yo pasé la etapa universitaria en los noventa. Y fue una suerte. No me pillaron ni los años de la transición ni los primeros compases de la democracia, donde posicionarse políticamente era casi una asignatura obligatoria. Y pobre del que no lo hiciera. Años en los que, cada dos por tres, se suspendían las clases por una huelga, una reivindicación, un compromiso. Algunos felices, como era lógico pensar en esa incipiente democracia de cambios; en otras ocasiones, las protestas eran extremas, imposibles y hasta absurdas. Los noventa, por el contrario, fueron una balsa de aceite. Recuerdo una vez que un grupo perteneciente a un sindicato de estudiantes, poco estudiosos, por otra parte, y que no pasaban de ser cuatro o cinco, entró en clase para intentar reventar su desarrollo por alguna protesta rectoral. De allí no se movió nadie, con absoluta indiferencia. Pasotismo, indiferencia, inmovilismo, gritaron llevándose las manos a la cabeza. Siempre me ha gustado ese encogerse de hombros, tan característico de Baroja. Quizá se echó en falta en aquella década algo más de empuje universitario y de protesta fuerte cuando en alguno de sus templos ETA asesinó a profesores pero, en general, el calendario académico iba como un reloj, las hoces y los martillos y los aguiluchos habían desaparecido de las carpetas y se desdibujaron por completo los apelativos de rojos y de fachas. ¿Les suena todo esto ahora? Fue una etapa de claro posicionamiento europeo, a lo que contribuyeron los recién llegados programas Erasmus, de apertura económica, de positivismo, frente a las sombras que siempre hay en toda época, que las hubo y las habrá siempre.  Sin embargo, hay sectores siempre, de un lado y de otro, que prefieren ver las aguas revueltas, el chapoteo y la tormenta frente a las aguas calmas y las tardes plácidas. El gran pensador Pinker (no se pierdan su ensayo monumental en defensa de la Ilustración) reivindica una manera de ver el mundo en la que todo conduce hacia el progreso y la mejora. Los datos están ahí, y pese a que en la actualidad hay hechos horribles y noticias descorazonadoras, se puede afirmar que vivimos mucho mejor que en los años de la Gran Guerra. Así que por eso, uno no es nostálgico de ningún pasado. Me gusta vivir en mi presente y considero que mirar hacia el pasado, sea cual sea, no es ninguna panacea, salvo para admirar alguna obra artística o conocer mejor nuestra procedencia. Una buena educación y un bagaje cultural extenso previene frente a muchas tonterías. 

Empieza 2020 con muchos cambios. Signos alarmantes en medio oriente, cambios confusos en el gobierno y en el parlamento, Reino Unido que se nos marcha… Uno podría tomar partido por el posicionamiento extremo, y situar al nuevo presidente en el pedestal del dios Apolo o denigrarlo en efigie de Belcebú; podría también, viendo ciertas noticias, caer en el griterío, coger la pancarta, cortar tres calles y montar el pollo, ya sea por el cambio climático, por el precio de las sardinas o por cualquier consigna que nos llega dirigida desde Twitter. Pero no me da la gana. Seré un cobarde o un apático barojiano. Prefiero encogerme de hombros, conducir, salir a correr, leer un libro, viajar, disfrutar de un vino y que salga el sol por donde suele, que eso hoy no hay parlamento ni partido que lo cambie. 

David Ferrer

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