Pata de banco

Cualquier idioma tiene unas ricas expresiones populares intrínsecas, verdaderamente intraducibles e incomprensibles para los estudiantes foráneos de la lengua. Se oye decir que tal afirmación es una “verdad como puños” o que haremos un “pan como unas tortas”. El significante de estas expresiones crea a su vez un doble proceso en el cerebro del oyente o lector, que lo lleva a imaginar a la vez en un proceso absurdo tanto el significado literal, como la connotación que esa expresión lleva aparejada. Todos imaginamos un puño boxístico a la vez que entendemos que nuestro interlocutor ensalza un hecho o afirmación según él irrefutable. Y yo que no sé ni qué ingredientes lleva el pan, me veo a mí mismo en la cocina intentado mezclar tortas con panes, y que salga el sol por donde sea. Por eso, les digo siempre a mis alumnos que no crean que la lengua es una ciencia puesto que por debajo de cada palabra, de cada expresión, hay muchas lagunas profundas, muchos monstruos y toda una serie de operaciones creativas. Los filólogos son necesarios, respetables, pero suelen ser muy aburridos. De todas esas expresiones, cientos, me divierte cuando alguien te dice que lo afirmado es una “salida de pata de banco”. A estas alturas, en el devenir de este drama que hemos vivido en las últimas semanas, creo que las parroquias pueden estar satisfechas pues tienen suficientes patas de banco ya para aposentar a sus feligreses. Covarrubias, autor de un maravilloso diccionario del siglo XVII, decía que un “pie de banco” es una necedad. De ahí, parece, se transformó progresivamente a pata, que suena más popular y sarcástico. Así, en las últimas semanas, en esta casa de locos, que es a su vez cada ciudad y cada vivienda, deberíamos hacer cuenta de todas las salidas de pata de banco perpetradas de forma individual o de manera colectiva. Nunca hemos estado tan expuestos a la sobreopinión, a la sobreactuación, a hacer de un comentario algo rudo como una pata de banco, a sacarnos los ojos de las órbitas o a mezclar el culo con las témporas, que tampoco sé lo que significa. 

Uno de los grandes hitos de la comunicación, y más aún diría que de la heterodoxia intelectual, fue aquella famosa salida de pata de banco del escritor Francisco Umbral en un programa de la televisión. Se puede tomar a guasa, o ser carne de meme, pero en su lucidez alcohólica, Umbral dijo entonces verdades como puños, levantó un castillo de arena, cogió el toro por los cuernos y puso los puntos sobre las íes. Lo que Umbral dijo y que quedó para la eternidad, mucho más allá que sus libros, en aquella extemporánea aparición es toda una pedagogía del reivindicar lo que mereces y, al mismo tiempo, la máxima liberal del dejar hacer. En aquella ocasión, el escritor dijo que él no venía a “hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo”. Tal vez eso deberíamos hacer: valorar la responsabilidad individual, el cumplimiento de las normas, y dejar al resto que se líe la manta a la cabeza, si lo quiere. Si otras aberraciones lingüísticas como  nueva normalidad o desescalar nos lo permiten. Mejor sería integrarnos en una nueva bobilidad o que nos dediquemos a desescamar el lenguado. He aquí otra salida de pata de banco, que va por ustedes. 

David Ferrer



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