Un millón de vivos o de muertos

(Artículo publicado en la sección Club Diógenes de El Diario de Ávila el martes 7 de abril de 2020) 

En alguna de las clases de este truncado trimestre, leía yo a mis alumnos el famoso poema de Dámaso Alonso en el que el autor, en los inicios de la postguerra, hablaba de Madrid como una ciudad de un millón de cadáveres. Años antes, y con motivo de su extraño viaje a Nueva York, Lorca anotó que no hay “más que un millón de carpinteros que hacen ataúdes sin cruz”. Un millón de muertos en Madrid, un millón de ataúdes en la ciudad que no duerme. El poder de las cifras y su transmisión directa en el verso nos hacen recordar estos días que Madrid y Nueva York son algunas de las ciudades más azotadas ahora mismo por el virus. Nadie podía imaginar el poder que ejercerían algunas de las lecturas realizadas en años en una situación como la que vivimos. ¿Nos salvan estas lecturas? No siempre, pero nos acompañan. En todo caso, de manera más o menos acertada, los artículos de la prensa se han llenado de metáforas, de símiles y comparaciones que van desde la comparación bélica a la exaltación afectiva de quienes usan mascarillas y no capa. Se habla de una batalla, de héroes, de caídos, de disparos, prisiones domésticas, episodios distópicos ocurridos o no con equiparaciones a guerras lejanas e irrepetibles. Para colmo, nos ha llegado el mes de abril, la primavera interrumpida y sus tópicos cultos. Llama la atención, sin embargo, que en una sociedad como la nuestra, propensa por suerte a la felicidad, se han omitido todas las alusiones directas a la muerte. Quizá el único ha sido David Jiménez Torres en una excelente columna reciente que rememoraba el relato Los muertos de Joyce, esas personas que, como recuerda en su artículo, fueron mejores que nosotros, porque ya han muerto. Cuando se difundieron hace poco las imágenes de los furgones militares italianos que trasladaban infinitos féretros para su cremacion, no faltó quien criticó la difusión de estas imágenes. Yo siempre he sido un gran lector de obituarios y me aterra ver cómo las páginas del Corriere della Sera, de Milán, esa ciudad que amo y a la que siempre vuelvo, se pueblan de recuerdos de los muertos. En el caso de España, los entierros son realmente asépticos, apenas hay esquelas en los periódicos y la muerte de los grandes, de los conocidos, que en otra época, por usar una malísima metáfora, habría hecho correr ríos de tinta, se despacha con una pequeña reseña, si acaso. Lorca decía también que ya no hay quien cultive hierbas en la boca del muerto. Los cementerios se han quedado vacíos y la soledad de los mismos se interrumpe por el trabajo rápido, efectivo y solitario de unos sepultureros, de quien nadie se acuerda en estos días, porque su leyenda ha quedado mancillada de siempre por la literatura. Hamlet le reprocha a un sepulturero su indolencia y se queja de que “ese hombre abra una sepultura a la vez que canta”. Este año no habrá Requiem de Mozart ni Oficio de Difuntos de Victoria. Los muertos han quedado para las noches de Netflix y la pandemia es un episodio más donde se habla cada día de los números. Pero seguimos sin ver un entierro y, cuando volvamos como zombies a la vida, sobre todo en las ciudades pequeñas, echaremos de menos a aquel vecino, o a esa persona mayor con la que coincidíamos en el café. Ahora son sólo números y no tuvieron entierros ni recuerdo.


David Ferrer



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